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Había una vez un cacharrero de Ballingarry, en el condado de Limerick, en Irlanda. Como seguramente saben todos, los cacharreros son más pobres que las ratas. También lo era Jack. Aunque, la verdad, no era tan pobre como humilde, porque tenía una casita propia y un pequeño huerto detrás con un manzano. Buena parte del año la pasaba Jack viajando por el país, dejando su casa y su huerto a cargo de su mujer.

En uno de sus viajes, Jack se encontró con un caminante y lo saludó amablemente.

Al caminante le cayó simpático el amable cacharrero y le dijo:

  • Puedo concederte tres deseos. Empléalos bien, porque nunca volverás a tener tanta suerte.

Jack se puso a pensar, después dijo:

  • Ahora que lo dices, tengo un viejo sillón en casa. Cuando viene una visita, se sienten ese sillón y yo temo que quedarme de pie. Así pues, quisiera el que quien se sienten ese sillón se quede pegado a él hasta que yo quiera.
  • Concedido – dijo el extranjero – oigamos ahora tu segundo deseo y espero que sepas pedir algo útil esta vez.

Jack volvió a quedarse pensativo y, al cabo un rato, dijo:

  • Tengo un árbol en mi huerto queda estupendas manzanas. Pero todos los granujas del condado de las roban. Así pues, me gustaría que quien vaya a robar mis manzanas, se quede pegado al árbol hasta que yo quiera.
  • Y ahora, fíjate bien, esto última oportunidad. Y esa en algo verdaderamente provechoso y pídelo

Jack pensó y repensó, y después, con una gran sonrisa en los labios, dijo:

  • Ya sé. Mi mujer tiene un saco donde guarda los trapos que recoge. Pero los gamberros vienen a mi casa y los esparcen. Quisiera que todo permaneciera dentro de ese saco hasta que yo quiera.
  • Concedido – dijo el hombre – pero, querido amigo, no has pedido cosa alguna de valor.

Y con esto continuó su camino meneando la cabeza, mientras Jack el cacharrero volvía a su casa tan pobre y despreocupado  como  antes.

Poco después de regresar, Jack se cayó y se rompió una pierna; de manera que tuvo que quedarse en cama durante todo el año, imposibilitado de ganarse la vida. Su pobre familia estaba a punto o de morirse de hambre, cuando acertó a pasar por su casa un extranjero y entró sin pedir permiso.

  • Observo –dijo el extranjero a Jack – que tu familia pasa muchas necesidades. Se vea la legua que pasáis hambre. Así que voy a proponer un trato: acude a mí al cabo de siete años y haré que vivas confortablemente hasta entonces
  • Pero, ¿quién eres tú? – preguntó Jack
  • ¿quién soy? – replicó el forastero – te lo diré sin rodeos: ¡yo soy el diablo!
  • ¿Qué hacer? – murmuró Jack mirando a sus hambrientos hijos – aceptó tu ofrecimiento.

Y Jack dio su palabra de estar listo o al cabo de siete años.

El diablo siguió su camino, dejando a Jack en una prosperidad que nunca había conocido cacharrero alguno. En el adelante nunca faltó de comer en la casa. Nunca más tuvo que ir a arreglar cacharros de pulmón pueblo y, si lo hizo, fue por puro gusto. Ni necesitó su mujer ir a buscar trapos por la vecindad; se quedaba en casa, y todo marchó bien para cacharrero y su mujer, ante el asombro de todos los habitantes del condado.

No pasó mucho tiempo sin que el diablo volviera a ocupar los pensamientos de Jack. Los siete años transcurrieron felices y prósperos, pero al llegar el último día del último año, Jack recibió una visita.

  • Ya han terminado tus siete años –dijo el diablo – vengo a buscar mi parte del trato: ahora me perteneces.
  • Por supuesto – dijo Jack – estaré contigo en un instante. Déjame momento para despedirme de mi amada esposa. Mientras tanto, puedes esperarme sentado en este sillón. No tardaré.

El diablo sesentón el sillón de Jack y esperó. Desde que Jack conocía a su mujer, hacía más de veinte años, nunca había tardado mucho en despedirse. Así que enseguida estuvo de vuelta.

  • Vamos –dijo al diablo – ¡en marcha!

El diablo intentó levantarse, pero por más que tiró y se movió, no pudo levantarse del sillón. Soltó una retahíla de maldiciones que había aprendido por el mundo y forcejeó una y otra vez. Pero fue inútil. Viendo que estaba bien pegado, suplicó a Jack:

  • Te concederé otros siete años y el doble de riquezas sí me dejas ir.
  • Eso ya está mejor – dijo Jack – levántate y vete tú solo: vuelve a tu mundo.

El diablo salió como un relámpago. Ahora Jack el cacharrero era el doble de rico y su familia vivía en paz y tranquilidad. Pero los siete años se esfumaron el doble de rápido que los primeros, porque Jack tenía mucho más dinero para gastar. Así que el plazo se agotó o y el diablo se presentó a la puerta.

  • Esta vez no caeré en alguna de tus trampas, amigo mío – dijo el diablo –venga, partamos inmediatamente.

Jack enseguida estuvo listo, pero al abandonar la casa, dijo:

  • Pasemos por mi huerto. Puesto que no voy a volverlo a ver, me gustaría echar una última ojeada a mi manzano.

El diablo aceptó y fueron juntos hasta el final del huerto; separaron bajo el árbol, repleto de jugosos manzanas

  • Hace calor – dijo Jack – ¿por qué no nos llevamos algunas manzanas para comer por el camino? Tú eres más alto que yo: ¿quieres arrancar un par de buenas manzanas?
  • Bueno, lo haré – dijo el diablo.

Y poniéndose de puntillas, agarró un una gran manzana roja, pero no pudo arrancar la, ni tampoco soltarse de ella. Allí quedó pegado dando puertas de un lado para otro. Tiró y tiró, pero todo intento fue inútil.

Soltando una blasfemia que se oía desde Galway hasta Killarney, gritó a Jack:

  • Te concederé otros siete años y tres veces las riquezas que tuviste la primera vez. Pero, por favor, bájame de este árbol.

Jack liberó al diablo, que salió disparado de allí.

Y Jack y su familia vivieron en medio de riquezas otros siete años. Pero al igual que el otoño ha sido el verano y la mala suerte a la buena, aquí también el tiempo se consumió y el diablo volvió a presentarse ante Jack.

  • Estate seguro de que esta vez no caeré en uno de tus trucos. Y cuando te tenga en el infierno te haré pagar por todo lo que me has hecho – dijo el diablo

Jack dijo adiós a su mujer, tomó el saco de los trapos y siguió al diablo.

Caminaron un largo rato en silencio, hasta que finalmente Jack dijo:

  • Cuando era niño me divertía mucho jugar a meter mi salir de este viejo saco. ¿sabes?, Era muy rápido y ágil entonces.
  • Hasta el más tonto lo haría – respondió el diablo riéndose
  • ¿ah, sí? Te apuesto lo que quieras a que tú no puedes – le replicó Jack – eres muy grandote y muy torpe

Jack tenía el saco abierto, y el diablo se metió dentro de un salto. Inmediatamente el saco se cerró con el diablo atrapado dentro. ¡Lo que pudo aullar y chillar el diablo! Pero Jack no le hizo caso. Se dirigió hacia las montañas con el saco al hombro hasta llegar a un maizal. Allí estaban tres hombres fornidos trillando grano con mayales de madera.

  • ¡Eh, muchachotes! – gritó Jack – éste saco es muy duro y pesado. ¿Os importaría golpearlo fuerte, para que fuera más liviano?

Los hombres golpearon fuerte el saco, pero tan duro era que rompió sus trillas.

  • ¡Vete con tu saco por ahí! – gritaron – el mismísimo diablo debe de estar dentro
  • ¡Ja, a lo mejor sí está dentro! – dijo Jack riéndose.

Siguió andando con el saco al hombro hasta que llegó a un molino de agua.

Fue hasta el molinero y le dijo:

  • Quiero ablandar este saco un poco. ¿Podrías hacerlo en tu muela?

El hombre dijo que sí y Jack uso el saco la muela. El molinero le extrañaba un poco oír crujidos dentro del saco. Más extrañado quedó, y muy enfadado, cuando la muela se rompió.

  • ¡Vete de aquí! – gritó – ¿qué es lo que llevas en ese saco, el diablo?
  • A lo mejor es persa lo que dices ­– contestó Jack, agarrando el saco y marchándose con él.

Poco después, Jack llegó a una herrería, donde seis robustos hombres estaban golpeando un trozo de hierro.

  • Descansad un poco, muchachos – grito Jack – ¿qué os parecería darle unos buenos martillazos a este saco? ¡es tan duro y pesado!
  • ¿Y por qué no? – le contestaron

Los seis hombres tomaron sus martillos y empezaron a golpear el saco. A cada golpe, rebotaba; y esto enfadó a los hombres: empezaron a golpear cada vez más fuerte hasta que quedaron agotados

  • ¡Uf! El mismísimo diablo debe de estar metido en ese saco – dijeron enfadados

Entonces, un fornido herrero perdió la paciencia, agarró un trozo de hierro al rojo y atravesó con él el saco, pillando desprevenido al diablo, que no pudo volver a sentarse durante muchísimos años.

El diablo aullaba y vociferaba:

  • ¡dejadme salir! ¡Dejadme salir! Te dejaré en paz para siempre y te haré cuatro veces más rico. Pero déjame salir

Al fin, Jack abrió el saco y dejó salir al diablo: salió disparado, a toda la velocidad que sus vapuleadas partes le permitían. Jack regresó a su casa y vivió en paz durante muchos años. Pero cuando se hizo muy, muy viejo, se sintió cerca de emprender el odiado viaje al otro mundo. Así que se dirigió a las puertas del cielo. Y llamo.

  • ¡márchate lejos de aquí! – dijo una voz – vuelve con quien has estado en tratos durante toda tu vida. ¡aquí no puedes entrar!

Entonces, Jack fue y llamó a las puertas del infierno.

  • ¿quién es? – dijo una voz
  • Jack, el cacharrero de Ballingary – contestó Jack
  • ¡No lo dejéis pasar! – exclamó una aterrorizada voz – ¡me dio golpes hasta ponerme negro y morado, y me quemo el trasero tanto que jamás me pude volver a sentar!

Como no lo dejaron entrar al infierno, Jack volvió al cielo. Tampoco querían dejarlo entrar allí: así que Jack fue condenado a vagar por el mundo, siempre de noche y a llevar únicamente un pequeño farol. No podía descansar; sólo vagar por pantanos, ciénagas, páramos y lugares solitarios, confundiendo el camino de la gente. Y Jack todavía está vagando, recorriendo los caminos hasta el día del juicio.

La gente lo llama ahora Jack, el del farol

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