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La muñeca de madera no tenía paz. Si eres una muñeca, reza para ser una muñeca de trapo, o una muñeca de cera o una muñeca llena de serrín preparada para deshacerse, o una muñeca de porcelana fácil de romper (cualquier cosa en lugar de una muñeca de buena y fuerte madera con la cabeza pintada y articulaciones móviles, lo que es una existencia algo triste. Hace tiempo la pobre muñeca de madera deseó ser un tren de hojalata o una caja de soldados, o un cordero lanudo o cualquier otra cosa en vez de lo que era. Nunca tenía paz; era levantada y tirada de todas las maneras en cualquier momento, se le hacía acostarse cuando los niños se iban a la cama, levantarse cuando ellos se levantaban, bañarse cuando ellos se bañaban, vestirse cuando ellos se vestían, salir con toda clase de climas, la echaban en sus carteras cuando iban al colegio, la dejaban en esquinas, tirada en escaleras, la olvidaban, golpeaban, le disparaban, la rompían, le pegaban cualquier cosa y todo lo sufría, hasta que mucho tiempo después se dijo tristemente:

–          Ojala yo fuese también un ser humano por una vez.

Y empezó a pensar sobre los humanos, que extrañas criaturas eran, siempre saliendo, aunque no los llevara, salvo cuando eran muy pequeños; siempre durmiendo, y comiendo y bebiendo y riendo y llorando, y hablando y caminando y haciendo esto y aquello y lo otro, nunca descansando juntos durante mucho rato, o pareciendo como si pudiesen estar aquí durante un día más.

–          Siempre están haciendo ruido – pensó la muñeca de madera – siempre están hablando y moviéndose, siempre cambiando y haciendo cosas, construyendo y destruyendo, haciendo y deshaciendo una y otra vez, y nunca están quietos. Es una suerte que no todos seamos humanos, o el mundo sería un hormiguero, y no habría ningún ricon donde descansar.

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