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Sobre una alta montaña en el Tirol hay un viejo castillo, en el cual arde un fuego cada noche, y las llamas de ese fuego son tan grandes que sobresalen de los muros, y pueden verse desde muy lejos.

Ocurrió que una vieja que necesitaba madera estaba buscando hojarasca y ramas caídas cerca del castillo que coronaba la montaña, y finalmente llegó a la puerta del castillo. Para calmar su curiosidad se acercó a mirar, y al final entró, no sin dificultad, ya que todo estaba en ruinas y no era fácilmente accesible.

Cuando llegó a un patio allí había, como pudo comprobar, una gran compañía de nobles y damas sentados y festejando en una enorme mesa. Allí había, multitudes sirvientes, que esperaban entre ellos, cambiando sus platos, llevando las viandas, y sirviendo vino para la fiesta.

Mientras los contemplaba, apareció uno de los sirvientes a su lado, y le causó una pieza de oro en el bolsillo de su abrigo, con lo que toda la escena se desvaneció en un instante, y la pobre y asustada anciana salió a encontrar su camino de vuelta como mejor pudo. De todos modos, consiguió salir del partido, y allí encontró delante de ella a un soldado con una antorcha encendida, cuya cabeza no estaba situada sobre su cuello, sino que la llevaba bajo el brazo. Inmediatamente se dirigió a la anciana, y le ordenó no decir a nadie lo que había visto y oído pues un gran peligro caería sobre ella.

Finalmente la mujer llegó a casa, llena de angustia, y guardando aún el oro, pero sin decirle a nadie donde lo había obtenido. Cuando los jueces, tuvieron noticia del asunto, fue llamada ante ellos, pero no dijo ni una palabra sobre ello, excusándose diciendo que si decía algo, un gran mal caería sobre ella. Cuando, sin embargo, la presionaron más estrictamente, les descubrió que le había pasado en el castillo, hasta el mínimo detalle. En un momento, nada más terminar su relato, fue transportada, y nadie supo nunca donde.

Un año o dos más tarde, un joven caballero, buen conocedor del mundo, llegó a estos parajes. Con idea de averiguar todo lo posible sobre el asunto, se puso en camino con su sirviente en mitad de la noche hacia la montaña. Con gran dificultad hiciera en el ascenso, y seis veces en su camino, una voz desconocida les y dio que desistieran de su intento.

Aún así, siguieron adelante, sin ninguna cautela y finalmente alcanzaron la puerta del castillo. Una vez más allí estaba el soldado como centinela, y preguntó:

–          ¿quién va?

El caballero, que tenía un corazón bravo, dio por respuesta:

–          Soy yo

Ante esto el espíritu intentó averiguar algo más:

–          ¿quién eres?

Esta vez al caballero no respondió, sino que ordenó a su sirviente darle su espada. Cuando esto ocurrió, un jinete salió del castillo, ante el que el caballero resto batalla. Sin embargo el jinete, lo tiró del caballo y entró con él en el patio, mientras que el soldado hecho al sirviente montaña abajo.

El caballero no fue visto nunca más.

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