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El invierno estaba muy orgulloso del vago sentimiento de temor que solo su nombre inspiraba a los hombres y criticaba despectivamente a la primavera:

–         Cuando tú llegas la gente se vuelve loca. Nadie puede estarse quieto: unos van de excursión al campo o a la montaña, otros van a coger flores al bosque o al prado. La tristeza se va y todos se ponen ropas de colores alegres, como si se tratara de un eterno carnaval

El otoño estaba escuchando y dijo:

–         pero también llueve y hace viento en primavera

–         si, es verdad- dijo el invierno- pero nadie se preocupa. ¡tendríais que tomar nota de mi! Yo hago temblar a los hombres y, si quiero, los dejo encerrados en casa todo el día. Para ellos, yo soy un rey, un tirano y hago que me obedezcan. ¡Deberíais aprender a haceros respetar vosotros también!

–         No estoy de acuerdo-replicó la primavera- de ti los hombres prescindirían con gusto. A mi me quieren y me esperan. Cuando llego, se alegran y cuando me voy, me añoran: a ti te soportan un día tras otro

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