UNA CHICA COMO ELLA (TANAZ BHATHENA)

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Zarin Wadia, de dieciséis años, es una estudiante brillante y vivaz, además de huérfana y temeraria. Y también es la clase de chica de la que los padres advierten a sus hijos que se mantengan alejados: una joven problemática cuyos numerosos romances son objeto de infinidad de cotilleos en el colegio. “No te conviene mezclarte con una chica como ella”, dicen. Entonces, ¿cómo es que Porus Dumasia, de dieciocho años, siempre ha estado colado por ella? ¿Y cómo acabaron Zarin y Porus muertos en el mismo vehículo tras estrellarse en una autopista de Yeda, en Arabia Saudí?

Cuando la policía religiosa llega al lugar de los hechos, aquello que todo el mundo creía saber acerca de Zarin queda en entredicho. Y, a medida que se reconstruye su historia, relatada a través de múltiples perspectivas, queda claro que Zarin era mucho más que solo “una chica como ella”.

LA AUTORA: TANAZ BHATHENA

Tanaz Bhathena nació en India y creció en Arabia Saudita y Canadá. Su novela aclamada por la crítica A Girl Like That fue nominada para el Premio OLA White Pine 2019 y fue nombrada Mejor Libro de 2018 por The Globe and Mail, CBC, Quill & Quire, Seventeen, PopSugar y The Times of India, entre otros. También es autora de The Beauty of the Moment, que se lanzó el 26 de febrero de 2019 y una duología de fantasía llamada Hunted by the Sky, con el primer libro que saldrá en la primavera de 2020. Sus cuentos han aparecido en varias revistas, entre ellas Blackbird, Witness y Habitación.

EL LIBRO

Hola, mis pequeños dragones hoy quería traeros uno libro que acabo de leer, y que tenía bastantes ganas de leer desde hace tiempo: una chica como ella de Tanaz Bhathena.

En este caso, lo primero es decir que oí hablar de él el pasado mes de marzo, durante la iniciativa marzo asiático, creada por una youtuber y a la que se apuntó varia gente, y en la que uno de los participantes recomendó el presente volumen, y la verdad es que me dejó con bastantes ganas de leerlo.

En el caso del presente volumen, encontramos una descripción de la vida de las mujeres en Arabia Saudí, y como mujeres como Zarin Wadia, la protagonista, que se salen de la norma de establecida, son puestas como un ejemplo de lo que una mujer teóricamente no debe ser (no olvidemos que el libro está ambientado en Yeda, Arabia Saudí).

Personalmente, creo que es interesante leerlo, no solo por el aspecto de la situación femenina, sino también por la situación social existente en esa zona en general, y las relaciones que se dan entre miembros de las propias familias entre ellos (caso de Zarin con sus tíos o de Mishal con sus padres por un lado y con su hermano por otro) así como con personas externas (las citadas Zarin y Mishal entre ellas o con sus compañeras de clase o con los chicos del instituto) y sobre todo por la realidad que se presenta; todo ello contado de una forma bastante fresca y con una prosa bastante fácil de leer, a pesar de lo duro de algunas situaciones que se plantean en el libro

Por último recomendaros leer también la dependienta de Sayaka Murata y el vagón de las mujeres de Anita Nair (dejo aquí el enlace), ya que tocan temas similares en cuanto a la situación femenina en los países en los que están ambientados (Japón el primero y la India el segundo)

Espero que os animéis a comenzar a leer el libro y que si lo hacéis os guste.

ALGUNAS NOVELAS Y SERIES LITERARIAS POLICIALES IDEALES PARA PASAR UNA TARDE

Hola mis pequeños dragones, hoy quiero recomendaros algunas novelas literarias encuadradas dentro del género policiaco, espero que os animéis a leerlos, y que en caso de empezar a leerlos os gusten.

Empezamos.

MAXIMILIEN HELLER (HENRY CAUVAN)

Maximilien Heller es un detective prodigiosamente dotado para la deducción lógica y la observación, misántropo, adicto a las drogas, maestro del disfraz, experto en química y en las ciencias forenses de la época y cuyas aventuras son narradas por un médico quien es su amigo y confidente. Maximilien se ve involucrado en un caso de asesinato cuando su vecino,  Jean-Louis Guérin, es acusado de haber matado a su señor: el banquero Bréhat – Lenoir.

Este libro fue uno de esos casos a los que he llegado por casualidad, concretamente lo hice gracias a que en hablaron de él en una sección del podcast días extraños (dejo aquí el enlace por si alguien quiere escuchar la sección); ya sé que tiene un parecido más que sospechoso con Sherlock Holmes, esto se debe a que Arthur Conan Doyle se inspiró en esta novela para crear a su famoso detective.

Como se puede deducir de lo expuesto un poco más arriba, este volumen comencé a leerlo sin saber muy bien qué iba a encontrar, y finalmente resultó ser una más que agradable sorpresa.

SERIE CORMORAN STRIKE (ROBERT GALBRAITH)

 

Centrada en el detective privado Cormoran Strike, la serie, en el momento de redactar y publicar esto, se compone de los siguientes cuatro volúmenes:

  1. El canto del cuco: Cormoran y su nueva secretaria investigarán la muerte de una modelo
  2. El gusano de seda: Cormoran y su socia serán contratados para investigar la desaparición de un escritor, lo que les sumergirá en un mundo de envidias y traiciones donde nada es lo que aparenta ser
  3. El oficio del mal: tras recibir una pierna en su oficina, Cormoran y su socia tendrán que iniciar una investigación a contrarreloj para evitar el peor de los finales.
  4. Blanco letal: tras recibir la visita de un joven con problemas, Cormoran y su socia investigarán un supuesto crimen que los llevará desde las salas más recónditas del parlamento hasta una mansión señorial perdida en el campo

Debo empezar diciendo que en el momento de redactar esto, me falta por leer el cuarto volumen de la serie (blanco letal) por lo que me voy a centrar en los tres primeros libros.

Escritos por la autora J. K. Rowling (Harry Potter) y firmados bajo el seudónimo Robert Galbraith, la serie nos lleva a través de los protagonistas, a visitar los entresijos del mundo tanto de la moda como de la literatura, así como a explorar el lado oscuro de las personas y los ambientes más turbios a través de casos aparentemente imposibles de resolver

LOS CRÍMENES DE LA RUE MORGUE (EDGAR ALLAN POE)

En una populosa calle de París se produce el brutal asesinato de una madre y su hija; las primeras investigaciones de la policía no dan un resultado claro, evidenciándose la impotencia de la policía para resolver el caso, se hará cargo de él un detective aficionado: C. Auguste Dupin, quien tras una intensa investigación ofrecerá una explicación muy poco común.

Firmado por Edgar Allan Poe, resulta interesante debido al giro de la trama a la hora de resolver el caso, debido a la solución poco corriente que se le da al relato; es especialmente recomendable si os gusta la obra del autor estadounidense.

SERIE DETECTIVE AGATHA RAISIN (M. C. BEATON)

Tras retirarse, Agatha Raising abandona Londres para instalarse en un pueblo de los Costwools, allí, como una suerte de miss Marple moderna, terminará dedicándose a resolver diversos asesinatos.

En este caso la serie se compone de los siguientes libros:

  1. Agtaha Raising y la quiche letal
  2. Agatha Raising y el veterinario cruel
  3. Agatha Raising y la jardinera plantada
  4. Agatha Raising y los paseantes de Dembley
  5. Agatha Raising y la boda sangrienta

Esta serie es, de todos los libros que os traigo hoy, quizá la que menos pretensiones tiene, es una serie bastante ágil y muy fácil de leer, quizá porque su protagonista es una mujer desenvuelta que hace lo que le parece.

Este caso, igual que en el caso de Maximilien Heller, llegué a él a través de una recomendación, en este caso, lo menciona Mikey F. en su canal en un video dedicado a recomendaciones de libros en inglés (os dejo al final de este apartado el video) por lo que decidí leer el primero a ver qué tal, y, al igual que con el citado Maximilien Heller, fue un acierto

CONCLUSIÓN:

Los libros que os traigo hoy, son volúmenes que creo que en general os harán pasar un rato bastante entretenido al leerlos; las tres primeras menciones (Maximilien Heller,  los crímenes de la rue Morgue y la serie Cormoran Strike) tienen un tono más serio y ocasionalmente oscuro debido a las investigaciones y a la propia personalidad de los protagonistas, mientras que en el caso de Agatha Raising, el tono es más desenfadado, quizá debido, no solo a la personalidad de la protagonista, sino también al ambiente relajado que reina en el pueblo donde vive.

Creo que en general las cuatro recomendaciones de hoy merecen la pena, ya que enganchan prácticamente desde el primer momento, gracias a la prosa de los autores y a su búsqueda de entretener al lector.

Como dato curioso, comentar que tanto los tres primeros libros de Cormoran Strike como el primero de Agatha Raising cuentan con una adaptación a serie.

Por último, espero que os animéis a leerlos y que si lo hacéis, espero que os gusten.

TRES PARQUES DE ATRACCIONES MALDITOS

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Este año, para hacer algo original en, la ya más que tradicional celebración de Halloween de dragonvioleta87, el cierre de este año, os acercamos a algunos parques de atracciones abandonados y con fama de haber tenido horribles maldiciones a su alrededor.

Como siempre, feliz Halloween

03 EL PARQUE DE ATRACCIONES ABANDONADO DE TAKAKONUMA GREENLAND (JAPÓN)

Comenzamos nuestro viaje en Japón, concretamente en Hobara, una localidad cercana a Fukushima.

Por lo que he podido averiguar los parques de atracciones abandonados no son una rareza en Japón, pero el parque que nos ocupa, es especial por la escalofriante leyenda a su alrededor

Según esta leyenda, un empresario llamado Makoto tenía el sueño de crear un parque de atracciones, pero lo que no tenía era el dinero para construirlo, según se cuenta este señor hizo un pacto con un oni (un demonio) mediante el cual Makoto le entregaría a su hija a cambio del dinero necesario para crear el parque, la leyenda asegura que la hija de Makoto desapareció el mismo día de la inauguración del parque, que este no duró mucho tiempo abierto y que Makoto acabó muriendo en extrañas circunstancias.

Tras todos estos acontecimientos el parque permaneció cerrado hasta que en 1986 un empresario desconocido lo reabrió, permaneciendo en funcionamiento 13 años, tiempo durante el cual murieron 6 personas en sus instalaciones y otras muchas acabaron heridas.

Se dice que en el año 2007, tras su clausura, un turista británico llamado Bill Edwards fue a ver el parque y que cuando llegó todo se mantenía en perfecto estado, como si lo hubieran reformado, también se dice que esta persona hizo muchas fotos del lugar y que cuando las descargó al ordenador no se veía nada en ellas salvo lo que sería normal en un caso como este, ya que el gobierno japonés había desmantelado el parque antes de la citada visita. De hecho, solo salió una foto, en la que en lugar del parque se veía la figura fantasmal de una chica (la foto está colgada en internet)

Muchas personas han jurado ver el parque, incluso hay quien ha asegurado haberlo visto en funcionamiento. Incluso hay historias que relatan la visión de un espíritu vagando por las calles abandonadas cercanas a la entrada del parque.

Por último decir que la ubicación donde estaba el parque puede verse en google maps; de esto puedo dar fe de que es verdad que sale ya que miré por curiosidad, decir también que el parque aparece como cerrado y que la segunda parte de este punto, es decir la leyenda de que en google maps aparece una foto del espíritu antes mencionado a mi no me ha salido.

02 EL PARQUE SHAWNEE LAKE

Situado junto al lago Shawnee en Virginia Occidental (Estados Unidos), es un lugar famoso por los eventos paranormales que han ocurrido allí, así como por una larga cadena de hechos violentos y accidentes fatales

La oscura historia de este parque de atracciones empieza con la tribu Shawnee, una tribu que habitaba esta zona y que usaba la orilla del citado lago como cementerio; posteriormente, concretamente en 1775, una familia llamada Clay llega a Virginia y construye una granja en la orilla del lago, los Shawnee se sintieron ofendidos por la ocupación de sus tierras sagradas y fueron a pedirle a la familia que se fueran, pero Mitchell, el patriarca, no hizo caso y siguió allí pese a las súplicas de la tribu

El caso es que 8 años después (concretamente en 1783) una tribu de guerreros, no se sabe si fueron los Shawnee o si fue otra tribu, invadió la granja Clay mientras el padre estaba en una expedición de caza, al llegar a la granja, apuñalaron a dos de los hijos y al mayor lo llevaron al bosque y allí lo quemaron, a su vuelta y ver lo que había ocurrido, el dolido Mitchell reunió a un grupo de colonos y atacó a los Shawnee que vivían en la zona matando a la mayoría de ellos, tras esto, tanto colonos como nativos empezaron a evitar construir nuevos edificios donde estuvo la granja Clay, pues la creencia era que la zona quedó infestada de fantasmas y de energía negativa

Durante muchos años todo esto quedó como una leyenda y una superstición pueblerina hasta que en 1926, un empresario llamado Conley T. Snidow, compró los terrenos porque creía que sería un lugar ideal para construir un parque de atracciones para las familias de los mineros que comenzaban a llegar a Virginia Occidental para trabajar en las minas de carbón que había en la zona

En un primer momento el parque contaba con columpios, una noria y un estanque pensado para nadar y pescar, posteriormente se le añadirían un salón de baile, puestos de comida, una alberca, coches de choque, una montaña rusa y barcas a pedales para el estanque y el lago.

Parecía que la vieja superstición había sido superada, pues el parque se llenaba todos los fines de semana con las familias de los alrededores, pero repentinamente hacia la década de 1950, comenzó una racha de accidentes dentro del parque de atracciones.

Una niña que se encontraba  montada en los columpios murió en un accidente en el que un camión que iba marcha atrás no la vio o no pudo frenar al llegar a la citada atracción, la niña se estrelló contra el camión y falleció en el acto

En 1966 un niño desapareció para ser encontrado muerto una semana más tarde en el estanque donde había estado nadando, cuando se quedó atascado y al no poder salir a tiempo acabó muriendo ahogado

Tras esta muerte, el parque se cerró y las atracciones se desmantelaron quedando en ruinas hasta que en 1985 el parque volvió a ser comprado con intención de transformarlo en un campamento de pesca.

Poco a poco, la gente que visitaba las ruinas comenzó a hablar de situaciones sin explicación lógica: sensación de ser observado al entrar, ataques de pánico repentinos, contacto de manos invisibles en los hombros, empujones y golpes sin explicación, objetos que se mueven solos, columpios que se mueven solos, apariciones de sombras…

De acuerdo con lo que cuentan el dueño del parque y gente que lo ha visitado, las apariciones más vistas son el fantasma de una niña que aparece cerca de los columpios y el de un suicida que saltó de la noria, y que según cuentan aparece en el asiento más alto para ocasionalmente dejarse caer y desaparecer antes de tocar el suelo, así como diversas figuras que aparecen tanto en el estanque como cerca de los puestos de comida.

01 PARQUE DE ATRACCIONES DE ALTON TOWERS

Tras pasar por Japón y Estados Unidos, pasamos a Reino Unido, para visitar el parque de atracciones de Alton Towers sobre el que se dice que ha habido gente que se ha sentido observado al entrar, y en el que se han sucedido diversos accidentes (por ejemplo varias paradas de los vagones de las montañas rusas)

Al margen de posibles razones técnicas, hay quien asegura que todos los problemas y sucesos paranormales que han ocurrido en este parque de atracciones, se deben a una maldición

Según cuentan esta maldición dio comienzo en el año 1800, cuando Charles Talbot se negó a ayudar a una anciana que resultó ser una hechicera, esta habría echado una maldición sobre la familia y las tierras del citado Charles Talbot, y a partir de ese momento las desgracias y las apariciones de fenómenos extraños habrían dado comienzo.

En la actualidad, ha habido gente que ha asegurado haber visto fantasmas con ropa del periodo victoriano y haber sido golpeados con piedras y objetos que vuelan sin causa aparente, además también ha habido reportes de pasos, ruidos y sombras en las zonas más antiguas del parque, y que tampoco tendrían un origen claro.

Tras 30 años funcionando, los principales informes de actividad paranormal dentro del parque provienen de los trabajadores del complejo, estos aseguran que dentro de las instalaciones habitan espíritus que ocasionalmente se manifiestan; de ellos cabe destacar el fantasma de una niña que aparece y desaparece entre las atracciones y que según la leyenda falleció cerca de los toboganes del parque

Pero el problema de este parque, no son sólo las apariciones fantasmales las que han alterado a los trabajadores, según cuentan es común oír como algunas atracciones empiezan a funcionar, y al acudir a los controles, todo se encuentra apagado

Por último destacar, que todo suele ocurrir cuando el parque se encuentra cerrado al público, siendo los empleados los que deben lidiar con toda esta parafernalia paranormal.

CONCLUSIÓN:

Tras todo este catalogo de maldiciones y desgracias ¿os atreveríais a ir a estos parques de atracciones y a subir en alguna de ellas?

 

RELATO DE LOS EXTRAÑOS SUCESOS DE LA CALLE AUNGIER (JOSEPH SHERIDAN LE FANU)

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No vale la pena relatar mi historia; al menos, no vale la pena escribirla. En realidad, al contarla como me lo pidieron a veces, no me fue tan mal, aunque no soy yo quien debiera decirlo. Era una noche de invierno, y yo me encontraba ante un círculo de rostros inteligentes y ávidos, iluminados por un buen fuego después de la cena; afuera se levantaba el viento helado y gemía, mientras los comensales se hallaban en el interior, cómodos y abrigados. Pero es arriesgado hacerlo como usted me lo pide. La pluma, la tinta y el papel no son medios adecuados para transmitir lo maravilloso, y un «lector» es por cierto un animal más crítico que un «escucha». No obstante, si usted puede convencer a sus amigos de que lo lean al anochecer, y después que la conversación alrededor de la chimenea haya versado sobre cuentos emocionantes de ese terror vago e impreciso; en pocas palabras, si usted me asegura el mollia tempora fandi, me consagraré a la tarea, y diré lo que tengo que decir con mi mejor disposición. Bueno, pues, dadas estas condiciones, no diré más, y le contaré de manera sencilla cómo ocurrió todo.

Mi primo, Tom Ludlow, y yo estudiamos juntos medicina. Creo que hubiese sido un buen médico de haber insistido en la profesión, pero prefirió la Iglesia, pobre muchacho, y murió joven, víctima de la peste, contraída durante el noble desempeño de sus funciones. Pero, para nuestros fines, baste con decir que tenía un carácter reposado, aunque de naturaleza franca y alegre; era muy estricto en cuanto al cumplimiento de la verdad, y no se parecía a mí en modo alguno, pues mi temperamento es excitable y nervioso.

Mientras estudiábamos, mi tío Ludlow, el padre de Tom, compró tres o cuatro casas viejas en la calle Aungier. Una de ellas estaba desocupada. Élresidía en el campo, y Tom propuso que nos estableciéramos en la casa vacía mientras no se alquilara; una opción que cumpliría el doble fin de situarnos cerca de la universidad y de nuestros lugares de diversión, y de ahorramos el pago de la renta semanal por el hospedaje.

Nuestro mobiliario era muy escaso; nuestro equipaje, modesto y rudimentario en extremo. En pocas palabras, nuestras posesiones eran casi tan austeras como las de un campamento militar. Así pues, llevamos a cabo nuestro plan no bien lo ideamos. El salón se convirtió en la sala de estar. A mí me tocó el dormitorio ubicado encima de la sala, y a Tom, el de atrás, en el mismo piso, cuarto que yo no hubiera ocupado por nada del mundo.

En primer lugar, la casa era muy, muy vieja. Tengo entendido que hace cincuenta años renovaron la fachada, pero aparte de eso no tenía nada moderno. El agente que la compró y rastreó los títulos a pedido de mi tío, me dijo que se vendió, junto a otras propiedades confiscadas, en la casa de remates Chichester, creo que en 1702; y había pertenecido a sir Thomas Hacket, quien fue alcalde de Dublín en los tiempos de Jacobo II. Cuántos años tenía entonces, no lo sé, pero, de todos modos, los años y los cambios sufridos a través del tiempo fueron suficientes para otorgarle ese aspecto misterioso y triste, excitante y depresivo a la vez, que es tan propio de la mayoría de las mansiones antiguas.

Se modernizaron muy poco los detalles, y quizá fuera mejor así, pues había algo extraño y anticuado en las paredes y techos, en la forma de las puertas y ventanas, en la posición peculiar de la repisa de la chimenea, situada en diagonal, en las vigas y las pesadas cornisas, además de la singular solidez de la ebanistería, desde las barandillas hasta los marcos de las ventanas. Todo eso era imposible de ocultar, y hubiera revelado su antigüedad debajo de innumerables capas de barniz y adornos modernos.

A decir verdad, se notaban algunos intentos, al punto de empapelar las salas, pero, de un modo u otro, el papel parecía tosco y fuera de lugar. La anciana, que atendía un pequeño bazar en el camino, y cuya hija —una solterona de cincuenta y dos años— era nuestra única criada desde el amanecer hasta su discreta retirada en cuanto terminaba de preparar el té en las dependencias de servicio, esta mujer, digo, lo recordaba, desde la época en que el juez Horrocks solía pasar allí sus días, agasajando a sus invitados con excelente carne de venado y vinos raros y añejos. (Éste se había ganado la reputación de ser un juez severo y «amigo de la horca» y acabó por colgarse él mismo bajo un rapto de «locura temporal», como sentenció el juez de primera instancia). En aquellos tiempos felices, tapices de cuero dorado adornaban las salas de estar y es muy posible que causaran una magnífica impresión, pues las habitaciones eran de veras espaciosas.

Los dormitorios tenían revestimientos, pero el del frente no era lóbrego; y en éste la hospitalidad de lo antiguo prevalecía sobre sus connotaciones sombrías. Pero el dormitorio de atrás, por compatibilidad de temperamentos, se había unido a la recámara y anulado la separación. Tenía dos ventanas sombrías ubicadas de modo extraño, que miraban al vacío frente al pie de la cama, y con el recoveco oscuro propio de las viejas casas de Dublín, como un enorme armario fantasmal. Por la noche, este «nicho», como solía llamarlo nuestra mucama, tenía, a mi juicio, un carácter especialmente siniestro y sugerente. La vela distante y solitaria de Tom brillaba en vano con luz trémula en la oscuridad. Allí estaba siempre vigilándolo… siempre impenetrable. Pero esto creaba sólo una parte del efecto. No tengo palabras para expresar lo repulsiva que me resultaba toda la pieza. En sus trazos y proporciones había, supongo, discordancias latentes, cierta relación indescriptible y misteriosa, que perturbaba en forma confusa algún recóndito sentido de lo apropiado y lo seguro, y daba lugar a indescriptibles sospechas y recelos en la imaginación. En general, como dije al principio, por nada del mundo hubiera pasado una noche solo en ese cuarto.

Nunca pretendí ocultarle al pobre Tom mis debilidades supersticiosas, y él, por su parte, ridiculizaba mis temores con la mayor franqueza. Sin embargo, el escéptico estaba predestinado a recibir una dura lección, como se verá enseguida.

Al poco tiempo de ocupar nuestros respectivos dormitorios empecé a padecer una gran inquietud por las noches y trastornos en el sueño. Puesto que siempre había dormido profundamente y no era de ningún modo propenso a las pesadillas, supongo que estas molestias me tornaron muy intolerante. Así pues, en lugar de disfrutar de mi acostumbrado reposo, mi destino consistía ahora en «beber todos los horrores» cada noche. Luego de una serie inicial de sueños desagradables y espantosos, mis angustias adquirieron forma definitiva, y la misma visión, sin variaciones perceptibles en los detalles, me visitaba al menos (en promedio) dos veces por semana.

Ahora bien, este sueño, pesadilla o ilusión infernal —como se la quiera llamar— en cuya desgraciada víctima me convertí, se aparecía de la siguiente manera:

Yo veía, o imaginaba que veía, cada mueble y cada particularidad de la pieza donde dormía con la más abominable nitidez, a pesar de la profunda oscuridad. Esto, como es sabido, se da al margen de la pesadilla común. Pues bien, mientras me encontraba en ese estado de clarividencia, que consistía apenas en la iluminación del escenario donde iba a presentarse el monótono cuadro vivo del horror, razón de mis noches insoportables, mi atención, de manera inmutable, se dirigía —no sé por qué— a la ventana opuesta al pie de mi cama; y siempre con el mismo efecto, un sentimiento de anticipación espantoso, lento pero seguro, se apoderaba de mí. De algún modo, empecé a percibir que manos extrañas llevaban a cabo, para atormentarme, preparativos horribles e imprecisos en un lugar desconocido, y, luego de una pausa, que siempre me parecía igual, de pronto se asomaba una imagen por la ventana, donde se quedaba fija, como atraída por la electricidad, y entonces empezaba el castigo del horror que a veces llegaba a durar varias horas. La imagen pegada de ese modo misterioso a la ventana era el retrato de un viejo, en bata floreada de seda carmesí, cuyos pliegues podría describir, con un rostro que expresaba una rara mezcla de intelecto, lascivia y poder, pero a la vez siniestro y rodeado de presagios malignos. Tenía la nariz ganchuda, como el pico de un buitre; los ojos grandes, grises y saltones, e iluminados por una enorme crueldad fría y mortífera. Remataba estas facciones un gorro de terciopelo carmesí; los cabellos que aparecían por debajo del gorro habían encanecido con los años, pero las cejas conservaban su negrura original. Bien recuerdo cada línea, matiz y sombra de ese semblante, ¡y con razón! La mirada de esa cara infernal permanecía fija en mí, y la mía respondía a la inexplicable fascinación de una pesadilla, durante un período de angustia muy prolongado. Por fin:

Cantaba el gallo y entonces desaparecía el demonio que me había esclavizado durante las espantosas vigilias de la noche; y, atormentado y nervioso, me levantaba para cumplir con las obligaciones del día.

Sentía —no sé por qué, pero puede deberse a la intensa angustia y profundas impresiones de horror sobrenatural, con el cual estaba asociada la extraña fantasmagoría— un insuperable rechazo a describir la naturaleza exacta de mis preocupaciones nocturnas a mi amigo y compañero. Por lo general, sin embargo, le decía que estaba obsesionado con sueños abominables; y, conforme al materialismo atribuido a la medicina, tratamos los dos de disipar mis miedos, no a través del exorcismo, sino por medio de un tónico reconfortante.

—Le haré justicia a este tónico y admitiré con franqueza que el maldito retrato empezó a espaciar sus visitas bajo sus efectos. ¿Qué me dices? ¿Fue, pues, esa singular aparición —tan llena de carácter como de terror— una criatura de mi fantasía o la invención de mi pobre estómago? ¿Fue, en suma,subjetiva (para decirlo en la jerga técnica de nuestro tiempo), y no la intromisión y el ataque palpable de un agente externo? Reconozcamos, mi querido amigo, que eso carece de lógica. El espíritu perverso que cautivó mis sentidos bajo la forma de un retrato, bien pudo haber estado cerca de mí y haber sido igualmente enérgico y maligno aunque yo no lo hubiera visto. ¿Qué implica la totalidad del código moral de la religión revelada en cuanto al debido cuidado de nuestros cuerpos, a la sobriedad, la templanza, etc.? Hay una correspondencia obvia entre lo material y lo invisible. Hasta donde sabemos, la tonicidad saludable del sistema y su energía intacta pueden protegemos contra influencias que de otro modo volverían espantosa la vida. El mesmerista y el electrobiólogo fracasan, en promedio, con nueve de cada diez pacientes, y eso también puede ocurrirle al espíritu maligno. Para la producción de determinados fenómenos espirituales son indispensables condiciones especiales del sistema corporal. A veces la operación sale bien, pero a veces falla, eso es todo.

Descubrí después que mi compañero, escéptico al parecer, también tenía problemas. Pero en ese momento yo aún no lo sabía. Una noche en que, por milagro, me encontraba durmiendo profundamente, me despertaron unos pasos en el vestíbulo delante de mi pieza, seguidos de un ruido atronador que resultó ser el candelabro de bronce que el pobre Tom Ludlow había lanzado con todas sus fuerzas por encima de la barandilla, y que luego rebotó con gran estrépito hasta el segundo tramo de las escaleras; y casi al mismo tiempo, Tom abrió mi puerta de golpe e irrumpió de espaldas en mi cuarto en un estado de extrema agitación.

Salté de la cama y lo agarré del brazo antes de tener una idea clara de mi propia ubicación. Allí estábamos —en camisón, delante de la puerta abierta—, mirando a través de la vieja barandilla la ventana del vestíbulo, por la que brillaba la tenue luz de la luna opacada por las nubes.

—¿Qué pasa, Tom? ¿Qué te pasa? ¿Qué demonios te pasa, Tom? —le pregunté, sacudiéndolo nervioso, con impaciencia.

Respiró hondo antes de responderme, pero no con mucha coherencia.

—No, nada. Nada en absoluto. ¿Yo hablé? ¿Qué dije? ¿Dónde está la vela, Richard? Está oscuro; yo… yo tenía una vela.

—Sí, muy oscuro —dije—. ¿Pero qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Por qué no contestas, Tom? ¿Has perdido el juicio? ¿Qué pasa?

—¿Qué pasa? Ah, ya acabó. Debe de haber sido un sueño, nada más que un sueño, ¿no crees? No puede ser otra cosa que un sueño.

Por supuesto —le contesté, muy nervioso—. Fue un sueño.

—Creí —dijo— que había un hombre en mi cuarto y… y salté de la cama y… y… ¿dónde está la vela?

—En tu cuarto, probablemente —respondí—. ¿Voy a buscarla?

—No, quédate aquí… no vayas. No importa… te pido que no vayas; fue sólo un sueño. Cierra la puerta con llave, Dick. Me quedaré aquí contigo… estoy nervioso. Así que, Dick, sé bueno, enciende tu vela y abre la ventana… estoy en un estado calamitoso.

Hice lo que me pedía y, envuelto en una de mis mantas como Granuaile, nuestra heroína irlandesa del siglo XVI, se sentó al lado de mi cama.

Todo el mundo sabe lo contagioso que es el miedo de todo tipo, pero en especial la clase de miedo que experimentaba Tom en esas circunstancias. Yo no quería oír los pormenores de la espantosa visión que tanto lo había aterrado, y creo que por nada del mundo él los hubiese referido en ese preciso momento.

—No es necesario que me cuentes tu sueño disparatado, Tom —le dije, simulando indiferencia, pero en verdad al borde del pánico—. Hablemos de otra cosa. Es evidente que esta casa vieja y mugrienta nos hace daño a ambos, y que Dios me libre de quedarme más tiempo aquí, para sufrir indigestiones… y… pasar noches horribles. De modo que mejor buscamos otro hospedaje, ¿no te parece?, de inmediato.

Tom estuvo de acuerdo, y después de una pausa, dijo:

—He estado pensando, Richard, que hace tiempo que no veo a mi padre, y he decidido ir a verlo mañana y regresar en uno o dos días, y podrías alquilar un piso para nosotros mientras tanto.

Supuse que esta decisión, sin duda el resultado de las visiones que lo habían atemorizado tan hondamente, se disiparía por la mañana junto con el abatimiento y las sombras de la noche. Pero estaba equivocado. Tom se fue al campo en cuanto amaneció, y acordamos que no bien encontrara hospedaje adecuado le avisaría por carta para que volviera de la casa del tío Ludlow.

Ahora bien, a pesar de lo ansioso que estaba por cambiar de alojamiento, sucedió que, debido a una serie de demoras y percances, pasó casi una semana antes de que pudiese cumplir con mi acuerdo y con el envío inmediato de la carta a Tom; y entretanto, su seguro servidor se vio envuelto en una o dos aventuras insignificantes, las cuales, pese a lo ridículas que puedan parecer hoy, minimizadas a la distancia, en aquel entonces estimularon en forma considerable, por cierto, mi deseo de mudarme.

Una o dos noches después de la partida de mi compañero, estaba sentado en mi dormitorio, al lado de la chimenea, con la puerta cerrada con llave y un vaso de ponche de whisky caliente sobre la estrafalaria mesa de patas largas; pues la mejor manera de mantener a raya a

los espíritus negros y blancos,
los espíritus azules y grises,

que me rodeaban, consistía en seguir la costumbre recomendada por la sabiduría de mis antepasados, y «elevé mi espíritu con bebidas espirituosas». Dejé de lado el volumen de Anatomía, y me dediqué con placer, antes de beber el ponche y acostarme en la cama, a leer una media docena de páginas del Spectator. Y en eso oí pasos que bajaban por la escalera del desván. Eran las dos de la mañana y las calles estaban tan silenciosas como un camposanto. Por consiguiente, se oían los ruidos con perfecta nitidez. El andar era lento y pesado, caracterizado por la afectación y la gravedad de la edad avanzada, y descendía por la angosta escalera del piso superior, y, lo que hacía más singular el sonido era sin duda que los pies que lo producían estaban descalzos y bajaban tanteando el camino con golpes secos y torpes, muy desagradables al oído.

Sabía a ciencia cierta que mi asistente se había ido varias horas antes y que sólo yo quedaba en la casa. Era evidente también que la persona que bajaba por las escaleras no tenía la intención de disimular sus movimientos, sino que, por el contrario, parecía dispuesta a hacer más ruido aún y proceder con mayor premeditación sin necesidad alguna. Cuando los pasos llegaron al pie de la escalera delante de mi cuarto, parecieron detenerse, y supuse que en cualquier momento se abriría la puerta de golpe y entraría el personaje original del odioso retrato. Sin embargo, sentí un gran alivio pocos segundos después al oír que los pasos volvían a descender, en la misma forma, por las escaleras que desembocan en las salas, y luego, después de una pausa, iban de allí al piso de abajo, al recibidor, donde dejaron de oírse.

Ahora bien, cuando cesó el ruido, yo estaba hecho un atado de nervios, como suele decirse; había alcanzado un grado de excitación muy molesto. Me puse a escuchar, pero no se oía nada. Cobré ánimo para llevar a cabo una prueba decisiva y, con voz estentórea, grité por encima de las barandillas:

—¿Quién anda allí?

Pero la única respuesta que obtuve fue el eco de mi propia voz resonando en la vieja casa vacía… ningún nuevo movimiento; nada, en fin, que les diera a mis fastidiosas sensaciones una orientación concreta. Creo que en tales circunstancias hay algo muy desagradable y decepcionante en el sonido de la propia voz, cuando es proyectada en soledad y en vano. Intensificó mi sensación de aislamiento, y mis temores aumentaron al ver que la puerta, que yo estaba seguro de haber dejado abierta, estaba cerrada detrás de mí; con vaga inquietud, por temor a que me cortaran la retirada, entré en mi cuarto tan rápido como pude, y allí me quedé en un estado de aislamiento imaginario, y muy incómodo en efecto, hasta el amanecer.

Esa noche no apareció el huésped descalzo, pero la noche siguiente, cuando ya estaba acostado, en la oscuridad, creo que alrededor de la misma hora que la vez anterior, oí otra vez con nitidez los pasos del viejo bajando del desván.

Esta vez ya había bebido mi ponche, y por lo tanto mi estado de ánimo era excelente. Salté de la cama, agarré el atizador mientras pasaba al lado del fuego casi extinguido, y en un santiamén me encontré en el vestíbulo. En ese momento, ya había cesado el ruido, la oscuridad y el frío eran desalentadores, e imagínese mi horror cuando vi o creí ver un monstruo negro, no sé si con forma de hombre o de oso, de pie y de espaldas a la pared, en el vestíbulo frente a mí, con un par de ojos verdes que brillaban con luz tenue. Ahora bien, con toda franqueza le confesaré que la alacena donde colocamos a la vista nuestros platos y tazas estaba situada justo en aquel lugar, aunque en ese momento no lo recordé. Al mismo tiempo debo decirle con toda honestidad que, pese a la imaginación exaltada, nunca pude convencerme de que fui víctima de mi propia fantasía en este asunto, pues la aparición, después de uno o dos cambios de forma, como en un acto de transformación incipiente, empezó a avanzar hacia mí, ahora que lo pienso bien, en su forma original. Empujado más por el terror que por la audacia, le lancé el atizador por la cabeza con todas mis fuerzas; y con el acompañamiento de un horrible estrépito regresé a mi cuarto y cerré la puerta con doble llave. Entonces, apenas unos segundos después, oí que los espantosos pies descalzos bajaban por las escaleras, hasta que cesó el sonido en el recibidor, igual que la otra vez.

Si la aparición de la noche anterior fue una ilusión óptica producto de mi fantasía que jugueteaba con los oscuros contornos de la alacena, y si sus horribles ojos no eran más que tazas invertidas, tuve la satisfacción, de todos modos, de haberle lanzado el atizador con asombroso resultado, ya que, para decirlo con una de esas frases hechas, «mató a dos pájaros de un tiro», tal como pusieron en evidencia los trozos y fragmentos de mi juego de té. Hice todo lo posible por consolarme y llenarme de valor a partir de esas demostraciones, pero no funcionó. ¿Y qué puedo decir de esos espantosos pies descalzos y su continua marcha pesada, que marcaba los intervalos de la escalera a través de la soledad de mi casa embrujada, y a una hora en que no se manifestaba ningún influjo positivo? ¡Maldición! Todo este asunto era abominable. Me sentía muy desanimado y me horrorizaba la llegada de la noche.

Llegó, y empezó amenazante, con tormentas y ráfagas tenaces de lluvia deprimente. Las calles se volvieron silenciosas antes de lo acostumbrado; y a las doce de la noche no se oía nada excepto el inquietante golpeteo de la lluvia.

Me puse todo lo cómodo y abrigado que pude. Encendí dos velas en vez de una. Renuncié a la cama y me dispuse a salir, con la vela en la mano; pues,coute qui coute, estaba decidido a ver, si era visible, al ente que perturbaba la quietud nocturna de mi mansión. Estaba intranquilo y nervioso, e intenté en vano interesarme por mis libros. Caminé por el cuarto, silbando ya fuera música marcial o alegre, mientras que, de vez en cuando, intentaba escuchar el pavoroso ruido. Me senté y miré fijo la etiqueta cuadrada de la solemne y discreta botella negra, hasta que «EL MEJOR WHISKY AÑEJO DE MALTA DEFLANAGAN & CÍA.» se convirtió en una especie de callado acompañamiento de todas las especulaciones fantásticas y horribles que acosaban mi mente.

Entretanto, el silencio se hizo más profundo y la oscuridad, más tenebrosa. Traté en vano de escuchar el ruido de un vehículo o el alboroto atenuado de un riña en la distancia. Apenas se oía el rumor de un viento incipiente que surgió después de la tormenta que había atravesado las montañas de Dublín más allá del alcance del oído. En medio de esta enorme ciudad empecé a sentirme solo con la naturaleza, y sabe Dios qué más. Mi valor disminuía. Sin embargo, el ponche, que embrutece a tantos, me convirtió de nuevo en un hombre, justo a tiempo para oír, con firmeza y suficiente sangre fría, los pies desnudos, blandos y torpes que una vez más descendían por la escalera.

Tomé un candelabro con cierto estremecimiento. Mientras avanzaba traté de improvisar una oración, pero callé durante un momento para escuchar, y no logré terminarla. Los pasos continuaban. Confieso que dudé por unos segundos frente a la puerta, antes de armarme de valor y abrirla. Cuando eché una mirada, vi que el vestíbulo estaba vacío del todo: no había monstruo alguno en las escaleras, y, como el detestable sonido había cesado, me tranquilicé lo suficiente como para aventurarme hasta la barandilla. ¡Horror de los horrores! Uno o dos peldaños más abajo, la pisada sobrenatural golpeó el piso. Logré percibir algo en movimiento; era del tamaño del pie de Goliat: gris, pesado, y se sacudía con peso muerto de un escalón al otro. Por mi vida, nunca había visto o imaginado una rata gris más monstruosa.

Shakespeare dijo: «Hay hombres que no soportan un cerdo asado, y otros enloquecen al ver un gato». Estuve a punto de perder la cordura cuando vi esa rata, porque —ríase de mí, si lo desea— me lanzó lo que creo que fue una expresión de malicia indudablemente humana, y, al tiempo que se arrastraba casi entre mis pies y me observaba, podría jurar que vi —entonces lo pensé pero ahora estoy seguro— la mirada infernal y la cara odiosa de mi viejo amigo del retrato, impresas en el rostro de la enorme alimaña que tenía ante mí.

Regresé con rapidez a mi cuarto con una sensación de repugnancia y horror imposible de describir, y aseguré la puerta, como si al otro lado hubiera un león. ¡Maldito él o eso; maldito el retrato y su modelo! Tenía la sensación de que la rata —sí, la rata, la RATA que acababa de ver— era aquel ser maligno oculto bajo un disfraz, vagando por la casa en una de sus infernales diversiones nocturnas.

Temprano por la mañana, empecé a recorrer con grandes dificultades las calles fangosas, y, entre otras diligencias, envié una nota de urgencia a Tom, pidiéndole que volviera. Pero no bien regresé a la casa me encontré con un mensaje de mi «compinche» viajero, en el cual me anunciaba su arribo para el día siguiente. Me alegró la noticia en más de un sentido, ya que, por un lado, había tenido éxito en mi búsqueda de alojamiento, y por otro, la aventura medio ridícula y medio horrible de la noche anterior volvía especialmente gratos el cambio de ambiente y el retorno de mi compañero.

Esa noche, dormí en forma provisoria en mi nueva vivienda de la calle Digges, y a la mañana siguiente regresé a desayunar a la mansión embrujada, donde sin duda Tom acudiría de inmediato en cuanto llegase.

Estaba en lo cierto: llegó y una de sus primeras preguntas se refirió al principal motivo de nuestro cambio de residencia.

—Gracias a Dios —dijo, con auténtico fervor, al enterarse de que ya estaba todo arreglado—. Me alegro mucho por ti. En cuanto a mí, te aseguro que por nada en el mundo volvería a pasar una noche en esta espantosa casa vieja.

—¡Al diablo con la casa! —exclamé, con una sincera mezcla de miedo y aversión—. No hemos pasado ni un momento agradable desde que vinimos a vivir aquí.

Seguí hablando y de paso le conté mi aventura con la vieja rata hinchada.

—Bueno, si eso fuera todo —dijo mi primo, fingiendo no darle importancia al asunto—, no creo que me hubiese preocupado demasiado.

—Cierto, pero su mirada, su rostro, querido Tom —insistí—, si hubieses visto eso, habrías pensado que era cualquier cosa menos lo que las apariencias indicaban.

—Prefiero creer que el mejor prestidigitador en ese caso sería un gato grande y robusto —respondió, con una risita irritante.

—Pero ahora hablemos de tu propia aventura —dije, con brusquedad.

Ante esta provocación, miró a su alrededor con inquietud. Yo le había avivado un recuerdo muy desagradable.

—La oirás, Dick, te la contaré —dijo—, pero, por Dios, caballero, relatarla aquí me haría sentir muy incómodo, pese a que presentamos un frente demasiado sólido como para que los fantasmas se atrevan a entrometerse en este momento.

Aunque lo dijo en broma, creo que fue una apreciación seria. Nuestra criada estaba en un rincón del cuarto, guardando los trozos de la vajilla y del juego de té de porcelana en una canasta. Pronto dejó la tarea, y con la boca y los ojos muy abiertos se puso a escuchar absorta. Tom relató sus experiencias casi con estas mismas palabras:

—Lo vi tres veces, Dick, tres veces inconfundibles, y estoy absolutamente seguro de que tenía la intención de hacerme un daño infernal. Como te decía, yo estaba en peligro, en grave peligro; pues en el mejor de los casos, de no haber huido tan pronto, sin duda hubiese perdido la razón. Gracias a Dios, me escapé.

»La primera noche en que ocurrió este repulsivo episodio me hallaba acostado en la vieja cama de madera con la intención de dormir. Me repugna recordarlo. En realidad, estaba bien despierto, pese a que había apagado la vela y me mantenía inmóvil como si estuviera dormido; y, aunque inquietos en ocasiones, mis pensamientos se sucedían de modo alegre y placentero.

»Creo que, cuando oí un sonido en… en ese recoveco detestable y oscuro en el extremo del dormitorio, eran por lo menos las dos de la mañana. Parecía como si alguien arrastrara con lentitud un trozo de cuerda por el piso, levantándola y dejándola caer de nuevo, suavemente, en espirales. Me senté en la cama una o dos veces, pero no pude distinguir nada, así que llegué a la conclusión de que se trataba de los ratones del revestimiento de las paredes. No sentí ninguna emoción alarmante, excepto curiosidad, y poco después dejé de prestar atención.

»Mientras permanecía en ese estado, aunque parezca raro, sin sospechar al principio de la presencia de algo sobrenatural, vi de pronto a un viejo, más bien robusto y corpulento, en una especie de bata de color rojo apagado, con una gorra negra en la cabeza, que se movía con lentitud y dificultad en forma diagonal a través del dormitorio, desde el recoveco, pasando delante del pie de mi cama, hasta el antiguo armario de la leña a mi izquierda. Llevaba algo bajo el brazo: la cabeza le colgaba ligeramente hacia un lado; y, ¡Dios misericordioso!, cuando le vi la cara…».

Tom se calló por un momento, y luego continuó:

—Ese semblante funesto, que vivo o muerto nunca podré olvidar, reveló lo que era. Sin mirar a izquierda o derecha, pasó por mi lado, y entró en el armario ubicado cerca de la cabecera de la cama.

»Mientras se acercaba a mí esa especie pavorosa e indescriptible de muerte y culpa, sentí que ya no tenía la capacidad para hablar ni moverme, al igual que un cadáver. Muchas horas después de su desaparición, yo aún estaba demasiado aterrorizado y débil como para intentar algún movimiento. En cuanto llegó el día, me armé de valor y registré el cuarto, en especial el camino que pareció tomar el aterrador intruso, pero no había rastros de que alguien hubiese pasado por allí, ni señales visibles de desorden entre la leña que cubría el piso del armario.

»Empecé a recuperarme un poco en ese momento. Estaba rendido y exhausto, y por fin me venció un sueño febril. Bajé tarde, y al verte tan abatido, por causa de tus sueños relacionados con el retrato, cuyo originalse presentó ante mí —ahora lo sé—, no quise hablar sobre la visión infernal. De hecho, estaba tratando de convencerme a mí mismo de que todo había sido una alucinación, y no tenía deseos de revivir la intensidad de las repugnantes impresiones de la noche anterior… ni de comprometer la persistencia de mi escepticismo, por medio del relato de mis padecimientos.

»Confieso que me hizo falta mucha sangre fría para regresar a mis aposentos embrujados la noche siguiente y acostarme tranquilo en la misma cama —continuó Tom—. Y lo hice en tal estado de agitación que habría bastado una insignificancia —no me avergüenza decirlo— para desatar en mí un pánico incontrolable. Sin embargo, esa noche transcurrió en calma, como la siguiente y también dos o tres más. Empecé a recuperar la confianza en mí mismo y a convencerme de que creía en las teorías de las ilusiones espectrales, con las que al principio había tratado en vano de engañar a mis convicciones.

»La aparición había sido, en efecto, del todo anómala. Recorrió la habitación sin advertir para nada mi presencia. Yo no la perturbé, y ésta no mostró interés por  ¿Para qué fin imaginable le servía, pues, cruzar el cuarto en forma visible? Por supuesto, bien podría haber estado en el armario en vez de haber ido allí, con la misma facilidad con que se introdujo en el recoveco sin entrar en la habitación en forma perceptible por los sentidos. Además, ¿cómo demonios pude verlo? Era una noche oscura; yo no tenía velas; no había fuego en la chimenea; ¡y sin embargo lo vi con la misma claridad, tanto el colorido como el contorno, con que suelo distinguir cualquier forma humana! Un sueño cataléptico podría explicarlo del todo; y yo estaba decidido a considerarlo un sueño.

»Uno de los fenómenos más notables relacionados con la mendacidad consiste en la enorme cantidad de mentiras deliberadas que nos contamos a nosotros mismos, puesto que es lícito suponer que caeríamos en el engaño con facilidad. En todo esto —no necesito decírtelo, Dick—, sencillamente me estaba mintiendo, y no creía una sola palabra de las despreciables patrañas. Sin embargo, seguí adelante, como suelen hacer los hombres, igual que los charlatanes e impostores perseverantes, que imponen por cansancio la credulidad en las personas a través del simple recurso de la reiteración; de modo que tenía la esperanza de poder persuadirme a mí mismo, por fin, de asumir el cómodo escepticismo con respecto al fantasma.

»No había aparecido por segunda vez: era, sin duda, un alivio. Y, después de todo, ¿qué me importaban él, sus viejas y peculiares vestimentas y su extraña apariencia? ¡Ni un rábano! La experiencia no me había dañado en absoluto y en verdad hasta me había beneficiado con una buena historia. Así que me acosté en la cama, apagué la vela, y, animado por una ruidosa disputa de borrachos en el callejón de atrás, me quedé dormido.

»Me desperté sobresaltado de este profundo sueño. Estaba consciente de que había tenido un sueño horrible, pero no podía recordarlo. El corazón me latía con furia; me sentí aturdido y afiebrado. Me senté en la cama y miré alrededor del cuarto. La luz de la luna entraba a raudales por las ventanas sin cortinas; todo estaba como lo había visto la última vez; y pese a que la riña doméstica en el callejón de atrás, por desgracia para mí, se había calmado, todavía podía oír a un simpático tipo cantando, de regreso a su casa, la canción picaresca de entonces llamada Murphy Delaney. Aprovechando esa distracción, volví a acostarme, con la cara hacia la chimenea, y, cerrando los ojos, intenté pensar sólo en la balada, que se perdía cada vez más en la distancia:

Murphy Delaney, tan alegre y gracioso,

entró en una taberna a beberse unos tragos;

salió tambaleándose repleto de whisky

fresco como una lechuga, ciego como un toro.

»El cantante, cuyo estado era parecido, sin duda, al de su héroe, pronto se distanció demasiado como para deleitar mis oídos; y a medida que se alejaba la música, caí en un sueño ligero, nada reparador. De algún modo, la canción se me había metido en la cabeza, y empecé a divagar con las aventuras de mi respetable compatriota, quien, al salir de la “taberna”, cayó al río, del que lo sacaron para hacerlo “comparecer” ante un “jurado”, el cual, informado por un “veterinario” de que el tipo estaba “muerto de remate y asunto concluido”, falló en conformidad, en el preciso instante en que el difunto recobraba la conciencia, de modo que un furioso altercado y una batalla campal concluyen la balada con la picardía y el humor apropiados.

»Con fatigada monotonía recorrí despacio la balada, hasta el último verso, y luego empecé de nuevo, y así una y otra vez, durante mi inquieto sueño a medias. Por cuánto tiempo, no sabría decirlo. Pero, de pronto, empecé a murmurar “muerto de remate y asunto concluido”, y algo parecido a otra voz dentro de mí parecía decir, muy débilmente pero en forma nítida, “¡muerto!, ¡muerto!, ¡muerto!, ¡y que Dios tenga piedad de su alma!”; y al instante me desperté de golpe, mirando fijo hacia adelante desde la almohada.

»Ahora bien —¿podrás creerlo, Dick?—, vi a la misma maldita figura, de frente, y me contemplaba con su expresión sepulcral y demoníaca a no más de dos metros de la cabecera».

Tom hizo una pausa y se limpió el sudor de la cara. Me sentí muy raro. La criada estaba tan pálida como Tom; y, puesto que nos encontrábamos en el mismo lugar de tales aventuras, todos nos sentíamos muy agradecidos, sin duda alguna, de la brillante luz del día y de la actividad de la calle.

—Sólo la vi con claridad unos tres segundos; luego se tomó vaga e imprecisa; pero, por mucho tiempo, hubo algo parecido a una columna de vapor oscuro en el lugar donde se había ubicado la figura entre la pared y la cama; y yo estaba seguro de que aún se encontraba ahí. Después de un buen rato, esta aparición también se desvaneció. Llevé la ropa abajo, al recibidor, y me vestí allí, con la puerta semiabierta; luego salí a la calle, y caminé por el pueblo hasta el amanecer, hora en que regresé en un estado calamitoso y muerto de cansancio. Fue una tontería de mi parte, Dick, sentir vergüenza de contarte los motivos de mi agitación. Pensé que te reirías de mí, sobre todo porque siempre me tomé las cosas con filosofía y me referí a tus fantasmas con desprecio. Llegué a la conclusión de que no me darías tregua; de modo que mantuve en secreto mi relato de terror.

»Así pues, Dick, quizá no me creas, pero te aseguro que hace muchas noches, después de mi última experiencia, que no piso mi cuarto. Cuando te ibas a acostar, me quedaba sentado un rato en la sala de estar; luego me deslizaba en silencio hasta la puerta de entrada, salía y me quedaba en la taberna Robin Hood hasta que se fuera el último parroquiano; y luego pasaba la noche como un centinela, caminando las calles de arriba abajo hasta la mañana siguiente.

»Durante más de una semana no descansé en mi cama. A veces, me adormecía en un banco en la Robin Hood, y a veces echaba una siesta en una silla durante el día, pero no dormí normalmente en ningún momento.

»Tomé la firme decisión de que alquiláramos otra casa, pero no me atrevía a confesarte el motivo, y de un modo u otro fui postergando mi resolución de día en día, a pesar de que mi vida se había vuelto, cada hora de dilación, tan desgraciada como la del criminal perseguido por la policía. Este lamentable estilo de vida estaba acabando con mi salud.

»Una tarde resolví disfrutar de una hora de sueño en tu cama. Odiaba la mía; de modo que, fuera de una sigilosa visita diaria para deshacerla, temeroso de que Martha, la criada, descubriera el secreto de mi ausencia nocturna, no entré para nada en la fatídica habitación.

»Por desgracia y para mi mala suerte, tu dormitorio estaba cerrado y te habías llevado la llave. Fui al mío con el propósito de deshacer la cama, como de costumbre, y darle la apariencia de que había dormido en ella. Ahora bien, esa noche, debido a la coincidencia de diversas circunstancias, me vi obligado a enfrentar una escena pavorosa. En primer lugar, me sentía literalmente abrumado por el cansancio, y ansiaba dormir; en segundo lugar, el efecto del agotamiento excesivo sobre mis nervios se asemejaba al de un narcótico, y me volvía menos susceptible a los angustiosos miedos ya habituales en mí. Y además, la ventana estaba un poco entreabierta, una agradable frescura impregnaba el ambiente, y, como broche de oro, el alegre sol de la tarde hacía muy agradable la habitación. ¿Qué podía impedirme disfrutar de una hora de siesta allí? El aire resonaba con el zumbido alegre de la vida, y la abundante luz natural del día llenaba todos los rincones de la pieza.

»Cedí —suprimiendo mi desasosiego— a la casi abrumadora tentación; y apenas me quité el saco y me aflojé la corbata, me recosté en la cama con la idea de limitarme a un breve sueño de media hora, con la finalidad de disfrutar de modo inusitado de un colchón de plumas, un cobertor y un almohadón.

»Fue un hecho terrible e insidioso; y el demonio, sin duda, guió mis preparativos, fatuos y caprichosos. Tonto de mí, creí, con la mente y el cuerpo agotados por falta de sueño, y una semana sin descanso en mi haber, que era posible, en esa situación, dormir tan sólo una media hora. Mi sueño fue profundo, largo y desprovisto de pesadillas.

»Me desperté con calma, pero del todo, sin sobresaltos o sensaciones feas de ningún tipo. Como sin duda recuerdas, era pasada la medianoche, me parece que cerca de las dos de la mañana. Cuando el sueño ha sido profundo y largo, suficiente para satisfacer las necesidades de la naturaleza, uno se despierta con frecuencia de este modo, en forma súbita, tranquila y completa.

»Había una figura sentada en el viejo y pesado sofá al lado de la chimenea. Estaba más bien de espaldas a mí, pero yo no estaba equivocado; se dio vuelta despacio y, ¡por todos los cielos!, allí estaba el rostro sepulcral, con sus infernales rasgos de perversidad y desesperanza, contemplándome con malicia. Ya no cabía duda acerca de su percepción de mi presencia, ni de la infernal maldad que lo animaba, pues se levantó y se acercó a mi cabecera. Tenía una soga alrededor del cuello, y en la mano sostenía con rigidez el otro cabo, enrollado.

»Mi ángel protector me dio fuerzas para soportar la horrible crisis. Durante unos segundos, me quedé paralizado frente a la mirada del aterrador fantasma. Se acercó a la cama y me pareció que iba a meterse en ella. De inmediato salté al piso por el otro extremo, y unos segundos después, no sé cómo, me encontré en el vestíbulo.

»Pero todavía no se había roto el hechizo; no había atravesado aún el valle de la sombra de la muerte. El aborrecible fantasma estaba allí, frente a mí. Se encontraba cerca de la barandilla, un poco encorvado; y, con un cabo de la soga alrededor del cuello, balanceaba un nudo en el otro, como para lanzarlo a mi cuello, y mientras realizaba esta siniestra pantomima, tenía una sonrisa tan lasciva, tan horrorosa y espeluznante, que me anuló los sentidos. No vi ni recuerdo nada más, hasta que me encontré en tu cuarto.

»Tuve un escape milagroso, Dick —eso no se puede negar—, un escape por el cual, mientras viva, bendeciré la misericordia del cielo. Nadie puede concebir o imaginar lo que significa para un ser humano la presencia de semejante cosa, pero he vivido esa espantosa experiencia. Dick, Dick, una sombra se ha cruzado en mi camino, se me ha helado la sangre hasta los tuétanos, y no seré el mismo nunca más… nunca, Dick… ¡nunca!».

Nuestra criada, una mujer madura de cincuenta y dos años, como ya dije, se había quedado inmóvil mientras oía el relato de Tom, y poco a poco se acercó a los dos, con la boca abierta y las cejas fruncidas sobre los ojos negros, pequeños y brillantes, hasta que, mirando de soslayo de vez en cuando por encima del hombro, se ubicó detrás de nosotros. Durante el relato había hecho varios comentarios serios, en voz baja, pero he omitido tanto éstos como sus exclamaciones, por razones de brevedad y sencillez.

—He oído a menudo hablar de ello —dijo en ese momento—, pero nunca lo había creído hasta hoy, aunque, en realidad, ¿por qué no habría de creerlo? ¿Acaso mi madre allá abajo, en el camino, no sabe varias historias extrañas —¡bendito sea Dios!— aunque no lo diga? Pero usted no debió dormir en el dormitorio de atrás. Ella, mi madre, no quería en absoluto que yo entrara y saliera de esa habitación ni siquiera de día, y menos que un cristiano pasara la noche allí; pues ella asegura que era su dormitorio.

—¿El dormitorio de quién? —preguntamos al mismo tiempo.

—Pues, el de él… el del viejo juez… el juez Horrock, claro, que en paz descanse —y miró aterrada a su alrededor.

—¡Así sea! —murmuré, entre dientes—. Pero ¿murió allí?

—¡Murió allí! No, no exactamente allí —respondió ella—. Por cierto, ¿no se colgó de la barandilla, ese viejo pecador, Dios tenga piedad de nosotros? ¿Y no fue en el recoveco donde encontraron los mangos cortados de la soga de saltar, y el cuchillo donde colocó la cuerda —¡bendito sea Dios!— para ahorcarse? La hija de su ama de llaves era la dueña de la soga, me lo dijo mi madre varias veces, y la niña no pudo recuperarse nunca después de eso, y se despertaba sobresaltada, chillaba de noche, por las pesadillas y los terrores nocturnos que la acosaban; y decían que era el alma del viejo juez la que la atormentaba; y ella bramaba y gritaba para que alejaran al viejo grande y robusto con el cuello torcido; y entonces profería: «Ay, ¡el amo!, ¡el amo!, ¡camina pesadamente hacia mí y me llama con señas! Madre querida, ¡no me abandones!». Hasta que al fin la pobre criatura murió, y los doctores dijeron que falleció por causa de agua en el cerebro, pues ¿qué otra cosa podían decir?

—¿Cuándo pasó todo eso? —pregunté.

—Ah… ¿cómo podría saberlo? —respondió—. Pero debe de haber ocurrido hace mucho, mucho tiempo, porque el ama de llaves ya era vieja, con la pipa en la boca y sin un solo diente. Pasaba los ochenta cuando mi madre se casó, y decían que había sido una mujer atractiva y elegante cuando el viejo juez se suicidó. Por cierto, mi madre pronto va a cumplir los ochenta. Y lo que empeoró las cosas para el viejo villano desnaturalizado, que en paz descanse, hasta el punto de asustar a la chica, como lo hizo, y llevársela de este mundo, fue lo que en su mayor parte creían y pensaban todos. Mi madre dice que la pobre criaturita era su propia hija, pues él se comportaba, según se decía, como un auténtico villano en más de un sentido, y era el juez más amigo de la horca en todo el territorio de Irlanda, de entonces y siempre.

—Por lo que ha mencionado acerca del peligro de dormir en ese dormitorio —dije—, supongo que ha habido otras historias acerca de las apariciones del fantasma.

—Bueno, sí, hubo cosas que se dijeron, cosas raras, sin duda —respondió Martha, sin muchas ganas, al parecer—, ¿y por qué no? ¿Acaso no durmió en ese mismo cuarto por más de veinte años? ¿Y no fue en elnicho donde preparó la soga que llevó a cabo, al fin, lo que él mismo solía hacer, de la misma manera que mandó matar en vida a muchos hombres mejores que él?… ¿Y acaso no tendieron el cadáver en la misma cama, lo metieron en el ataúd en ese lugar, además, y lo llevaron a su tumba desde allí hasta el cementerio de Pether, después del dictamen del juez de instrucción? Pero hubo historias raras —mi madre las conoce todas— sobre cómo un tal Nicholas Spaight se metió en un lío en relación con ese tema.

—¿Y qué dijeron del tal Nicholas Spaight? —pregunté.

—Ah, si de eso se trata, puedo contárselo ahora mismo —respondió.

Contó una historia muy extraña, por cierto, que despertó de tal modo mi curiosidad, que fui a visitar a la anciana, su madre, de quien obtuve muchos detalles curiosos. En efecto, estoy tentado de relatar el suceso, pero se me ha cansado la mano de tanto escribir, lo que me obliga a postergarlo. Si desea oírla en otra oportunidad, haré todo lo posible por complacerlo.

Cuando escuchamos el extraño relato que no le he contado, le hicimos una o dos preguntas más acerca de las supuestas visitas espectrales que habían asediado la casa después de la muerte del malvado juez.

—Nunca a nadie le fue bien allí —nos dijo—. Siempre hubo terribles accidentes y muertes repentinas, y todos se quedaron por poco tiempo. Los primeros en alquilarla pertenecían a una familia —no recuerdo el nombre—, pero de todos modos eran dos muchachas acompañadas de su papá. Éste tenía unos sesenta años, y era un caballero fuerte y sano como más de uno quisiera verse a esa edad. Pues bien, él dormía en ese infortunado cuarto de atrás, y, en efecto —¡Dios nos guarde del peligro!—, lo encontraron muerto una mañana, caído a medias de la cama, con la cabeza negra como un carbón e hinchada como un budín, colgando cerca del piso. Fue un ataque, dijeron. Estaba más muerto que un pescado, de modo que él no podía contar lo que le había pasado; pero los ancianos estaban seguros de que el viejo juez, y no otra cosa —¡Dios nos bendiga!—, lo había asustado hasta el punto de hacerlo perder el juicio y la vida, ambas cosas a la vez.

»Poco después, llegó a la casa una solterona vieja y rica. No sé en cuál de los dormitorios dormía ella, pero vivía sola; de todo modos, una mañana, cuando los sirvientes bajaron temprano para iniciar sus tareas, la encontraron sentada en la escalera del pasillo, temblando y murmurando para sí, totalmente loca; y nunca más ni ellos ni sus amigos pudieron sacarle una palabra, excepto “no me pidan que me vaya, porque le prometí esperarlo”. Ella jamás les dijo a quién se refería, pero por supuesto todos los que estaban al tanto de lo que ocurría en la vieja casa sabían muy bien lo que le había pasado.

»Más tarde, cuando arrendaban la casa como pensión, Micky Byrne alquiló el mismo cuarto, con su mujer y tres niños pequeños; y, por cierto, yo misma oí a la señora Byrne cuando ésta contaba cómo se elevaban los niños sobre la cama por la noche, sin que ella pudiera ver quién lo hacía; y cómo se sobresaltaban y chillaban a toda hora, igual que la hija muerta del ama de llaves, hasta que una noche el pobre Micky bebió una copa de más, como solía hacerlo de vez en cuando; y, —¡qué le parece!—, a medianoche creyó oír un ruido en las escaleras, y, estando ebrio, no tuvo mejor idea que ir a ver por sí mismo qué pasaba. Bueno, un rato después, lo último que su mujer oyó fue un “¡ay Dios!”, y el estruendo de una caída que sacudió los cimientos de la mismísima casa y allí, en efecto, estaba tendido el pobre Micky, en los últimos escalones, debajo del vestíbulo, con el cuello quebrado en dos partes, en el lugar donde fue arrojado desde la barandilla».

Luego la criada añadió:

—Voy a buscar a Joe Gawey para que venga a embalar el resto de las cosas y las lleve a su nuevo alojamiento.

Y así, todos salimos juntos, cada uno dando un respiro de alivio —no lo dudo— al atravesar el funesto umbral por última vez.

Pues bien, conforme a lo acostumbrado desde tiempos inmemoriales en el ámbito de la ficción, diré unas palabras más con el fin de acompañar al héroe no sólo a través de sus aventuras, sino incluso más allá de este mundo. Debe de haber notado que así como el héroe de carne y hueso de la novela es el personaje principal del escritor de ficción, del mismo modo la vieja casa de ladrillo, madera y argamasa es la protagonista del humilde escriba de este auténtico relato. Por lo tanto, me siento obligado moralmente a narrar la catástrofe que la destruyó al final: dos años después de mi relato la alquiló un curandero charlatán, que se hacía llamar barón Duhlstoerf. Llenó las ventanas de la recepción con frascos llenos de horrores indescriptibles conservados en aguardiente y colmó los periódicos con los habituales avisos grandilocuentes y mendaces. Este caballero no incluía la sobriedad entre sus virtudes, y una noche, rendido por el vino, prendió fuego al cortinado de la cama, sufrió algunas quemaduras, y las llamas consumieron toda la casa. Fue reconstruida después, y por un tiempo un empresario de pompas fúnebres se estableció en sus predios.

Así pues, le he contado mis aventuras y las de Tom, junto con algunos detalles secundarios valiosos, y, habiendo cumplido con mi obligación, le deseo muy buenas noches y sueños placenteros.

PEAKY BLINDERS (QUINTA TEMPORADA)

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La familia Shelby sigue manteniendo sus negocios a la vez que los va ampliando con los nuevos tiempos a la vez que la situación política y económica cambia rápidamente.

Hoy os traigo la reseña de la quinta temporada de peaky blinders, la serie protagonizada por la familia Shelby, en el caso de esta quinta temporada creo que hay varias cosas interesantes dignas de mención, por ello, si no habéis visto la temporada o estáis terminando de verla, tened cuidado al leer esto, puede haber algún spoiler.

En primer lugar creo que resulta interesante que la temporada comience con el crack económico de 1929, ya que no sólo va a afectar a los negocios e inversiones de los Shelby, sino que también va a permitir explicar los inicios de los fascismos, en el caso de Reino Unido representado por Owald Mosley, a la vez que vemos como muchos empresarios se van a la ruina mientras se intenta que los empleados trabajen más tiempo por menos sueldo y tratar así de minimizar la crisis económica.

Por otro lado, vemos como la familia intenta salvar las empresas que ya tiene a la vez que va ampliando sus negocios metiéndose en asuntos tan turbios como las apuestas de fútbol, mientras empieza a hacer frente a amenazas externas de otras bandas (los Billy Boys) que quieren ampliar sus territorios de influencia a costa del de la familia Shelby mientras que a nivel interno, se comienza a ver como la influencia de Tommy empieza a ser cuestionada por diversos miembros de la familia como Michael Gray, el hijo de Polly, no en vano se hace mucha referencia en la temporada a la figura del gato negro, que ellos relacionan con la presencia de un traidor dentro del círculo íntimo del protagonista, en este aspecto, creo que están sabiendo jugar muy bien con las dudas de quien puede ser el traidor, ya que  Michael siempre ha dado la impresión de que iba a terminar por tratar de hacerse con el poder de cualquier forma, a pesar de lo cual no habría que descartar otras posibilidades de gente que, bueno, se ve desde hace tiempo que no simpatiza mucho con Tommy.

Por último destacar la ambientación de la serie y el magnífico reparto que compone la serie desde el inicio.

En general sólo puedo decir que la serie sigue siendo igual de buena que al inicio.

LA SQUAW (BRAM STOKER)

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Por aquel entonces Núremberg no era una ciudad tan turística como lo es hoy. Irving todavía no había interpretado Fausto y a la mayoría de los turistas ni siquiera le sonaba el nombre de la ciudad. Estando mi mujer y yo en la segunda semana de nuestra luna de miel, era natural que quisiéramos que alguien más se uniera a nuestro viaje, así que cuando un divertido extranjero, Elias P. Hutcheson, natural de Isthmian City, Bleeding Gulch, en el condado de Maple Tree, Nebraska, apareció en la estación de Fráncfort y comentó casualmente que planeaba visitar la ciudad más castigada y antigua de Europa, y que le parecía que tanto viajar solo podía hacer que hasta la persona más inteligente y en sus cabales acabara en el pabellón para melancólicos de un manicomio, captamos la insinuación y le propusimos unir nuestras fuerzas. Descubrimos mi mujer y yo, al contrastar más tarde nuestros recuerdos, que ambos habíamos pretendido hablar con reticencia o duda para no parecer ansiosos, pues en caso de dar esta impresión no estaríamos haciendo ningún cumplido a nuestro matrimonio; pero arruinamos nuestro propósito cuando nos lanzamos a hablar atropelladamente y a la vez, nos callamos y volvimos a empezar al mismo tiempo. En cualquier caso, no tuvo importancia, lo conseguimos: Elias P. Hutcheson se sumó a nuestro viaje. Amelia y yo disfrutamos de un beneficio inmediato; en lugar de discutir, como habíamos venido haciendo, descubrimos que la presencia de un tercer miembro en el grupo ejercía tal efecto moderador que aprovechamos la menor oportunidad para besuquearnos en los rincones. Amelia afirma que, a resultas de aquella experiencia, desde entonces recomienda a todas a sus amigas llevarse a un amigo a la luna de miel. En fin, «hicimos» Núremberg los tres juntos y disfrutamos mucho con los comentarios picantes de nuestro amigo del otro lado del Atlántico, quien, con su pintoresca manera de hablar y su asombroso historial de aventuras parecía salido de una novela. Entre todos los puntos de interés de la ciudad, dejamos para el final el Burgo, y el día elegido para la visita paseamos por el lado oriental de la muralla exterior del casco antiguo.

El Burgo se halla emplazado sobre una gran masa rocosa, dominando la ciudad, y un foso de gran profundidad lo guarda por el flanco norte. Núremberg se congratula de no haber sido nunca saqueada; de haberlo sido no tendría un aspecto tan impecable como el que conserva hoy en día. Hacía siglos que el foso no se utilizaba, y su base estaba tomada por cafés al aire libre y huertos, en algunos de los cuales crecían árboles de tamaño considerable. Mientras deambulábamos alrededor de la muralla, coqueteando bajo el cálido sol de julio, nos deteníamos a menudo para admirar las vistas que se extendían ante nosotros, y en especial la gran llanura cubierta de pueblos y aldeas y bordeada por una línea azul de colinas, como un paisaje de Claude Lorraine. A continuación volvíamos los ojos con agrado a la ciudad, con su miríada de pintorescos y antiguos gabletes y las hileras e hileras de amplios tejados rojos salpicados de buhardillas. Un poco a nuestra derecha se alzaban las torres del Burgo, y más cerca, la lúgubre Torre de Torturas, la cual era, y puede que siga siéndolo, el punto de mayor interés de la ciudad. Durante siglos, el uso de la Virgen de Hierro de Núremberg ha sido ejemplo de la horrorosa crueldad de la que es capaz el hombre; llevábamos mucho tiempo anhelando verla, y por fin teníamos delante su morada.

En una de nuestras paradas nos inclinamos sobre el murete del foso para mirar abajo. El jardín se hallaba a unos buenos cincuenta o sesenta pies de nosotros, y el sol caía sobre él caldeándolo con un calor tan intenso y estático como el de un horno. Junto a él se elevaba la muralla gris y sombría hasta una altura en apariencia infinita, y a derecha e izquierda se plegaba en los ángulos del bastión y la contraescarpa. Árboles y arbustos coronaban la muralla, y más allá asomaban unas tras otras las nobles casas a las que el tiempo había bendecido con su aprobación. El sol calentaba mucho y estábamos perezosos; éramos dueños de nuestro tiempo y nos demorábamos cuanto queríamos, apoyados en el murete. Justo debajo de nosotros se desarrollaba una bonita escena: una gran gata negra se encontraba tendida al sol, mientras a su alrededor retozaba graciosamente un gatito negro. La madre movía la cola para que su cría jugara con ella, o alzaba las patas y apartaba al pequeño para azuzarlo a nuevos juegos. Estaban al pie mismo de la muralla, y Elias P. Hutcheson, para animar el juego, se agachó y cogió del camino un guijarro de buen tamaño.

—¡Miren! —dijo—. Lo dejaré caer junto al gatito y los dos se preguntarán de dónde ha venido.

—Tenga cuidado —dijo mi mujer—. Podría dar a la cría.

—Eso nunca, señora —dijo Elias P.—. Soy tan pacífico como un cerezo de Maine. Bendito sea el Señor. Antes le cortaría la cabellera a un bebé que hacerle daño a esa pobre criatura. ¡Puede usted apostar sus medias de colores! Mire, la dejaré caer bien lejos de ellos.

Se asomó sobre el murete y, con el brazo extendido, dejó caer la piedra. Puede que fuera porque existe una fuerza irresistible que transforma las cuestiones sin importancia en graves, o, más probablemente, porque el muro no era del todo vertical sino que se inclinaba en la base —sin que nosotros pudiéramos apreciarlo desde arriba—, pero, con un desagradable ruido blando que llegó hasta nosotros a través del aire caliente, la piedra cayó directamente sobre la cabeza del gatito, salpicando sus sesos por doquier. La gata negra lanzó una rápida mirada hacia arriba y vimos sus ojos, en los que ardía un fuego verde, fijarse un instante en Elias P. Hutcheson; seguidamente devolvió la atención a su cría, que yacía inmóvil salvo por un temblequeo en sus patitas, mientras que un hilo de sangre serpenteaba desde la cabeza abierta. Con un grito sofocado, como el que podría emitir un ser humano, la gata se inclinó sobre su cachorro y le lamió las heridas sin dejar de gemir. Pareció advertir de pronto que estaba muerto, y una vez más alzó la vista hacia nosotros. Nunca lo olvidaré, pues aquel animal parecía la mismísima encarnación del odio. Los verdes ojos le refulgían, y los dientes, blancos y afilados, parecían brillar entre la sangre que le manchaba la piel y los bigotes. Nos mostró los dientes y las uñas asomaron en toda su extensión en cada pata. A continuación se lanzó muro arriba en un intento desesperado por alcanzarnos, pero cuando se agotó su impulso cayó, lo que aún empeoró su ya horrible apariencia, pues fue a caer justo encima de la cría muerta, de donde se levantó con pegotes de sangre y sesos en la piel. Amelia a punto estuvo de desmayarse y yo hube de apartarla del muro. Había un banco cerca, a la sombra de un plátano, y la acomodé allí mientras se recomponía. Volví junto a Hutcheson, que permanecía inmóvil, mirando a la gata furiosa. Cuando estuve a su lado, él dijo:

—Vaya, creo que es la bestia más salvaje que he visto nunca, salvo aquella vez en que una squaw apache se empecinó en dar con un mestizo al que apodaban Astillas, después de que este le robara a su papoose durante una incursión a su poblado, como venganza por la muerte de su madre, a la que los indios habían torturado en la hoguera. Se le quedó fijada una mirada penetrante, como si siempre hubiera estado allí. Siguió el rastro a Astillas durante más de tres años, hasta que los bravos lo cogieron y se lo entregaron. Luego dijeron que nadie, ni blanco ni injun, había padecido una tortura más larga a manos de los apaches. La única vez que la vi sonreír fue cuando la liquidé. Llegué al campamento justo a tiempo de ver a Astillas pasar a mejor vida, cosa que no lamento. Era un tipo duro, y aunque yo no quise volver a tratar con él después de lo del papoose, porque aquello fue cosa fea, y porque se tendría que haber comportado como el hombre blanco que parecía ser, lo pagó con creces. Piense usted lo que quiera, pero cogí un trozo de la piel que le habían arrancado e hice fabricar con ella una cartera. ¡Aquí la llevo! —dijo dando una palmada al bolsillo del pecho de su chaqueta.

Mientras él hablaba, la gata insistía en sus frenéticos esfuerzos por trepar el muro. Retrocedía para cobrar carrerilla y se lanzaba hacia arriba, alcanzando a veces una altura increíble. No parecía importarle la dura caída que sufría cada vez sino que volvía a intentarlo con vigor renovado; y con cada golpe su aspecto se hacía más horrible. Hutcheson era un hombre de buen corazón —mi mujer y yo habíamos sido testigos de pequeñas muestras de bondad por su parte dirigidas tanto a animales como a personas— y parecía preocupado por la furia que embargaba a la gata.

—No cabe duda de que esa pobre bestia está desesperada —dijo—. Lo siento, lo siento, pobre animal, fue un accidente, aunque eso no te devolverá a tu cría. Lo juro. No lo habría hecho a propósito ni por un millar de dólares. Esto solo demuestra lo torpe y necio que puede llegar a ser alguien cuando no pretende más que divertirse. Parece que soy tan inútil que no puedo ni jugar con un gato. Dígame, coronel —era divertida su forma de conferir títulos gratuitamente—, espero que su esposa no me guarde rencor por este desagradable accidente. De ningún modo era mi intención que ocurriera.

Fue junto a Amelia y se deshizo en disculpas, y ella, con su amabilidad de costumbre, se apresuró a asegurarle que comprendía que había sido un accidente. Después todos volvimos junto al muro y miramos hacia abajo.

Habiendo perdido de vista a Hutcheson, la gata había retrocedido por el foso y estaba sentada sobre las ancas, si bien dispuesta a saltar. De hecho, brincó en cuanto lo vio, con una furia ciega e irracional que habría resultado grotesca de no ser tan real. No intentó trepar el muro sino que sencillamente se lanzó hacia arriba, donde estaba él, como si el enfado y la rabia pudieran prestarle alas que le permitieran salvar la distancia que los separaba. Amelia, de un modo muy femenino, se preocupó y dijo a Elias P. en tono admonitorio:

—Debe usted tener mucho cuidado. Si ese animal estuviera aquí trataría de matarlo. Tiene una mirada asesina.

Él se rio jovialmente.

—Disculpe, señora, pero no puedo evitar reírme. Alguien que ha luchado contra osos pardos e injuns no puede temer que lo mate un gato.

Cuando el felino lo oyó reír, su actitud cambió. Ya no intentó trepar el muro, sino que se quedó inmóvil; luego volvió a sentarse junto a la cría muerta y se puso a lamerla y acariciarla como si siguiera viva.

—¡Fijaos! —dije—. Ese es el efecto de un hombre fuerte. Incluso un animal presa de la rabia reconoce la voz de su señor y se inclina ante él.

—¡Como la squaw! —fue el único comentario de Elias P. Hutcheson cuando retomamos nuestro camino a lo largo del foso.

De cuando en cuando echábamos un vistazo sobre el muro y siempre nos encontrábamos con que la gata nos venía siguiendo. Al principio se alejaba de la cría muerta y luego volvía junto a ella, pero cuando nos alejamos más, la tomó en la boca para seguirnos. Al cabo de un rato, no obstante, vimos que nos seguía ella sola; había escondido el cuerpo en alguna parte. La persistencia de la gata hizo crecer la inquietud de Amelia, que varias veces repitió su advertencia, pero el estadounidense siempre respondía riéndose divertido, hasta que al final, viendo que ella estaba de veras preocupada, dijo:

—Le aseguro, señora, que no debe tener miedo de ese gato. Voy bien preparado. —Dio unas palmaditas a la pequeña pistola que llevaba oculta en la parte trasera de la cintura—. Si de veras está usted preocupada, le pego un tiro al animal, sin pensarlo, a riesgo de que la policía me ponga problemas por llevar un arma en contra de las normas. —Mientras hablaba, se inclinó sobre el muro, pero en cuanto lo vio la gata, esta retrocedió y se escondió en un cantero de flores altas—. Diría yo que ese bicho tiene más sentido común que la mayoría de cristianos. Me parece que no volveremos a verla. Seguro que volverá junto al gatito muerto y celebrará un funeral privado.

Amelia prefirió no decir más, no fuera que él, en una mal entendida muestra de generosidad, cumpliera su amenaza de disparar al gato. Seguimos adelante y atravesamos un pequeño puente de madera, del que partía un camino adoquinado y de acusada pendiente que unía el Burgo y la pentagonal Torre de Torturas. Mientras cruzábamos el puente volvimos a ver a la gata abajo. Cuando nos vio, su furia retornó, e hizo esfuerzos frenéticos por salvar la empinada pared. Hutcheson se rio y dijo:

—Adiós, chica. Siento haber herido tus sentimientos, pero lo superarás con el tiempo. Adiós.

Atravesamos a continuación un largo y oscuro pasaje abovedado y llegamos a la entrada del Burgo.

Cuando volvimos a salir tras nuestra visita a aquel bello y antiguo emplazamiento, que ni siquiera los bienintencionados esfuerzos de los restauradores góticos de hacía cuarenta años habían conseguido arruinar —aunque su labor era bien patente— casi habíamos olvidado el desagradable episodio de aquella mañana. El viejo limero de nudoso tronco con casi nueve siglos de antigüedad, el profundo pozo excavado en piedra viva por prisioneros, y la encantadora vista desde la muralla de la ciudad habían borrado de nuestras mentes el incidente del gatito muerto.

Fuimos los únicos visitantes de la Torre de Torturas aquella mañana, o al menos eso nos dijo el viejo guardés, y al tener el lugar para nosotros solos disfrutamos de una visita más detallada y satisfactoria de lo que habría sido posible en otro caso. El guardés, viéndonos como su única fuente de ganancias del día, estaba deseoso de satisfacer todos nuestros caprichos. La Torre de Torturas es un sitio muy lúgubre, incluso hoy en día, pese al torrente de vida aportado por los miles de visitantes y la alegría que conlleva; pero en la época de la que hablo conservaba toda su fealdad y espanto. El polvo de siglos cubría las superficies, y la oscuridad y los horribles recuerdos que albergaba eran perceptibles de un modo que habría satisfecho las almas panteístas de Filón o Spinoza. La cámara inferior, por donde entramos, se hallaba tomada por una oscuridad palpable, y la luz del sol que se coló por la puerta pareció desintegrarse contra los gruesos muros, mostrando apenas un atisbo de la cantería, en el mismo estado que cuando los constructores retiraron los andamios, salvo que tapizada de polvo y salpicada aquí y allí de unas manchas oscuras que, en caso de poder hablar, narrarían historias de pánico y suplicio. Nos alegramos de subir la polvorienta escalera de madera, mientras que el guardés mantenía abierta la puerta para proporcionarnos un poco de luz, ya que la vela vieja y maloliente que ardía en un candelera del muro era menos que insuficiente para nosotros. Cuando atravesamos la trampilla conducente a un rincón de la cámara superior, Amelia se pegó a mí con tanta fuerza que sentí los latidos de su corazón. Debo reconocer que no me extrañó que tuviera miedo, ya que aquella estancia era incluso más espantosa que la de abajo. Había más luz, pero apenas la suficiente para apreciar el horrible contenido del lugar. Saltaba a la vista la intención de los constructores de la torre de que solo aquellos que llegaran a su cima pudieran disfrutar de luz y vistas. Allí arriba, como habíamos visto desde fuera, había filas de ventanas, si bien de pequeñez medieval, mientras que el resto de la torre solo contaba con las estrechísimas saeteras características de las instalaciones defensivas del medievo. Unas pocas aberturas iluminaban la estancia, aunque situadas a tal altura que desde ningún sitio alcanzaba a verse el cielo. Dispuestas en bancos, o apoyadas en desorden contra los muros, había gran cantidad de espadas de cacique, enormes mandobles de hoja ancha y muy afilados. Junto a ellas se encontraban los tajos de madera donde antaño se apoyaban los cuellos de las víctimas, bloques heridos por mellas, allá donde el acero había atravesado la carne hasta morder la madera. Alrededor de la estancia, dejados de cualquier modo, había numerosos instrumentos de tortura, cuya visión hacía que el corazón se te encogiera: sillas erizadas de púas que causaban un dolor instantáneo e intolerable; sillas y sillones provistos de salientes romos y que, en apariencia, provocaban una tortura menor, aunque en realidad eran igual de eficaces, salvo que más lentos; potros, cinturones, botas, collarines, todos diseñados para ejercer presión a voluntad; cestas de acero dentro de las que podía comprimirse una cabeza, en caso de necesidad, hasta reducirla a pulpa; armas para vigilantes, provistas de un mango largo y una hoja curva y afilada en el extremo para infligir cortes a distancia, método habitual de la antigua policía de Núremberg; y muchos muchos otros instrumentos concebidos para que el hombre inflija daño a sus semejantes. Amelia empalideció ante semejante desfile de horrores pero no llegó a desmayarse, ya que cuando se empezó a marear buscó asiento en una silla de tortura de la que al instante se levantó con un chillido, perdida toda intención de perder el conocimiento. Hicimos parecer, ella y yo, que había sido el temor a que el polvo de la silla manchase el vestido, o a que las púas oxidadas lo dañaran, lo que la había hecho gritar, y el señor Hutcheson dio por buena la explicación con una risa generosa.

Pero la pieza principal de la cámara de los horrores era el artilugio conocido como la Virgen de Hierro, que ocupaba el centro de la sala. Tenía una tosca silueta femenina, de estilo acampanado, o, por hacer una comparación más cercana, como la silueta de la señora Noé en el arca, salvo que sin la cintura esbelta y la perfecta rondeur de caderas características de las representaciones de la familia de Noé. Podría haberse pasado por alto que pretendía reproducir una figura humana si quien la fabricó no la hubiera dotado en la parte delantera de un rudimentario rostro femenino. El exterior del artefacto estaba cubierto de óxido, y este a su vez de polvo; había una cuerda atada a una anilla en la parte frontal, situada aproximadamente donde debería estar la cintura, y la cuerda pasaba por una polea fijada al pilar de madera que sustentaba la solería superior. Al tirar de la cuerda, el guardés alzó el frontal y vimos que el artilugio se componía de dos piezas, unidas mediante bisagras laterales a semejanza de una puerta; vimos asimismo que era de un grosor considerable, disponiendo en su interior de apenas el espacio justo para alojar a una persona. La puerta tenía el mismo grosor y pesaba mucho, pues, pese a la ayuda de la polea, el guardés necesitó de todas sus fuerzas para levantarla. Una razón para que pesara tanto era que la puerta estaba diseñada para que no llegara a abrirse del todo, y así pudiera cerrarse por su propio peso en cuanto se soltara la cuerda. El interior estaba corroído por la herrumbre; pero no, no podía ser. La herrumbre fruto del tiempo no podría haber devorado en semejante medida, tan profundamente, las paredes de hierro. Solo cuando nos acercamos a examinar el lado interior de la puerta nos quedó manifiesta su intención. Había allí varias púas, robustas y de sección cuadrada, anchas en la base y afiladas en la punta, ubicadas de modo que, cuando la puerta se cerrase, las superiores perforaran los ojos de la víctima, y las inferiores el corazón y otros órganos vitales. La imagen fue excesiva para la pobre Amelia, y esta vez sí cayó desmayada, y hube de llevarla escaleras abajo y acomodarla en un banco de fuera para que se recuperara. La profundidad de la impresión sufrida quedó más delante de manifiesto por el hecho de que, a día de hoy, mi hijo mayor sigue teniendo una fea mancha de nacimiento en el pecho, con la forma, como toda la familia coincide, de la Virgen de Núremberg.

Cuando regresamos por fin a la sala encontramos a Hutcheson inmóvil frente a la Virgen de Hierro; saltaba a la vista que había estado filosofando, y compartió con nosotros sus conclusiones en forma de un breve exordio.

—Bueno, pues me parece que algo he aprendido aquí mientras la señora se recuperaba de su vahído. Creo que estamos muy atrasados a nuestro lado del charco. Pensábamos en las llanuras que los injuns podían enseñarnos alguna que otra cosa a la hora de hacérselo pasar mal a la gente, pero me temo que sus agentes de la ley y el orden medievales los derrotarían incluso con una mano atada a la espalda. Astillas se lo hizo pasar mal a la squaw, pero esta señorita que tenemos aquí le saca mucha ventaja a la hora de hacer sufrir al personal. Esas puntas siguen afiladas, aunque los extremos están carcomidos por lo que sea que las ensucie. Nuestra sección india haría bien en conseguir algunos juguetitos como este y repartirlos por las reservas para hacer entrar en vereda a los bravos, y también a las squaws, y enseñarles que la civilización del viejo continente les lleva ventaja hasta en la que es su especialidad. Me parece que voy a meterme en esta caja para ver qué se siente.

—¡No, no! —dijo Amelia—. ¡Es espantosa!

—Señora, no hay nada demasiado espantoso para un espíritu explorador. En mis tiempos estuve en algunos sitios de lo más raros. En el territorio de Montana pasé una noche entera dentro de un caballo muerto mientras la pradera ardía a mi alrededor, y dormí dentro del cadáver de un búfalo una vez que los comanches estaban en el sendero de guerra y no me apetecía cruzarme con ellos. Pasé dos días en un túnel de la mina de oro Bronco Billy en Nuevo México, y fui uno de los cuatro que quedaron encerrados las tres cuartas partes de un día en una cápsula sumergible que escoró mientras plantábamos los cimientos del puente Búfalo. No he dado la espalda a ninguna vivencia extraña, ¡y no pienso empezar ahora!

Comprendimos que estaba decidido a realizar el experimento.

—Bueno, dese prisa, amigo —dije—, y acabemos pronto con esto.

—Muy bien, general —dijo él—, pero creo que no estamos listos todavía. Los caballeros que me precedieron, los que estuvieron dentro de esa lata, no se ofrecieron voluntarios, ¡ni mucho menos! Así que imagino que habría algún ritual de inmovilización antes del gran final. Quiero hacer las cosas bien, así que antes me tienen que atar. Estoy seguro de que este buen amigo tiene alguna cuerda por ahí con la que me podrá inmovilizar como se tenía por costumbre.

Estas últimas palabras fueron dirigidas en tono de interrogación al viejo guardés, pero este, que comprendió a groso modo el discurso de nuestro compañero, aunque seguramente sin captar todas las particularidades dialectales y metafóricas, dijo que no con la cabeza. Su negativa, no obstante, fue solo de carácter formal, y efectuada para ser vencida. El estadounidense le plantó una moneda de oro en la mano diciendo:

—¡Aquí tienes, muchacho! Te llevas un buen pellizco, así que no te andes con remilgos. ¡No te pido nada demasiado estiloso!

El guardés encontró una cuerda delgada y deshilachada y procedió a maniatar a nuestro acompañante con toda la rigurosidad que exigía el fin. Una vez que tuvo las manos inmovilizadas, Hutcheson dijo:

—Espere usted un momento, juez. Me temo que peso demasiado para que cargue conmigo y me meta en esa lata. Deje que yo me meta dentro y luego termine usted de atarme las piernas.

Mientras hablaba se introdujo de espaldas en la cavidad, que era apenas lo bastante amplia como para acogerlo. Entró muy justo; el artefacto estaba bien diseñado. Amelia lo miraba asustada pero se contenía de decir nada. El guardés concluyó la labor atando los pies del estadounidense, de manera que este quedó completamente indefenso y encajado en su prisión voluntaria. Nuestro acompañante estaba disfrutando de veras, y su siempre incipiente sonrisa se ensanchó al decir:

—Me parece a mí que a esta Eva la crearon a partir de la costilla de un enano. Apenas hay sitio dentro para un ciudadano de los Estados Unidos adulto. Los ataúdes que hacemos en el territorio de Idaho son más espaciosos. Y ahora, juez, empiece a cerrar la puerta despacio. Quiero sentir el mismo placer que los condenados cuando esas púas se les acercaban a los ojos.

—¡No, no, no! —estalló Amelia, histérica—. ¡Es demasiado horrible! ¡No puedo verlo! ¡No puedo!

Pero el estadounidense era terco.

—Coronel —me dijo—, ¿por qué no lleva a la señora a dar un paseíto? No quisiera yo herir sus sentimientos por nada del mundo, pero ya que he llegado aquí, al cabo de ocho mil millas, no me gustaría tener que renunciar a la experiencia por la que tanto he esperado y por la que acabo de pagar. Un hombre no tiene muchas oportunidades para sentirse como una sardina enlatada. El juez y yo acabaremos enseguida y luego ustedes podrán volver y todos nos reiremos.

Una vez más, triunfó el convencimiento nacido de la curiosidad, y Amelia me aferró el brazo, temblorosa, mientras el guardés empezaba a largar lentamente, pulgada a pulgada, la cuerda que sostenía la puerta de hierro. Hutcheson estaba entusiasmado, no despegaba los ojos de las púas que se acercaban a él.

—¡Vaya! —dijo—. Me parece que no me lo había pasado tan bien desde que salí de Nueva York. Menos por una pelea con un marinero francés en Wapping, y aquello no fue precisamente gran cosa, no he tenido ni un buen momento en este podrido continente, donde no hay osos ni indios y los hombres no van armados. ¡Más despacio, juez! ¡No te des prisa! ¡Quiero un buen espectáculo a cambio de mi dinero!

Por las venas del guardés debía de correr la misma sangre que por las de quienes lo precedieron en aquella torre escalofriante, porque manejaba el artefacto con una parsimonia tan premeditada e insoportable que al cabo de cinco minutos la puerta apenas se había cerrado unas pulgadas; aquella lentitud afectó a Amelia. Vi cómo los labios se le ponían blancos y sentí que cargaba el peso de su cuerpo sobre mi brazo. Eché un rápido vistazo alrededor en busca de un sitio donde pudiera sentarse, y cuando volví a mirarla me encontré con que tenía la vista clavada en un lateral de la Virgen. Siguiendo la dirección de su mirada descubrí a la gata agazapada en la media luz. Los ojos verdes brillaban como linternas en la penumbra del lugar, y su color se veía realzado por la sangre que aún le manchaba la piel y la boca.

—¡La gata! ¡Cuidado con la gata! —exclamé cuando el felino se plantó de un salto frente al artilugio. Parecía un demonio triunfante. Los ojos le resplandecían de furia, el pelaje erizado le hacía parecer el doble de su tamaño y oscilaba la cola igual que el tigre frente a su presa. A Elias P. Hutcheson le hizo gracia verla, y dijo alegremente:

—¡Maldita sea! ¡Pero si la squaw se ha puesto sus pinturas de guerra! Libraos de ella si intenta algún truco, porque aquí el jefe me ha atado tan bien que si el animal trata de sacarme los ojos yo no podré hacer nada. ¡Tranquilo, juez! ¡No sueltes la cuerda o estoy vendido!

Amelia terminó por desmayarse y yo hube de sostenerla por la cintura para que no se desplomara en el suelo. Mientras me ocupaba de ella vi que la gata se disponía a saltar y me abalancé a espantarla.

Pero, con un aullido diabólico, se lanzó, no como esperábamos sobre Hutcheson, sino directa a la cara del guardés. Las uñas le asomaban, tan amenazadoras como las de los dragones rampantes de los dibujos chinos, y pude ver cómo una se hundía en uno de los ojos del pobre hombre y lo desgarraba, y continuaba cortando mejilla abajo, abriendo un ancho surco rojo del que manó la sangre como si allí convergieran todas las venas del cuerpo.

Con un grito de pánico previo incluso a la aparición del dolor, el hombre retrocedió de un salto, soltando la cuerda que sujetaba la puerta de hierro. Me lancé a por ella, pero demasiado tarde; la cuerda corrió como un rayo por la garganta de la polea, y la pesada puerta cayó por su propio peso.

Antes de que se cerrara tuve un último atisbo de nuestro pobre acompañante. Parecía petrificado de terror. Tenía la mirada fija, presa de una angustia horrible, y ningún sonido salía de su boca.

Y las púas cumplieron su cometido. Al menos su final fue rápido; cuando tiré de la puerta para abrirla vi que se habían quedado trabadas en el cráneo después de atravesarlo, y al levantarse alzaron con ellas el cuerpo, extrayéndolo de la prisión de hierro, tras lo que cayó al suelo cuan largo era con un desagradable sonido blando y el rostro hacia arriba.

Corrí junto a mi mujer, la levanté y la saqué de allí, temiendo por su cordura en caso de que despertara y se encontrara con semejante escena. La tendí en un banco del exterior y corrí de regreso adentro. Apoyado contra la columna de madera, el guardés gemía de dolor y sostenía un pañuelo ensangrentado contra los ojos. Y sentada sobre la cabeza del pobre estadounidense se hallaba la gata, ronroneando mientras lamía la sangre que brotaba de las laceradas cuencas de los ojos.

Supongo que nadie me acusará de crueldad por haber empuñado uno de los viejos mandobles y cortado al animal en dos.

FRUITS BASKET (PRIMERA TEMPORADA)

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Hoy, quiero traeros una serie de anime que he encontrado por casualidad y que ha sido una pequeña y muy grata sorpresa: fruits basket.

En ella se nos cuenta como tras una tragedia familiar la estudiante Tohru Honda se va a vivir a una tienda de campaña, con la relativa mala suerte de que se establece en un terreno perteneciente al clan Sohma, un misterioso clan cuyos miembros se transforman en animales del horóscopo chino, y como tras un tiempo allí instalada Honda será descubierta por dos de los miembros del clan que la acogerán en su casa.

Como ya he dicho un poco más arriba, esta serie la he encontrado un poco por casualidad y, bueno decidí empezarla por ver qué tal, y la verdad es que me ha gustado bastante, lo cual es una sorpresa, ya que esta serie está catalogada como Shojo, es decir va enfocada a un público femenino, y las series de anime que suelen gustarme habitualmente son shonen (enfocadas a público masculino)

En este aspecto creo que influye que la serie es una comedia con tintes fantásticos, algo que puede verse en la relación entre los propios miembros del clan (claro ejemplo son Shigure y Ayane) la relación del clan con Honda o el hecho de que bajo ciertas circunstancias algunos miembros de la familia se transforman en animales, aparte de los dramas personales de cada personaje.

En este caso creo que la serie es bastante recomendable como serie para pasar un rato agradable, desconectar y relajarse un rato.

LA CRUZ DEL DIABLO (GUSTAVO ADOLFO BECQUER)

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Que lo crea o no, me importa bien poco.

Mi abuelo se lo narró a mi padre;

Mi padre me lo ha referido a mí,

Y yo te lo cuento ahora,

Siquiera no sea más que por pasar el rato.

I

El crepúsculo comenzaba a extender sus ligeras alas de vapor sobre las pintorescas orillas del Segre, cuando después de una fatigosa jornada llegamos a Bellver, término de nuestro viaje.

Bellver es una pequeña población situada a la falda de una colina, por detrás de la cual se ven elevarse, como las gradas de un colosal anfiteatro de granito, las empinadas y nebulosas crestas de los Pirineos.

Los blancos caseríos que la rodean, salpicados aquí y allá sobre una ondulante sábana de verdura, parecen a lo lejos un bando de palomas que han abatido su vuelo para apagar su sed en las aguas de la ribera.

Una pelada roca, a cuyos pies tuercen éstas su curso, y sobre cuya cima se notan aún remotos vestigios de construcción, señala la antigua línea divisoria entre el condado de Urgel y el más importante de sus feudos.

A la derecha del tortuoso sendero que conduce a este punto, remontando la corriente del río y siguiendo sus curvas y frondosos márgenes, se encuentra una cruz.

El asta y los brazos son de hierro; la redonda base en que se apoya, de mármol, y la escalinata que a ella conduce, de oscuros y mal unidos fragmentos de sillería.

La destructora acción de los años, que ha cubierto de orín el metal, ha roto y carcomido la piedra de este monumento, entre cuyas hendiduras crecen algunas plantas trepadoras que suben enredándose hasta coronarlo, mientras una vieja y corpulenta encina le sirve de dosel.

Yo había adelantado algunos minutos a mis compañeros de viaje, y deteniendo mi escuálida cabalgadura, contemplaba en silencio aquella cruz, muda y sencilla expresión de las creencias y la piedad de otros siglos.

Un mundo de ideas se agolpó a mi imaginación en aquel instante. Ideas ligerísimas, sin forma determinada, que unían entre sí, como un invisible hilo de luz, la profunda soledad de aquellos lugares, el alto silencio de la naciente noche y la vaga melancolía de mi espíritu.

Impulsado de un pensamiento religioso, espontáneo e indefinible, eché maquinalmente pie a tierra, me descubrí, y comencé a buscar en el fondo de mi memoria una de aquellas oraciones que me enseñaron cuando niño; una de aquellas oraciones, que cuando más tarde se escapan involuntarias de nuestros labios, parece que aligeran el pecho oprimido, y semejantes a las lágrimas, alivian el dolor, que también toma estas formas para evaporarse.

Ya había comenzado a murmurarla, cuando de improviso sentí que me sacudían con violencia por los hombros.

Volví la cara: un hombre estaba al lado mío.

Era uno de nuestros guías natural del país, el cual, con una indescriptible expresión de terror pintada en el rostro, pugnaba por arrastrarme consigo y cubrir mi cabeza con el fieltro que aún tenía en mis manos.

Mi primera mirada, mitad de asombro, mitad de cólera, equivalía a una interrogación enérgica, aunque muda.

El pobre hombre sin cejar en su empeño de alejarme de aquel sitio, contestó a ella con estas palabras, que entonces no pude comprender, pero en las que había un acento de verdad que me sobrecogió: —¡Por la memoria de su madre! ¡Por lo más sagrado que tenga en el mundo, señorito, cúbrase usted la cabeza y aléjese más que deprisa de esta cruz! ¡Tan desesperado está usted que, no bastándole la ayuda de Dios, recurre a la del demonio!

Yo permanecí un rato mirándole en silencio. Francamente, creí que estaba loco; pero él prosiguió con igual vehemencia:

—Usted busca la frontera; pues bien, si delante de esa cruz le pide usted al cielo que le preste ayuda, las cumbres de los montes vecinos se levantarán en una sola noche hasta las estrellas invisibles, sólo porque no encontremos la raya en toda nuestra vida.

Yo no puedo menos de sonreírme.

—¿Se burla usted?… ¿Cree acaso que esa es una cruz santa como la del porche de nuestra iglesia?…

—¿Quién lo duda?

—Pues se engaña usted de medio a medio; porque esa cruz, salvo lo que tiene de Dios, está maldita… esa cruz pertenece a un espíritu maligno, y por eso le llaman La cruz del diablo.

—¡La cruz del diablo! —repetí cediendo a sus instancias, sin darme cuenta a mí mismo del involuntario temor que comenzó a apoderarse de mi espíritu, y que me rechazaba como una fuerza desconocida de aquel lugar—. ¡La cruz del diablo! ¡Nunca ha herido mi imaginación una amalgama más disparatada de dos ideas tan absolutamente enemigas!… ¡Una cruz… y del diablo! ¡Vaya, vaya! Fuerza será que en llegando a la población me expliques este monstruoso absurdo.

Durante este corto diálogo, nuestros camaradas, que habían picado sus cabalgaduras, se nos reunieron al pie de la cruz; yo les expliqué en breves palabras lo que acababa de suceder; monté nuevamente en mi rocín, y las campanas de la parroquia llamaban lentamente a la oración, cuando nos apeamos en el más escondido y lóbrego de los paradores de Bellver.

II

Las llamas rojas y azules se enroscaban chisporroteando a lo largo del grueso tronco de encina que ardía en el ancho hogar; nuestras sombras, que se proyectaban temblando sobre los ennegrecidos muros, se empequeñecían o tomaban formas gigantescas, según la hoguera despedía resplandores más o menos brillantes; el vaso de saúco, ora vacío, ora lleno, y no de agua, como cangilón de noria, había dado tres veces la vuelta en derredor del círculo que formábamos junto al fuego, y todos esperaban con impaciencia la historia de La cruz del diablo, que a guisa de postres de la frugal cena que acabábamos de consumir se nos había prometido, cuando nuestro guía tosió por dos veces, se echó al coleto un último trago de vino, limpiose con el revés de la mano la boca, y comenzó de este modo:

LA CRUZ DEL DIABLO

Hace mucho tiempo, mucho tiempo, yo no sé cuánto, pero los moros ocupaban aún la mayor parte de España, se llamaban condes nuestros reyes, y las villas y aldeas pertenecían en feudo a ciertos señores, que a su vez prestaban homenaje a otros más poderosos, cuando acaeció lo que voy a referir a ustedes.

Concluida esta breve introducción histórica, el héroe de la fiesta guardó silencio durante algunos segundos como para coordinar sus recuerdos, y prosiguió así:

—Pues es el caso que, en aquel tiempo remoto, esta villa y algunas otras formaban parte del patrimonio de un noble barón, cuyo castillo señorial se levantó por muchos siglos sobre la cresta de un peñasco que baña el Segre, del cual toma su nombre.

Aún testifican la verdad de mi relación algunas informes ruinas que, cubiertas de jaramago y musgo, se alcanzan a ver sobre su cumbre desde el camino que conduce a este pueblo.

No sé si por ventura o desgracia quiso la suerte que este señor, a quien por su crueldad detestaban sus vasallos, y por sus malas cualidades ni el rey admitía en su corte, ni sus vecinos en el hogar, se aburriese de vivir solo con su mal humor y sus ballesteros en lo alto de la roca en que sus antepasados colgaron su nido de piedra.

Devanábase noche y día los sesos en busca de alguna distracción propia de su carácter, lo cual era bastante difícil después de haberse cansado, como ya lo estaba, de mover guerra a sus vecinos, apalear a sus servidores y ahorcar a sus súbditos.

En esta ocasión cuentan las crónicas que se le ocurrió, aunque sin ejemplar, una idea feliz.

Sabiendo que los cristianos de otras poderosas naciones se aprestaban a partir juntos en una formidable armada a un país maravilloso para conquistar el sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo, que los moros tenían en su poder, se determinó a marchar en su seguimiento.

Si realizó esta idea con objeto de purgar sus culpas, que no eran pocas, derramando su sangre en tan justa empresa, o con el de trasplantarse a un punto donde sus malas mañas no se conociesen, se ignora; pero la verdad del caso es que, con gran contentamiento de grandes y chicos, de vasallos y de iguales, allegó cuánto dinero pudo, redimió a sus pueblos del señorío, mediante una gruesa cantidad, y no conservando de propiedad suya más que el peñón del Segre y las cuatro torres del castillo, herencia de sus padres, desapareció de la noche a la mañana.

La comarca entera respiró en libertad durante algún tiempo, como si despertara de una pesadilla.

Ya no colgaban de sus sotos, en vez de frutas, racimos de hombres; las muchachas del pueblo no temían al salir con su cántaro en la cabeza a tomar agua de la fuente del camino, ni los pastores llevaban sus rebaños al Segre por sendas impracticables y ocultas, temblando encontrar a cada revuelta de la trocha a los ballesteros de su muy amado señor.

Así transcurrió el espacio de tres años; la historia delmal caballero, que sólo por este nombre se le conocía, comenzaba a pertenecer al exclusivo dominio de las viejas, que en las eternas veladas del invierno las relataban con voz hueca y temerosa a los asombrados chicos; las madres asustaban a los pequeñuelos incorregibles o llorones diciéndoles: ¡que viene el señor del Segre!, cuando he aquí que no sé si un día o una noche, si caído del cielo o abortado de los profundos, el temido señor apareció efectivamente, y como suele decirse, en carne y hueso, en mitad de sus antiguos vasallos.

Renuncio a describir el efecto de esta agradable sorpresa. Ustedes se lo podrán figurar mejor que yo pintarlo, sólo con decirles que tornaba reclamando sus vendidos derechos, que si malo se fue, peor volvió; y si pobre y sin crédito se encontraba antes de partir a la guerra; ya no podía contar con más recursos que su despreocupación, su lanza y una media docena de aventureros tan desalmados y perdidos como su jefe.

Como era natural, los pueblos se resistieron a pagar tributos que a tanta costa habían redimido; pero el señor puso fuego a sus heredades, a sus alquerías y a sus mieses.

Entonces apelaron a la justicia del rey; pero el señor se burló de las cartas-leyes de los condes soberanos; las clavó en el postigo de sus torres, y colgó a los farautes de una encina.

Exasperados y no encontrando otra vía de salvación, por último, se pusieron de acuerdo entre sí, se encomendaron a la Divina Providencia y tomaron las armas; pero el señor llamó a sus secuaces, llamó en su ayuda al diablo, se encaramó a su roca y se preparó a la lucha.

Ésta comenzó terrible y sangrienta. Se peleaba con todas armas, en todos sitios y a todas horas, con la espada y el fuego, en la montaña y en la llanura, en el día y durante la noche.

Aquello no era pelear para vivir; era vivir para pelear.

Al cabo triunfó la causa de la justicia. Oigan ustedes cómo.

Una noche oscura, muy oscura, en que no se oía ni un rumor en la tierra ni brillaba un solo astro en el cielo, los señores de la fortaleza, engreídos por una reciente victoria, se repartían el botín, y ebrios con el vapor de los licores, en mitad de la loca y estruendosa orgía, entonaban sacrílegos cantares en loor de su infernal patrono.

Como dejo dicho, nada se oía en derredor del castillo, excepto el eco de las blasfemias, que palpitaban perdidas en el sombrío seno de la noche, como palpitan las almas de los condenados envueltas en los pliegues del huracán de los infiernos.

Ya los descuidados centinelas habían fijado algunas veces sus ojos en la villa que reposaba silenciosa, y se habían dormido sin temor a una sorpresa, apoyados en el grueso tronco de sus lanzas, cuando he aquí que algunos aldeanos, resueltos a morir y protegidos por la sombra, comenzaron a escalar el cubierto peñón del Segre, a cuya cima tocaron a punto de la media noche.

Una vez en la cima, lo que faltaba por hacer fue obra de poco tiempo: los centinelas salvaron de un solo salto el valladar que separa el sueño de la muerte; el fuego, aplicado con teas de resina al puente y al rastrillo, se comunicó con la rapidez del relámpago a los muros; y los escaladores, favorecidos por la confusión y abriéndose paso entre las llamas, dieron fin con los habitantes de aquella guarida en un abrir y cerrar de ojos.

Todos perecieron.

Cuando el cercano día comenzó a blanquear las altas copas de los enebros, humeaban aún los calcinados escombros de las desplomadas torres; y a través de sus anchas brechas, chispeando al herirla la luz y colgada de uno de los negros pilares de la sala del festín, era fácil divisar la armadura del temido jefe, cuyo cadáver, cubierto de sangre y polvo, yacía entre los desgarrados tapices y las calientes cenizas, confundido con los de sus oscuros compañeros.

El tiempo pasó; comenzaron los zarzales a rastrear por los desiertos patios, la hiedra a enredarse en los oscuros machones, y las campanillas azules a mecerse colgadas de las mismas almenas. Los desiguales soplos de la brisa, el graznido de las aves nocturnas y el rumor de los reptiles, que se deslizaban entre las altas hierbas, turbaban sólo de vez en cuando el silencio de muerte de aquel lugar maldecido; los insepultos huesos de sus antiguos moradores blanqueaban el rayo de la luna, y aún podía verse el haz de armas del señor del Segre, colgado del negro pilar de la sala del festín.

Nadie osaba tocarle; pero corrían mil fábulas acerca de aquel objeto, causa incesante de hablillas y terrores para los que le miraban llamear durante el día, herido por la luz del sol, o creían percibir en las altas horas de la noche el metálico son de sus piezas, que chocaban entre sí cuando las movía el viento, con un gemido prolongado y triste.

A pesar de todos los cuentos que a propósito de la armadura se fraguaron, y que en voz baja se repetían unos a otros los habitantes de los alrededores, no pasaban de cuentos, y el único más positivo que de ellos resultó, se redujo entonces a una dosis de miedo más que regular, que cada uno de por sí se esforzaba en disimular lo posible, haciendo, como decirse suele, de tripas corazón.

Si de aquí no hubiera pasado la cosa, nada se habría perdido. Pero el diablo, que a lo que parece no se encontraba satisfecho de su obra, sin duda con el permiso de Dios y a fin de hacer purgar a la comarca algunas culpas, volvió a tomar cartas en el asunto.

Desde este momento las fábulas, que hasta aquella época no pasaron de un rumor vago y sin viso alguno de verosimilitud, comenzaron a tomar consistencia y a hacerse de día en día más probables.

En efecto, hacía algunas noches que todo el pueblo había podido observar un extraño fenómeno.

Entre las sombras, a lo lejos, ya subiendo las retorcidas cuestas del peñón del Segre, ya vagando entre las ruinas del castillo, ya cerniéndose al parecer en los aires, se veían correr, cruzarse, esconderse y tornar a aparecer para alejarse en distintas direcciones, unas luces misteriosas y fantásticas, cuya procedencia nadie sabía explicar.

Esto se repitió por tres o cuatro noches durante el intervalo de un mes, y los confusos aldeanos esperaban inquietos el resultado de aquellos conciliábulos, que ciertamente no se hizo aguardar mucho, cuando tres o cuatro alquerías incendiadas, varias reses desaparecidas y los cadáveres de algunos caminantes despeñados en los precipicios, pusieron en alarma a todo el territorio en diez leguas a la redonda.

Ya no quedó duda alguna. Una banda de malhechores se albergaba en los subterráneos del castillo.

Éstos, que sólo se presentaban al principio muy de tarde en tarde y en determinados puntos del bosque que aun en el día se dilata a lo largo de la ribera, concluyeron por ocupar casi todos los desfiladeros de las montañas, emboscarse en los caminos, saquear los valles y descender como un torrente a la llanura, donde a éste quiero, a éste no quiero, no dejaban títere con cabeza.

Los asesinatos se multiplicaban; las muchachas desaparecían, y los niños eran arrancados de las cunas a pesar de los lamentos de sus madres, para servirlos en diabólicos festines, en que, según la creencia general, los vasos sagrados sustraídos de las profanadas iglesias servían de copas.

El terror llegó a apoderarse de los ánimos en un grado tal, que al toque de oraciones nadie se aventuraba a salir de su casa, en la que no siempre se creían seguros de los bandidos del peñón.

Mas ¿quiénes eran éstos? ¿De dónde habían venido? ¿Cuál era el nombre de su misterioso jefe? He aquí el enigma que todos querían explicar y que nadie podía resolver hasta entonces, aunque se observase desde luego que la armadura del señor feudal había desaparecido del sitio que antes ocupara, y posteriormente varios labradores hubiesen afirmado que el capitán de aquella desalmada gavilla marchaba a su frente cubierto con una que, de no ser la misma, se le asemejaba en un todo.

Cuanto queda repetido, si se le despoja de esa parte de fantasía con que el miedo abulta y completa sus creaciones favoritas, nada tiene en sí de sobrenatural y extraño.

¿Qué cosa más corriente en unos bandidos que las ferocidades con que éstos se distinguían, ni más natural que el apoderarse su jefe de las abandonadas armas del señor del Segre?

Sin embargo, algunas revelaciones hechas antes de morir por uno de sus secuaces, prisionero en las últimas refriegas, acabaron de colmar la medida, preocupando el ánimo de los más incrédulos. Poco más o menos, el contenido de su confusión fue éste:

—Yo —dijo— pertenezco a una noble familia. Los extravíos de mi juventud, mis locas prodigalidades y mis crímenes por último, atrajeron sobre mi cabeza la cólera de mis deudos y la maldición de mi padre, que me desheredó al expirar. Hallándome solo y sin recursos de ninguna especie, el diablo sin duda debió sugerirme la idea de reunir algunos jóvenes que se encontraban en una situación idéntica a la mía, los cuales seducidos con la promesa de un porvenir de disipación, libertad y abundancia, no vacilaron un instante en suscribir a mis designios.

Éstos se reducían a formar una banda de jóvenes de buen humor, despreocupados y poco temerosos del peligro, que desde allí en adelante vivirían alegremente del producto de su valor y a costa del país, hasta tanto que Dios se sirviera disponer de cada uno de ellos conforme a su voluntad, según hoy a mí me sucede.

Con este objeto señalamos esta comarca para teatro de nuestras expediciones futuras, y escogimos como punto el más a propósito para nuestras reuniones el abandonado castillo del Segre, lugar seguro no tanto por su posición fuerte y ventajosa, como por hallarse defendido contra el vulgo por las supersticiones y el miedo.

Congregados una noche bajo sus ruinosas arcadas, alrededor de una hoguera que iluminaba con su rojizo resplandor las desiertas galerías, trabose una acalorada disputa sobre cuál de nosotros había de ser elegido jefe.

Cada uno alegó sus méritos; yo expuse mis derechos; ya los unos murmuraban entre sí con ojeadas amenazadoras; ya los otros, con voces descompuestas por la embriaguez, habían puesto la mano sobre el pomo de sus puñales para dirimir la cuestión, cuando de repente oímos un extraño crujir de armas, acompañado de pisadas huecas y sonantes, que de cada vez se hacían más distintas. Todos arrojamos a nuestro alrededor una inquieta mirada de desconfianza; nos pusimos de pie y desnudamos nuestros aceros, determinados a vender caras las vidas; pero no pudimos por menos de permanecer inmóviles al ver adelantarse con paso firme e igual un hombre de elevada estatura completamente armado de la cabeza al pie y cubierto el rostro con la visera del casco, el cual, desnudando su montante, que dos hombres podrían apenas manejar, y poniéndole sobre uno de los carcomidos fragmentos de las rotas arcadas, exclamó con voz hueca y profunda, semejante al rumor de una caída de aguas subterráneas:

—Si alguno de vosotros se atreve a ser el primero mientras yo habite en el castillo del Segre, que tome esa espada, signo del poder.

Todos guardamos silencio, hasta que, transcurrido el primer momento de estupor, le proclamamos a grandes voces nuestro capitán, ofreciéndole una copa de nuestro vino, la cual rehusó por señas, acaso por no descubrir la faz, que en vano procuramos distinguir a través de las rejillas de hierro que la ocultaban a nuestros ojos.

No obstante, aquella noche pronunciamos el más formidable de los juramentos, y a la siguiente dieron principio nuestras nocturnas correrías. En ella nuestro misterioso jefe marchaba siempre delante de todos. Ni el fuego le ataja, ni los peligros le intimidan, ni las lágrimas le conmueven. Nunca despliega sus labios; pero cuando la sangre humea en nuestras manos, como cuando los templos se derrumban calcinados por las llamas; cuando las mujeres huyen espantadas entre las ruinas, y los niños arrojan gritos de dolor, y los ancianos perecen a nuestros golpes, contesta con una carcajada de feroz alegría a los gemidos, a las imprecaciones y a los lamentos.

Jamás se desnuda de sus armas ni abate la visera de su casco después de la victoria, ni participa del festín, ni se entrega al sueño. Las espadas que le hieren se hunden entre las piezas de su armadura, y ni le causan la muerte, ni se retiran teñidas en sangre; el fuego enrojece su espaldar y su cota, y aún prosigue impávido entre las llamas, buscando nuevas víctimas; desprecia el oro, aborrece la hermosura, y no le inquieta la ambición.

Entre nosotros, unos le creen un extravagante; otros un noble arruinado, que por un resto de pudor se tapa la cara; y no falta quien se encuentra convencido de que es el mismo diablo en persona.

El autor de esas revelaciones murió con la sonrisa de la mofa en los labios y sin arrepentirse de sus culpas; varios de sus iguales le siguieron en diversas épocas al suplicio; pero el temible jefe a quien continuamente se unían nuevos prosélitos, no cesaba en sus desastrosas empresas.

Los infelices habitantes de la comarca, cada vez más aburridos y desesperados, no acertaban ya con la determinación que debería tomarse para concluir de un todo con aquel orden de cosas, cada día más insoportable y triste. Inmediato a la villa, y oculto en el fondo de un espeso bosque, vivía a esta sazón, en una pequeña ermita dedicada a San Bartolomé, un santo hombre de costumbres piadosas y ejemplares, a quien el pueblo tuvo siempre en olor de santidad, merced a sus saludables consejos y acertadas predicciones.

Este venerable ermitaño, a cuya prudencia y proverbial sabiduría encomendaron los vecinos de Bellver la resolución de este difícil problema, después de implorar la misericordia divina por medio de su santo Patrono, que, como ustedes no ignoran, conoce al diablo muy de cerca y en más de una ocasión le ha atado bien corto, les aconsejó que se emboscasen durante la noche al pie del pedregoso camino que sube serpenteando por la roca; en cuya cima se encontraba el castillo, encargándoles al mismo tiempo que, ya allí, no hiciesen uso de otras armas para aprehenderlo que de una maravillosa oración que les hizo aprender de memoria, y con la cual aseguraban las crónicas que San Bartolomé había hecho al diablo su prisionero.

Púsose en planta el proyecto, y su resultado excedió a cuantas esperanzas se habían concebido; pues aún no iluminaba el sol del otro día la alta torre de Bellver, cuando sus habitantes, reunidos en grupos en la plaza Mayor, se contaban unos a otros, con aire de misterio, cómo aquella noche, fuertemente atado de pies y manos y a lomos de una poderosa mula, había entrado en la población el famoso capitán de los bandidos del Segre.

De qué arte se valieron los acometedores de esta empresa para llevarla a término, ni nadie se lo acertaba a explicar, ni ellos mismos podían decirlo; pero el hecho era que gracias a la oración del santo o al valor de sus devotos, la cosa había sucedido tal como se refería.

Apenas la novedad comenzó a extenderse de boca en boca y de casa en casa, la multitud se lanzó a las calles con ruidosa algazara y corrió a reunirse a las puertas de la prisión. La campana de la parroquia llamó a concejo, y los vecinos más respetables se juntaron en capítulo, y todos aguardaban ansiosos la hora en que el reo había de comparecer ante sus improvisados jueces.

Éstos, que se encontraban autorizados por los condes de Urgel para administrarse por sí mismos pronta y severa justicia sobre aquellos malhechores, deliberaron un momento, pasado el cual, mandaron comparecer al delincuente a fin de notificarle su sentencia.

Como dejo dicho, así en la plaza Mayor, como en las calles por donde el prisionero debía atravesar para dirigirse al punto en que sus jueces se encontraban, la impaciente multitud hervía como un apiñado enjambre de abejas. Especialmente en la puerta de la cárcel, la conmoción popular tomaba cada vez mayores proporciones; ya los animados diálogos, los sordos murmullos y los amenazadores gritos comenzaban a poner en cuidado a sus guardas, cuando afortunadamente llegó la orden de sacar al reo.

Al aparecer éste bajo el macizo arco de la portada de su prisión, completamente vestido de todas armas y cubierto el rostro por la visera, un sordo y prolongado murmullo de admiración y de sorpresa se elevó de entre las compactas masas del pueblo, que se abrían con dificultad para dejarle paso.

Todos habían reconocido en aquella armadura la del señor del Segre: aquella armadura, objeto de las más sombrías tradiciones mientras se la vio suspendida de los arruinados muros de la fortaleza maldita.

Las armas eran aquéllas, no cabía duda alguna: todos habían visto flotar el negro penacho de su cimera en los combates que en un tiempo trabaran contra su señor; todos le habían visto agitarse al soplo de la brisa del crepúsculo, a par de la hiedra del calcinado pilar en que quedaron colgadas a la muerte de su dueño. Mas ¿quién podría ser el desconocido personaje que entonces las llevaba? Pronto iba a saberse, al menos así se creía. Los sucesos dirán cómo esta esperanza quedó frustrada, a la manera de otras muchas, y por qué de este solemne acto de justicia, del que debía aguardarse el completo esclarecimiento de la verdad, resultaron nuevas y más inexplicables confusiones.

El misterioso bandido penetró al fin en la sala del concejo, y un silencio profundo sucedió a los rumores que se elevaran de entre los circunstantes, al oír resonar bajo las altas bóvedas de aquel recinto el metálico son de sus acicates de oro. Uno de los que componían el tribunal, con voz lenta e insegura, le preguntó su nombre, y todos prestaron el oído con ansiedad para no perder una sola palabra de su respuesta; pero el guerrero se limitó a encoger sus hombros ligeramente, con un aire de desprecio e insulto que no pudo menos de irritar a sus jueces, los que se miraron entre sí sorprendidos.

Tres veces volvió a repetirle la pregunta, y otras tantas obtuvo semejante o parecida contestación.

—¡Que se levante la visera! ¡Que se descubra! ¡Que se descubra!—comenzaron a gritar los vecinos de la villa presentes al acto—. ¡Que se descubra! Veremos si se atreve entonces a insultarnos con su desdén, como ahora lo hace protegido por el incógnito!

—Descubríos —repitió el mismo que anteriormente le dirigiera la palabra.

El guerrero permaneció impasible.

—Os lo mando en el nombre de nuestra autoridad.

La misma contestación.

—En el de los condes soberanos.

Ni por esas.

La indignación llegó a su colmo, hasta el punto que uno de sus guardas, lanzándose sobre el reo, cuya pertinacia en callar bastaría para apurar la paciencia a un santo, le abrió violentamente la visera. Un grito general de sorpresa se escapó del auditorio, que permaneció por un instante herido de un inconcebible estupor.

La cosa no era para menos.

El casco, cuya férrea visera se veía en parte levantada hasta la frente, en parte caída sobre la brillante gola de acero, estaba vacío… completamente vacío.

Cuando pasado ya el primer momento de terror quisieron tocarle, la armadura se estremeció ligeramente y, descomponiéndose en piezas, cayó al suelo con un ruido sordo y extraño.

La mayor parte de los espectadores, a la vista del nuevo prodigio, abandonaron tumultuosamente la habitación y salieron despavoridos a la plaza.

La nueva se divulgó con la rapidez del pensamiento entre la multitud, que aguardaba impaciente el resultado del juicio; y fue tal alarma, la revuelta y la vocería, que ya a nadie cupo duda sobre lo que de pública voz se aseguraba, esto es, que el diablo, a la muerte del señor del Segre, había heredado los feudos de Bellver.

Al fin se apaciguó el tumulto, y decidiose volver a un calabozo la maravillosa armadura.

Ya en él, despacháronse cuatro emisarios, que en representación de la atribulada villa hiciesen presente el caso al conde de Urgel y al arzobispo, los que no tardaron muchos días en tornar con la resolución de estos personajes, resolución que, como suele decirse, era breve y compendillosa.

—Cuélguese —les dijeron— la armadura en la plaza Mayor de la villa; que si el diablo la ocupa, fuerza le será el abandonarla o ahorcarse con ella.

Encantados los habitantes de Bellver con tan ingeniosa solución, volvieron a reunirse en concejo, mandaron levantar una altísima horca en la plaza, y cuando ya la multitud ocupaba sus avenidas, se dirigieron a la cárcel por la armadura, en corporación y con toda la solemnidad que la importancia del caso requería.

Cuando la respetable comitiva llegó al macizo arco que daba entrada al edificio, un hombre pálido y descompuesto se arrojó al suelo en presencia de los aturdidos circunstantes, exclamando con lágrimas en los ojos:

—¡Perdón, señores, perdón!

—¡Perdón! ¿Para quién? —dijeron algunos—. ¿Para el diablo que habita dentro de la armadura del señor del Segre?

—Para mí —prosiguió con voz trémula el infeliz, en quien todos reconocieron al alcaide de las prisiones—, para mí… porque las armas… han desaparecido.

Al oír estas palabras, el asombro se pintó en el rostro de cuantos se encontraban en el pórtico, que, mudos e inmóviles, hubieran permanecido en la posición en que se encontraban Dios sabe hasta cuándo, si la siguiente relación del aterrado guardián no les hubiera hecho agruparse en su alrededor para escuchar con avidez.

—Perdonadme, señores —decía el pobre alcaide—, y yo no os ocultaré nada, siquiera sea en contra mía.

Todos guardaron silencio y él prosiguió así:

—Yo no acertaré nunca a dar razón; pero es el caso que la historia de las armas vacías me pareció siempre una fábula tejida en favor de algún noble personaje, a quien tal vez altas razones de conveniencia pública no permitía ni descubrir ni castigar.

En esta creencia estuve siempre, creencia en que no podía menos de confirmarme la inmovilidad en que se encontraban desde que por segunda vez tornaron a la cárcel traídas del concejo. En vano una noche y otra, deseando sorprender su misterio, si misterio en ellas había, me levantaba poco a poco y aplicaba el oído a los intersticios de la cerrada puerta de su calabozo; ni un rumor se percibía.

En vano procuré observarlas a través de un pequeño agujero producido en el muro; arrojadas sobre un poco de paja y en uno de los más oscuros rincones, permanecían un día y otro descompuestas e inmóviles.

Una noche, por último, aguijoneado por la curiosidad y deseando convencerme por mí mismo de que aquel objeto de terror nada tenía de misterioso, encendí una linterna, bajé a las prisiones, levanté sus dobles aldabas, y, no cuidando siquiera —tanta era mi fe en que todo no pasaba de un cuento— de cerrar las puertas tras mí, penetré en el calabozo. Nunca lo hubiera hecho; apenas anduve algunos pasos; la luz de mi linterna se apagó por sí sola, y mis dientes comenzaron a chocar y mis cabellos a erizarse. Turbando el profundo silencio que me rodeaba, había oído como un ruido de hierros que se removían y chocaban al unirse entre las sombras.

Mi primer movimiento fue arrojarme a la puerta para cerrar el paso, pero al asir sus hojas, sentí sobre mis hombros una mano formidable cubierta con un guantelete, que después de sacudirme con violencia me derribó bajo el dintel. Allí permanecí hasta la mañana siguiente, que me encontraron mis servidores falto de sentido, y recordando sólo que, después de mi caída, había creído percibir confusamente como unas pisadas sonoras, al compás de las cuales resonaba un rumor de espuelas, que poco a poco se fue alejando hasta perderse.

Cuando concluyó el alcaide, reinó un silencio profundo, al que siguió luego un infernal concierto de lamentaciones, gritos y amenazas.

Trabajo costó a los más pacíficos el contener al pueblo que, furioso con la novedad, pedía a grandes voces la muerte del curioso autor de su nueva desgracia.

Al cabo logrose apaciguar el tumulto, y comenzaron a disponerse a una nueva persecución. Ésta obtuvo también un resultado satisfactorio.

Al cabo de algunos días, la armadura volvió a encontrarse en poder de sus perseguidores. Conocida la fórmula, y mediante la ayuda de San Bartolomé, la cosa no era ya muy difícil.

Pero aún quedaba algo por hacer; pues en vano, a fin de sujetarla, la colgaron de una horca; en vano emplearon la más exquisita vigilancia con el objeto de quitarle toda ocasión de escaparse por esos mundos. En cuanto las desunidas armas veían dos dedos de luz, se encajaban, y pian pianito volvían a tomar el trote y emprender de nuevo sus excursiones por montes y llanos, que era una bendición del cielo.

Aquello era el cuento de nunca acabar.

En tan angustiosa situación, los vecinos se repartieron entre sí las piezas de la armadura, que acaso por la centésima vez se encontraba en sus manos, y rogaron al piadoso eremita, que un día los iluminó con sus consejos, decidiera lo que debía hacerse de ella.

El santo varón ordenó al pueblo una penitencia general. Se encerró por tres días en el fondo de la caverna que le servía de asilo, y al cabo de ellos dispuso que se fundiesen las diabólicas armas, y con ellas y algunos sillares del castillo del Segre, se levantase una cruz.

La operación se llevó a término, aunque no sin que nuevos y aterradores prodigios llenasen de pavor el ánimo de los consternados habitantes de Bellver.

En tanto que las piezas arrojadas a las llamas comenzaban a enrojecerse, largos y profundos gemidos parecían escaparse de la ancha hoguera, de entre cuyos troncos saltaban como si estuvieran vivas y sintiesen la acción del fuego. Una tromba de chispas rojas, verdes y azules danzaba en la cúspide de sus encendidas lenguas, y se retorcían crujiendo como si una legión de diablos, cabalgando sobre ellas, pugnase por libertar a su señor de aquel tormento.

Extraña, horrible fue la operación en tanto que la candente armadura perdía su forma para tomar la de una cruz.

Los martillos caían resonando con un espantoso estruendo sobre el yunque, al que veinte trabajadores vigorosos sujetaban las barras del hirviente metal, que palpitaba y gemía al sentir los golpes.

Ya se extendían los brazos del signo de nuestra redención, ya comenzaba a formarse la cabecera, cuando la diabólica y encendida masa se retorcía de nuevo como en una convulsión espantosa, y rodeándose al cuerpo de los desgraciados que pugnaban por desasirse de sus brazos de muerte, se enroscaba en anillas como una culebra o se contraía en zigzag como un relámpago.

El constante trabajo, la fe, las oraciones y el agua bendita consiguieron, por último, vencer al espíritu infernal, y la armadura se convirtió en cruz.

Esa cruz es la que hoy habéis visto, y a la cual se encuentra sujeto el diablo que le presta su nombre; ante ella, ni las jóvenes colocan en el mes de Mayo ramilletes de lirios, ni los pastores se descubren al pasar, ni los ancianos se arrodillan, bastando apenas las severas amonestaciones del clero para que los muchachos no la apedreen.

Dios ha cerrado sus oídos a cuantas plegarias se le dirijan en su presencia. En el invierno los lobos se reúnen en manadas junto al enebro que la protege, para lanzarse sobre las reses; los bandidos esperan a su sombra a los caminantes, que entierran a su pie después que los asesinan; y cuando la tempestad se desata, los rayos tuercen su camino para liarse, silbando, al asta de esa cruz y romper los sillares de su pedestal

LA MANO (GUY DE MAUPASSANT)

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Estaban en círculo en torno al señor Bermutier, juez de instrucción, que daba su opinión sobre el misterioso suceso de Saint-Cloud. Desde hacía un mes, aquel inexplicable crimen conmovía a París. Nadie entendía nada del asunto. El señor Bermutier, de pie, de espaldas a la chimenea, hablaba, reunía las pruebas, discutía las distintas opiniones, pero no llegaba a ninguna conclusión.

Varias mujeres se habían levantado para acercarse y permanecían de pie, con los ojos clavados en la boca afeitada del magistrado, de donde salían las graves palabras. Se estremecían, vibraban, crispadas por su miedo curioso, por la ansiosa e insaciable necesidad de espanto que atormentaba su alma; las torturaba como el hambre.

Una de ellas, más pálida que las demás, dijo durante un silencio:

—Es horrible. Esto roza lo sobrenatural. Nunca se sabrá nada.

El magistrado se dio la vuelta hacia ella:

—Sí, señora, es probable que no se sepa nunca nada. En cuanto a la palabra sobrenatural que acaba de emplear, no tiene nada que ver con esto. Estamos ante un crimen muy hábilmente concebido, muy hábilmente ejecutado, tan bien envuelto en misterio que no podemos despejarle de las circunstancias impenetrables que lo rodean. Pero yo, antaño, tuve que encargarme de un suceso donde verdaderamente parecía que había algo fantástico. Por lo demás, tuvimos que abandonarlo, por falta de medios para esclarecerlo.

Varias mujeres dijeron a la vez, tan de prisa que sus voces no fueron sino una:

—¡Oh! Cuéntenoslo.

El señor Bermutier sonrió gravemente, como debe sonreír un juez de instrucción. Prosiguió:

—Al menos, no vayan a creer que he podido, incluso un instante, suponer que había algo sobrehumano en esta aventura. No creo sino en las causas naturales. Pero sería mucho más adecuado si en vez de emplear la palabra sobrenatural para expresar lo que no conocemos, utilizáramos simplemente la palabra inexplicable. De todos modos, en el suceso que voy a contarles, fueron sobre todo las circunstancias circundantes, las circunstancias preparatorias las que me turbaron. En fin, éstos son los hechos:

Entonces era juez de instrucción en Ajaccio, una pequeña ciudad blanca que se extiende al borde de un maravilloso golfo rodeado por todas partes por altas montañas.

Los sucesos de los que me ocupaba eran sobre todo los de vendettas. Los hay soberbios, dramáticos al extremo, feroces, heroicos. En ellos encontramos los temas de venganza más bellos con que se pueda soñar, los odios seculares, apaciguados un momento, nunca apagados, las astucias abominables, los asesinatos convertidos en matanzas y casi en acciones gloriosas. Desde hacía dos años no oía hablar más que del precio de la sangre, del terrible prejuicio corso que obliga a vengar cualquier injuria en la propia carne de la persona que la ha hecho, de sus descendientes y de sus allegados. Había visto degollar a ancianos, a niños, a primos; tenía la cabeza llena de aquellas historias.

Ahora bien, me enteré un día de que un inglés acababa de alquilar para varios años un pequeño chalet en el fondo del golfo. Había traído con él a un criado francés, a quien había contratado al pasar por Marsella. Pronto todo el mundo se interesó por aquel singular personaje, que vivía solo en su casa y que no salía sino para cazar y pescar. No hablaba con nadie, no iba nunca a la ciudad, y cada mañana se entrenaba durante una o dos horas en disparar con la pistola y la carabina

Se crearon leyendas entorno a él. Se pretendió que era un alto personaje que huía de su patria por motivos políticos; luego se afirmó que se escondía tras haber cometido un espantoso crimen. Incluso se citaban circunstancias particularmente horribles.

Quise, en mi calidad de juez de instrucción, tener algunas informaciones sobre aquel hombre; pero me fue imposible enterarme de nada. Se hacía llamar sir John Rowell.

Me contenté pues con vigilarle de cerca; pero, en realidad, no me señalaban nada sospechoso respecto a él. Sin embargo, al seguir, aumentar y generalizarse los rumores acerca de él, decidí intentar ver por mí mismo al extranjero, y me puse a cazar con regularidad en los alrededores de su dominio.

Esperé durante mucho tiempo una oportunidad. Se presentó finalmente en forma de una perdiz a la que disparé y maté delante de las narices del inglés. Mi perro me la trajo; pero, cogiendo en seguida la caza, fui a excusarme por mi inconveniencia y a rogar a sir John Rowell que aceptara el pájaro muerto.

Era un hombre grande con el pelo rojo, la barba roja, muy alto, muy ancho, una especie de Hércules plácido y cortés. No tenía nada de la rigidez llamada británica, y me dio las gracias vivamente por mi delicadeza en un francés con un acento de más allá de la Mancha. Al cabo de un mes habíamos charlado unas cinco o seis veces. Finalmente una noche, cuando pasaba por su puerta, le vi en el jardín, fumando su pipa, a horcajadas sobre una silla. Le saludé y me invitó a entrar para tomar una cerveza. No fue necesario que me lo repitiera.

Me recibió con toda la meticulosa cortesía inglesa; habló con elogios de Francia, de Córcega, y declaró que le gustaba mucho esta país, y esta costa.

Entonces, con grandes precauciones y como si fuera resultado de un interés muy vivo, le hice unas preguntas sobre su vida y sus proyectos. Contestó sin apuros y me contó que había viajado mucho por África, las Indias y América. Añadió riéndose:

—Tuve mochas avanturas, ¡oh! yes.

Luego volví a hablar de caza y me dio los detalles más curiosos sobre la caza del hipopótamo, del tigre, del elefante e incluso la del gorila.

Dije:

—Todos esos animales son temibles.

Sonrió:

—¡Oh, no! El más malo es el hombre.

Se echó a reír abiertamente, con una risa franca de inglés gordo y contento:

—He cazado mocho al hombre también.

Después habló de armas y me invitó a entrar en su casa para enseñarme escopetas con diferentes sistemas. Su salón estaba tapizado de negro, de seda negra bordada con oro. Grandes flores amarillas corrían sobre la tela oscura, brillaban como el fuego. Dijo:

—Eso ser un tela japonesa.

Pero, en el centro del panel más amplio, una cosa extraña atrajo mi mirada. Sobre un cuadrado de terciopelo rojo se destacaba un objeto rojo. Me acerqué: era una mano, una mano de hombre. No una mano de esqueleto, blanca y limpia, sino una mano negra reseca, con uñas amarillas, los músculos al descubierto y rastros de sangre vieja, sangre semejante a roña, sobre los huesos cortados de un golpe, como de un hachazo, hacia la mitad del antebrazo. Alrededor de la muñeca una enorme cadena de hierro, remachada, soldada a aquel miembro desaseado, la sujetaba a la pared con una argolla bastante fuerte como para llevar atado a un elefante. Pregunté:

—¿Qué es esto?

El inglés contestó tranquilamente:

—Era mejor enemigo de mí. Era de América. Ello había sido cortado con el sable y arrancado la piel con un piedra cortante, y secado al sol durante ocho días. ¡Aoh, muy buena para mí, ésta!

Toqué aquel despojo humano que debía de haber pertenecido a un coloso. Los dedos, desmesuradamente largos, estaban atados por enormes tendones que sujetaban tiras de piel a trozos. Era horroroso ver esa mano, despellejada de esa manera; recordaba inevitablemente alguna venganza de salvaje. Dije:

—Ese hombre debía de ser muy fuerte.

El inglés dijo con dulzura:

—Aoh yes; pero fui más fuerte que él. Yo había puesto ese cadena para sujetarle.

Creí que bromeaba. Dije:

—Ahora esta cadena es completamente inútil, la mano no se va a escapar.

Sir John Rowell prosiguió con tono grave:

—Ella siempre quería irse. Ese cadena era necesaria.

Con una ojeada rápida, escudriñé su rostro, preguntándome: «¿Estará loco o será un bromista pesado?». Pero el rostro permanecía impenetrable, tranquilo y benévolo. Cambié de tema de conversación y admiré las escopetas. Noté sin embargo que había tres revólveres cargados encima de unos muebles, como si aquel hombre viviera con el temor constante de un ataque.

Volví varias veces a su casa. Después dejé de visitarle. La gente se había acostumbrado a su presencia; ya no interesaba a nadie.

Transcurrió un año entero; una mañana, hacia finales de noviembre, mi criado me despertó anunciándome que Sir John Rowell había sido asesinado durante la noche.

Media hora más tarde entraba en casa del inglés con el comisario jefe y el capitán de la gendarmería. El criado, enloquecido y desesperado, lloraba delante de la puerta. Primero sospeché de ese hombre, pero era inocente. Nunca pudimos encontrar al culpable.

Cuando entré en el salón de Sir John, al primer vistazo distinguí el cadáver extendido boca arriba, en el centro del cuarto. El chaleco estaba desgarrado, colgaba una manga arrancada, todo indicaba que había tenido lugar una lucha terrible.

¡El inglés había muerto estrangulado! Su rostro negro e hinchado, pavoroso, parecía expresar un espanto abominable; llevaba algo entre sus dientes apretados; y su cuello, perforado con cinco agujeros que parecían haber sido hechos con puntas de hierro, estaba cubierto de sangre.

Un médico se unió a nosotros. Examinó durante mucho tiempo las huellas de dedos en la carne y dijo estas extrañas palabras:

—Parece que le ha estrangulado un esqueleto.

Un escalofrío me recorrió la espalda y eché una mirada hacia la pared, en el lugar donde otrora había visto la horrible mano despellejada. Ya no estaba allí. La cadena, quebrada, colgaba.

Entonces me incliné hacia el muerto y encontré en su boca crispada uno de los dedos de la desaparecida mano, cortada o más bien serrada por los dientes justo en la segunda falange.

»Luego se procedió a las comprobaciones. No se descubrió nada. Ninguna puerta había sido forzada, ni ninguna ventana, ni ningún mueble. Los dos perros de guardia no se habían despertado.

Ésta es, en pocas palabras, la declaración del criado:

Desde hacía un mes su amo parecía estar agitado. Había recibido muchas cartas, que había quemado a medida que iban llegando. A menudo, preso de una ira que parecía demencia, cogiendo una fusta, había golpeado con furor aquella mano reseca, lacrada en la pared, y que había desaparecido, no se sabe cómo, en la misma hora del crimen.

Se acostaba muy tarde y se encerraba cuidadosamente. Siempre tenía armas al alcance de la mano. A menudo, por la noche, hablaba en voz alta, como si discutiera con alguien.

Aquella noche daba la casualidad de que no había hecho ningún ruido, y hasta que no fue a abrir las ventanas el criado no había encontrado a sir John asesinado. No sospechaba de nadie.

Comuniqué lo que sabía del muerto a los magistrados y a los funcionarios de la fuerza pública, y se llevó a cabo en toda la isla una investigación minuciosa. No se descubrió nada.

Ahora bien, tres meses después del crimen, una noche, tuve una pesadilla horrorosa. Me pareció que veía la mano, la horrible mano, correr como un escorpión o como una araña a lo largo de mis cortinas y de mis paredes. Tres veces me desperté, tres veces me volví a dormir, tres veces volví a ver el odioso despojo galopando alrededor de mi habitación y moviendo los dedos como si fueran patas.

Al día siguiente me la trajeron; la habían encontrado en el cementerio, sobre la tumba de sir John Rowell; le habían enterrado allí, ya que no habían podido descubrir a su familia. Faltaba el índice.

Ésta es, señoras, mi historia. No sé nada más.

Las mujeres, enloquecidas, estaban pálidas, temblaban. Una de ellas exclamó:

—¡Pero esto no es un desenlace, ni una explicación! No vamos a poder dormir si no nos dice lo que según usted ocurrió.

El magistrado sonrió con severidad:

—¡Oh! Señoras, sin duda alguna, voy a estropear sus terribles sueños. Pienso simplemente que el propietario legítimo de la mano no había muerto, que vino a buscarla con la que le quedaba. Pero no he podido saber cómo lo hizo. Este caso es una especie de vendetta.

Una de las mujeres murmuró:

—No, no debe de ser así.

Y el juez de instrucción, sin dejar de sonreír, concluyó:

—Ya les había dicho que mi explicación no les gustaría.

CUATRO LIBROS DE TERROR PARA CELEBRAR HALLOWEEN

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Hola mis pequeños dragones, dada la cercanía de octubre, mes del terror por excelencia, quería acercaros algunos libros de terror para leer a lo largo del mes, espero que los disfrutéis.

Comenzamos

CEMENTERIO DE ANIMALES/CEMENTERIO DE MASCOTAS (STEPHEN KING)

Church el gato de Ellie ha regresado de la muerte después de que Louis Creed hiciese caso de su vecino y lo enterrase en el cementerio indio situado más allá del cementerio de mascotas y de los cuarenta y cinco escalones, este cementerio tiene un poder especial para devolver la vida a los muertos, pero no todo lo que vuelve del más allá es bueno ni lo que debería ser…

Este volumen lo leí hace ya varios años, y fue uno de esos casos en los que me metí un poco a ciegas sin saber qué iba a encontrar (a pesar de ser un libro firmado por Stephen King) al  leerlo y tengo que reconocer que entretiene bastante, a pesar del tópico del cementerio indio que solamente trae desgracias y a que no es muy buena idea acercarse a él, algo que más o menos queda compensado a través del tema del cementerio de mascotas y de todo el problema que se plantea con la vuelta del gato muerto y resucitado como ente maligno.

Personalmente lo recomiendo más como libro de entretenimiento sin más, mi relación con la obra de Stephen King no va más allá de algún libro muy puntual en los que busco libros que no me den para más allá de pasar un rato.

Para terminar con este volumen, os dejo un video sobre el libro:

 

EL EXORCISTA (WILLIAM PETER BLATTY)

Tras jugar a la ouija, la joven Regan comenzará a actuar de forma extraña, cuando la medicina falle y sea incapaz de dar una solución a su caso, la madre de Regan recurrirá a la iglesia para que le realicen un exorcismo…

Adaptado al cine en 1973 y partiendo de un exorcismo real, se nos presenta el caso de una adolescente que sufrirá una posesión demoniaca tras hacer espiritismo y los problemas que le acarreará ella y a su entorno tanto la citada posesión como el posterior exorcismo que se le practicará para tratar de salvar su alma, es cierto que en mi caso, lo que despierta este tema es más respeto que miedo, aun así, si tengo que reconocer que la película se podría definir como clásico y que creo que esto está más que justificado, tanto por la temática, como por el propio ambiente que se crea en la casa de la protagonista

THE RING (KOJI SUZUKI)

Cuenta una leyenda urbana que existe una cinta de video que causa la muerte de quien la ve en el plazo de siete días; el periodista Asakawa es escéptico con esta leyenda urbana hasta que descubre que cuatro adolescentes han muerto misteriosamente después de ver la cinta, por ello iniciará una investigación contrarreloj para desentrañar el misterio de The ring.

Este volumen, que cuenta con dos adaptaciones al cine: una japonesa estrenada en el año 1998 y una americana estrenada en el año 2002 (personalmente me quedo con la adaptación japonesa, resulta más inquietante), así como al manga, toma como punto de partida un objeto aparentemente inocente y que en su momento todo el mundo tenía en casa y que en el libro se presenta como algo que trae desgracias y que provoca la muerte; es cierto que aunque el libro es entretenido y consigue inquietar al lector con muy poca cosa, se ha quedado un poco desfasado debido a lo mucho que ha avanzado la tecnología desde su publicación (se publicó por primera vez en 1991) y concretamente el formato VHS ha llovido mucho desde que dejó de utilizarse.

También hay que reconocer, en el caso de este volumen, que los japoneses tienen una habilidad especial para crear historias aterradoras con muy poca cosa (una cinta de video o un cuaderno que provocan la muerte o similares)

EL ÁRBOL DE LAS BRUJAS (RAY BRADBURY)

Como cada año en la noche de Halloween, un grupo de niños se disfrazan y salen a la calle para pedir premio o prenda. Cuando van a buscar al último chico de la pandilla, Pipkin, lo encuentran alicaído, y éste les pide que le esperen en la Casa Fantasmal de la Cañada. Allí les aguarda un peculiar personaje que les descubrirá los orígenes de la fiesta de Halloween.

Este último volumen, salido de la pluma de Ray Bradbury (autor del archiconocido Fahrenheit 451), lo incluyo, más por el repaso que hace del culto a los muertos a lo largo de la historia y como ha ido evolucionando a través de diferentes culturas lo largo de la historia.

CONCLUSIÓN:

Los cuatro volúmenes que nos ocupan hoy son, volúmenes ideales para leer a lo largo del mes de octubre, ya que todos comparten una atmosfera bastante oscura, que en tres de ellos está justificado debido a que buscan dar miedo a través de elementos que van desde una ouija y una posesión hasta algo tan inocente como una cinta de VHS, mientras que en el último, simplemente la atmósfera es un elemento más de la propia historia de la fiesta.

Espero que os animéis a leer estos cuatro volúmenes y que si lo hacéis os gusten y os diviertan mucho