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Vivían en Noruega un granjero y su esposa cuya única fortuna era una familia de once hijos y una hija. Los pobres andaban hambrientos y andrajosos hasta lo más cómodo del invierno. A pesar de su pobreza, todos los chicos eran buenos y valientes y la chica era tan linda que no tenía rival en toda Escandinavia.

Una vez, a finales de otoño, en torno al fuego en la vieja cabaña; fuera aullaba el viento, la lluvia azotaba las ventanas y estaba terriblemente oscuro. De pronto, se oyó un golpe en la puerta de la cabaña.

Asustado, el viejo granjero saber quién podía ser. Abrió la puerta y se quedó sin respiración: allí, delante de él, estaba un enorme oso polar.

–          Buenas noches – dijo el oso polar.

–          Buenas noches – murmuró el hombre.

–          Vengo en busca de una esposa – dijo el oso – dame a tu hija y te haré tan rico como pobre eres ahora.

El anciano sacudió la cabeza. Era muy agradable hacerse rico de la noche la mañana, pero no deseaba perdiese a su querida hija.

Cuando recuperó el habla, dijo:

–          Bueno, vuelve dentro de siete días y te daré la respuesta.

El oso polar se esfumó y entonces el hombre contó la conversación a su familia. Cuando la joven supo que era cortejada por un oso polar, rompió a llorar con amargas lágrimas.

–          ¡vamos, vamos, hija! – intentaba consolarla su padre – nada te obligaremos a hacer contra tu voluntad. Todo acabará bien.

A partir de aquel momento, la joven no tuvo un instante de paz. Miraba con tristeza los escuálidos cuerpos de sus Hermanos, sus harapos y sus atrevidas caras y se le partía el corazón.

Así que, cuando pasaron los siete días de regreso al oso, ya había tomado una decisión.

–          Que así sea, padre – dijo valientemente – me iré con el oso.

Lavó y zurció los escasos vestidos que tenía, junto todas sus cosas en un hatillo, se puso la capa y se dispuso partir. Se subió a las anchas espaldas del oso, se agarró con fuerza a su blanco pelo y con un triste saludo se despidió de toda su familia.

Cuando ya estaban lejos de la casa, el oso le preguntó si en su corazón sentía miedo.

–          No, no lo tengo – respondió con aplomo.

–          Entonces, agárrate fuerte, pues iremos tan rápido como el viento.

Y corrió sobre el suelo rocoso tan ligera y velozmente como si volara.

Al fin, se detuvo al pie de una alta montaña, golpeó una roca con su zarpa y en un instante aparecieron unas grandes puertas de hierro. Estas se abrieron por sí solas y el oso penetró en una reluciente caverna subterránea.

Ante el asombro de la joven, caminaron a través de habitaciones que reducían de oro y plata hasta que, finalmente, llegaron a una espléndida sala. En el centro había una muy grande y sólida mesa de roble con toda clase de exquisitos manjares.

El oso ordenó a la chica que desmontarse y tomar asiento a la mesa. Después le dio una campanilla de plata que, según le dijo, debía hacer sonar cuando se hará algo.

Y se fue, dejándola sola.

La muchacha comió y bebió hasta hartarse, como no lo había hecho su vida. Probó al menos una docena de platos tentadores, de entre los cientos que se alineaban ante ella.

Después de un viaje tan largo y una comida tan copiosa, se encontraba naturalmente muy cansada y tenía sueño. Agitó la campanilla y, de pronto, se encontró en un dormitorio preparado para ella.

La cama era muy blanda, con un colchón de plumas de cisne, almohadas de seda y un edredón de terciopelo con borlas doradas.

En el mismo momento en que apoyó la cabeza sobre la almohada, oyó un ruido de pasos en la habitación del lado.

–          ¿quién podrá ser? – se preguntó asombrada en voz alta – es muy diferente al ruido que hacen las grandes patas del oso y, sin embargo, a ningún ser humano he visto por aquí.

Se levantó sigilosamente, se acercó a la puerta de la otra habitación y miró por el agujero de la cerradura. Lo que vio dentro la dejó atónita: ¡en la cámara había un hermoso joven! Parecía muy preocupado y a sus pies yacía la piel de un oso blanco.

Aunque la joven no lo supiera, el oso polar era en realidad un príncipe encantado, que sólo podía desprenderse de su piel de oso por la noche. Tan pronto como amanecía, volvía a convertirse en oso.

Pasaron los días. El oso era amable y dulce con la joven, pero ella añoraba la compañía humana. Después de todo, un oso es un oso y no un hombre.

La pobre bestia conocía la razón de su pesar y trataba de aparecer lo menos posible. Al final, las lágrimas y el aspecto desdichado de la muchacha conmovieron su corazón y prometió llevar la meta sus padres y hermanos.

Pero le dijo:

–          Tienes que prometer una cosa: si tu madre quiere hablar contigo a solas, no lo permitas. Si desea saber que secretos has descubierto aquí, no se nos cuentes. Yo no te he preguntado qué sabes o que sospechas. Debes ser fiel y paciente o, de lo contrario, una horrenda desgracia caerá sobre ambos.

Ella se lo prometió, montón su lomo y la llevó a su casa.

La muchacha no reconoció su antigua y humilde choza sobre la colina. En su lugar, se alzaba una noble mansión con toros en las esquinas y muchos miradores, con ventanas hermosamente adornadas y tejas en el tejado.

–          Aquí está tu casa – le dijo el oso – recuerda lo que me has prometido

–          No lo olvidaré – respondió la muchacha.

Y el oso desapareció.

Cuando sus Padres la vieron, sus lágrimas de alegría no tuvieron fin. Sus Hermanos casi la aplastaron a besos y abrazos. Ninguno de ellos acertaba agradecerle la felicidad que había aportado. Ya ella, pobrecita, ¿qué tal le iba? ¿la trataba bien el oso? ¿Era muy horrible su guarida? Le hicieron un sinfín de preguntas.

La joven los tranquilizó. También ella debía bien. Aunque su casa se encontraba en el mismo centro de una montaña, en nada se parecía a la guarida de un oso polar: era un palacio maravilloso.

Les contó todo lo referente a su campanita de plata, su lecho con colchón de plumas de cisne y todas las maravillas de su nueva casa. Pero ni una sola palabra dijo sobre el oso.

Su Madre comenzó sospechar algo, pero por mucho que presionó a su hija, de nada más pudo enterarse. Después de cenar, la Madre llamó a su hija a su habitación. Pero recordando su promesa, la muchacha se negó a ir. Todo el tiempo le puso excusas: quería charlar con sus queridos Hermanos, ver todas las maravillas de la mansión, pasear por los jardines… Pero su Madre no cejó en su empeño y al final halló la manera de quedarse a solas con su hija, e hizo que contará todo lo que sabía sobre el oso polar.

–          ¡Ah, claro! – dijo la Madre – el oso eso un troll y puede adoptar cualquier forma. Te diré lo que tienes que hacer: toma esta vela de cera y, al anochecer, enciéndela y llévala a la habitación del oso. Ilumina con ella su rostro, pero ten cuidado de que no caiga cera sobre él y se despierte. Eso sería terrible para ti.

La atemorizó de tal modo que la pobre muchacha se mostró dispuesta a hacer cualquier cosa que le dijese su madre.

A la hora convenida, el oso polar volvió en busca de la joven. Se despidió de su familia y regresó al palacio subterráneo.

Incapaz de mentir, confesó lo que había ocurrido entre su madre y ella.

–          ¡Ay, querida! – suspiró el oso – lo hecho, hecho está. Pero te ruego que no hagas lo que te he dicho tu madre. Sé paciente un poco más y sabrás todo lo que tienes que saber.

La joven se había encariñado con el amable oso y se apenó por él. En realidad, no creía la historia de su madre de que era un troll perverso. Pero cuando volvió al palacio y se tendió a dormir le asaltaron de nuevo todos los miedos.

En medio de la noche se deslizó de la cama, encendió la vela de cera y entró de puntillas en la habitación del oso. Se acercó sigilosamente a su cama y alzó la vela sobre él. Cuando la luz le iluminó la cara vio que no era un troll. En realidad era el joven más hermoso de todos cuantos había visto. Y su cara estaba llena de pesar incluso dormido.

La muchacha se inclinó para verlo mejor y, al hacerlo, inclinó también la vela: tres gotas de cera caliente cayeron sobre el pecho del joven, que despertó con un estremecimiento y contempló horrorizado a la muchacha.

–          ¿Qué has hecho? – grito, cubriéndose la cara con las manos – ahora los dos estamos perdidos. Si me hubieras hecho caso y hubieras esperado tan solo tres días más, me hubieras salvado. Debes saber que una bruja malvada mató a mi padre y me convirtió en oso polar. Y todo porque me negué a casarme con su repugnante hija. Ahora soy un oso de día y sólo por la noche, cuando nadie puede verme, vuelvo a ser un hombre. Si hubieras vivido conmigo todo un año, se hubiera roto el encantamiento. Ahora todo se ha perdido. Mañana estaré muy lejos, encerrado en el castillo de la bruja y de su repugnante hija que es rencorosa y cruel. Ahora estoy condenado a casarme con ella.

La muchacha lloraba por lo que había hecho, y entre lágrimas le rogó:

–          Dime al menos el camino del castillo para que al menos pueda seguirte.

–          Ese es el problema: no hay caminos para llegar al castillo. Se alza en una isla que está al este del sol y al oeste de la luna. Nadie conoce el camino

A la mañana siguiente, cuando la muchacha se despertó, el oso polar, y el castillo habían desaparecido. Se encontró sola, sentada en un claro de un sombrío bosque, con su hatillo como única compañía. Lloró de dolor y de vergüenza hasta que finalmente sus ojos se secaron; entonces tomó su hatillo y echó a andar, sin saber hacia dónde.

Anduvo días y días, hasta que llegó al pie de una alta roca, en cuya base se alzaba una casita. Junto a ella, sentada en un tronco, estaba una anciana hilando una fina hebra de plata con una rueca de oro.

La muchacha contó su historia a la anciana.

–          ¡Ah, asique tú eres la joven que no cumplió su palabra! – dijo la anciana

–          Sí, soy yo – confesó la joven – pero lo amo y haría cualquier cosa por rescatarlo.

–          No puedo decirte donde se encuentra el castillo que está al este del sol y al oeste de la luna. Pero en cambio te prestaré mi veloz caballo, que te llevará hasta el Viento del Norte. él conoce todos los lugares y es posible que te lleve hasta allí.

La muchacha cabalgó durante muchos, muchísimos días hasta que sintió el helado aliento del Viento del Norte. Tiritando, se abrigó más con su capa y hundió la cara en la crin del caballo. Por fin, llegó a la puerta de la casa de hielo del Viento del Norte y llamó suavemente.

Él apareció en la puerta, salvaje y violento, enviando blancas nubes de aire helado sobre la cabeza de la muchacha que la hicieron estremecerse de frío.

Cuando le explicó lo que buscaba, el Viento del Norte se calmó y le habló:

–          El castillo está muy lejos, más lejos de lo que yo nunca he ido. Pero si realmente deseas ir, te subiré a mis espaldas y trataré de llegar hasta allí

Dicho esto el viento del norte se infló hasta que se hizo tan grande y feroz que solo mirarlo dañaba los ojos. Después se precipitó a través de los cielos, siempre hacia delante, cruzando mares embravecidos hasta que ya casi no le quedaba aliento de lo cansado que estaba. Sus enormes alas comenzaron a flojear y fue descendiendo cada vez más hasta que sus pies cubiertos de plumas rozaron las crestas de las olas. Pero la visión de una distante isla le infundió nuevas fuerzas y, con un último soplido, logró depositar a la muchacha en la costa, justo al pie del mismo castillo. ¡Por fin había llegado a la tierra encantada que se encuentra al este del sol y al oeste de la luna!

El príncipe la vio desde la ventana y desbordó de alegría:

–          Mañana se celebra mi boda. Pero tengo un plan para que tú me salves. Escucha atentamente: por la mañana diré que quiero hacer una prueba a mi novia. Le daré mi camisa para que lave las tres manchas de cera; si logra dejarla limpia, me casaré con ella de buen grado. Por supuesto no podrá hacerlo ya que solo una persona de corazón puro puede quitar esas manchas

Así fue. Al día siguiente, el príncipe le dijo a la repugnante novia que solo estaba dispuesto a casarse con una mujer que pudiese dejarle limpia la camisa, precisamente aquella que deseaba llevar puesta en la boda.

–          No es una tarea muy difícil – dijo ella, con un ruidoso bufido.

Pero cuando comenzó a lavar y a frotar con todas sus fuerzas, las manchas de cera se volvieron negras y crecieron, y la camisa cada vez estaba más sucia. Cuando su madre intentó ayudarla, la camisa se volvió negra como el hollín.

–          ¡Has fallado! – exclamó el príncipe – puesto que no has podido lavar mi camisa, eres indigna de ser mi esposa. Fuera del palacio está una mendiga; estoy seguro de que hasta ella lo puede hacer mejor que tú.

Al decir esto, se acercó a la ventana y la llamó para que entrara en el palacio.

Cuando apareció le preguntó:

–          ¿eres capaz de limpiar esta camisa?

–          Puedo intentarlo – replicó la muchacha.

Apenas sumergió la camisa en agua, se volvió tan blanca como la nieve recién caída.

–          Está claro que tu corazón es de verdad puro – exclamó el príncipe triunfante – de manera que tú serás mi esposa.

Al instante, la vieja bruja y su repugnante hija se enfurecieron tanto que estallaron allí mismo. Y lo mismo debió ocurrirles a todas las demás brujas que moraban en el castillo, porque nadie volvió a oírlas o a verlas más.

En cuanto al príncipe y su encantadora prometida, se alejaron del castillo, tomados de la mano, y el viento del norte los transportó de vuelta a la casa de la muchacha, la mansión de la colina. Y allí vivieron en paz y felicidad hasta el fin de sus días.

Pero desde entonces nadie más ha encontrado el camino que lleva al castillo encantado, en la isla que está al este del sol y  al oeste de la luna.

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