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Había una vez en el bosque un joven abeto, cuyo único deseo era crecer y hacerse grande como los demás árboles; e iba creciendo año tras año, pero en su impaciencia nunca le parecía bastante.

De vez en cuando llegaban al bosque algunos hombres con grandes hachas, que cortaban precisamente los más altos y majestuosos, derribando los con un estruendo espantoso; después cortaban las ramas y el tronco y lo cargaban todo en grandes carros

“¿adónde los llevaran?”, se preguntaba el joven abeto. “¿qué harán con ellos?”

En el bosque nadie sabía responderle, pero a veces las golondrinas, grandes viajeras que van por todo el mundo, traían noticias de un abeto que se había convertido en un poste de teléfonos o en el mástil de un barco

“¡ojalá tuviera yo esa suerte!” suspiraba del arbolillo, pensando en el momento en que surcara los mares, sosteniendo velas blancas

Otros abetos eran arrancados enteros, con raíces y todo, y cargados en carros con mucho cuidado, sin que se estropeara ni una sola rama; los gorriones, que espiaban por las ventanas de las casas, decían que los volvían a plantar en bonitos salones iluminados y cubiertos con cintas de plata, velitas, bolitas de colores, caramelos, juguetes, que los niños, contentos, hacían una gran algarabía a su alrededor

“¡ojalá tuviera yo esa suerte!”, suspiraba el arbolillo; pero ni a él ni a sus compañeros se les ocurría preguntar a los gorriones lo que pasaba después con aquellos abetos afortunados

Pasó otro año y el abeto se hizo un poco más alto. Llegaron los leñadores y se llevaron los árboles más altos y fuertes, pero a él volvieron a dejarlo en el bosque. Llegaron otros leñadores a coger los árboles más jóvenes y bonitos y esta vez lo eligieron a él. Casi se muere de alegría cuando oyó al jefe de los hombres ordenar, señalándole a él: – ¡coged también éste!

Pero sufrió terriblemente cuando sus herramientas de hierro entraron en tierra y le golpearon las raíces; y cuando cuerdas y cadenas lo ataron y los sacaron a la fuerza de su casa y de su medio, ya no pudo soportar el dolor y se desmayó

Volvió en sí cuando sintió que lo tocaban y movían por todas partes. Abrió los ojos y vio que estaba en un ángulo de una inmensa plaza, junto a docenas de árboles apoyados como el contra la pared en edificio. Oyó una voz de mujer:

–          Sí, es muy bonito. Me lo llevo

Dos criados de librea lo cogieron y lo llevaron a un magnífico salón, donde todo era hermoso y muy valioso. Lo trasplantaron a  un gran tiesto recubierto de tela blanca y adornado con borlas rojas; lo regaron, lo cuidaron con cariño y el joven abeto seguía repitiéndose que había tenido mucha suerte con caer en aquella casa, entre gentes que lo admiraban y lo habían puesto en un lugar de honor

Una mañana, alrededor del abeto empezó gran actividad. Las doncellas y la misma señora trajeron grandes cajas y fueron sacando, una tras otra, brillantes bolitas de cristal de muchos colores y tamaños, cintas y tiras de plata, una estrella que colocaron en lo más alto del árbol… y el abeto, que y podría verse en un espejo, no cabía en sí de alegría y orgullo. Comprendió que debía tratarse de la famosa fiesta de Navidad, de la que le habían hablado los gorriones

Pero todavía no había acabado la fiesta: por la noche, la dueña de la casa colocó bajo el árbol los paquetes de los regalos y el ama de llaves encendió las velas. Entonces los niños se precipitaron al salón muy contentos y llenos de curiosidad. ¡qué noche tan extraordinaria para el joven abeto!

Nunca la olvidaría, aunque su triunfo sólo duró unos minutos: en cuanto los niños abrieron los paquetes de los regalos, el arbolillo se quedó en un rincón olvidado de todos

Se acordaron de él días después los jardineros, que fueron a buscarlo y lo llevaron al jardín, donde lo plantaron junto a la verja. Desde su exilio, el abeto volvió a observar los enormes cedros, las colosales encinas, los innumerables y majestuosos árboles que lo rodeaban, y empezó a desear hacerse grande y bello como ellos

En su soledad iban a consolarlo y a hacerle compañía de vez en cuando un gorrión o una pareja de ratones. A todos les contaba la maravillosa historia de su vida y la fantástica fiesta de Navidad; pero los ratones preferían cuentos que hablaron de despensas donde se entrada delgado y se sale gordo; y los gorriones habían visto muchas otras maravillas

Y el joven abeto comenzó a añorar su bosque, de donde lo habían traído para la fiesta de una noche

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