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Hace mucho tiempo algo ocurrió. Si no hubiese ocurrido, nadie lo contaría. Había una vez un hombre que diariamente rezaba para pedir que le concediera riquezas. Un día, sus numerosas y frecuentes oraciones encontraron a Dios de humor para escucharlas. Cuando el hombre se enriqueció no quiso morir, así que resolvió viajar de un país a otro y asentarse en aquel en que escuchase que la gente vivía para siempre. Se preparó para su viaje, le contó su plan a su esposa y se marchó.

En cada país que llegaba preguntaba a la gente si en algún momento morían, y seguía adelante si le respondían que sí. Finalmente llegó a una tierra donde sus habitantes le dijeron que no sabían que significaba morir. El viajero, lleno de alegría, preguntó:

  • ¿pero no hay muchedumbre inmensa aquí si nadie muere?
  • No, no hay una inmensa muchedumbre – fue la respuesta – como puedes ver, siempre viene alguien y nos llama uno a uno, y el que lo sigue, nunca regresa.
  • ¿y nadie ve a la persona que llama? – preguntó el viajero
  • ¿por qué deberíamos verlo? – le respondieron

El hombre no pudo preguntar más ante el sinsentido de aquellos que seguían a una persona que los llamaba, aunque supieran que se verían obligados a quedarse donde quiera que los obligara a quedarse.

Regresó a casa, recogió sus pertenencias, y junto a su mujer e hijos, se fue a asentarse en el país donde nadie moría, pero eran llamados por alguien y nunca volvía. Estaba firmemente resuelto a que ni él ni nadie de su familia siguieran a nadie que los llamara, sin importar quien fuera. Así que, tras establecerse y arreglar sus negocios, advirtió a su esposa y a su familia que no siguieran a nadie que pudiera llamarlos, si, como dijo, no querían morir.

Así que se entregaron a los placeres, y de esta manera pasaron varios años. Un día, cuando estaban sentados cómodamente en su casa, su mujer empezó a decir:

  • ¡ya voy, ya voy!

Y miró a su alrededor buscando su chaqueta de piel. Su marido se levantó, la cogió de la mano y empezó a reprocharle.

  • ¿no sigues mi consejo? Quédate, si no quieres morir
  • ¿no oyes como me llama? Solo quiero saber qué quiere y vuelvo

Y luchó por soltarse de e ir. Él la agarró rápidamente y trató de cerrar todas las puertas de la habitación con llave. Cuando ella vio esto, dijo:

  • Déjame sola, esposo. No me importa irme ahora.

El hombre creyó que sus sentidos habían fallado y se había vuelto loca, pero antes de que pasara mucho tiempo, la esposa alcanzó la puerta más cercana, rápidamente la abrió, y salió corriendo. Su esposo la siguió, agarrándola por su bolso de piel y suplicándole que no se fuera, por si nunca volvía. Ella dejó caer sus manos, se inclinó hacia atrás, se inclinó un poco hacia adelante y repentinamente se agachó, dejó caer su bolso y lo dejó en manos de su marido, quien se quedó quieto aún mirándola mientras se alejaba, gritándole a alguien:

  • ¡ya voy, ya voy!

Cuando ya no pudo verla, el marido recuperó los sentidos, volvió a su casa y dijo:

  • Si estás loca y quieres morir, vete, no puedo ayudarte; te lo he dicho hasta la saciedad que no debías seguir a nadie, sin importar quién te llama

Los días pasaron, muchos días; semanas, meses, los años pasaron, y la paz en la casa del hombre no volvió a ser turbada. Pero al final una mañana, cuando iba a su barbería como hacía normalmente para afeitarse, cuando le ponían jabón en la cara, y la tienda estaba llena de gente, comenzó a gritar:

  • ¡No iré, ¿me oyes? No iré!

El barbero y todos los clientes lo miraban con sorpresa. El hombre miró hacia la puerta, y dijo de nuevo:

  • Toma nota, de una vez por todas, no iré, ni te seguiré más allá de allí – después gritó – vete ¿me oyes?, métetelo en la cabeza, te lo repito, no iré

Entonces, como si alguien estuviera constantemente en la puerta llamándolo, se enfadó y despotricó contra la persona por no dejarlo en paz. Finalmente saltó y cogiendo la cuchilla del barbero, gritó:

  • Dámela, que le voy a enseñar a continuar molestando a la gente

 Y salió corriendo detrás de la persona que, decía, lo llamaba, pero que nadie más podía ver. El pobre barbero, que no quería perder su cuchilla, lo siguió. El hombre corrió, el barbero lo siguió hasta que salieron de los límites de la ciudad, y justo, cuando salieron de las puertas, el hombre cayó en una sima de la que no pudo salir ya, así él también, como el resto, siguió la voz que lo llamaba.

El barbero volvió a casa sin aliento, contó a todo el mundo con el que se encontró lo que había pasado y así la historia se esparció por todo el país que la gente, que se había marchado y nunca volvía, había caído en aquella brecha, pero hasta que nadie supo que había sido de aquellos que habían seguido la voz que los convocaba allí. Cuando la muchedumbre fue a visitar la escena de la desgracia, para ver  la brecha que se tragaba a la gente y nunca tenía suficiente, nunca encontraron nada; parecía como sí desde el comienzo del mundo, no hubiera habido  nada allí excepto una extensa planicie, y desde ese momento la población de aquella zona comenzó a morir como el resto de seres humanos de la tierra

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