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Esto era un pobre jornalero que tenía tres hijos. Entre los cuatro juntaban más hambre que un cuartel. Un día, el Padre se resignó a ir a la casa de un rico y le pidió que dejara cultivar un trocito sus tierras. El rico consintió, pero a cambio de que le diera la mitad de la cosecha.

El jornalera y el hijo menor se pusieron a trabajar como leones. Los otros dos pasaban el tiempo sin hacer ni pún. Cuando empezó a brotar en trigo, el Padre mando que los tres hermanos se turnarán cada noche, para vigilar que ningún animal entrar a comerse las plantas.

La primera noche, el hermano mayor junto a la lumbre se quedó dormido. A la mañana siguiente, apareció todo el campo pisoteado y muchas plantas comidas.

El padre se desesperó:

  • ¡menudo gandul estás tú hecho! ¡te voy a dar una paliza que te vas a enterar!

Pero el hermano pequeño se interpuso y evitó que al mayor le calentaran el trasero. La segunda noche pasó lo mismo con el hijo mediano: se quedó como un tronco junto al fuego.

– ¡me vais a matar! – Gritó el padre, tirándose de los pelos al ver el sembrado destruido. Ya se iba a quitar la correa, cuando otra vez intervino el más chico:

– ¡quieto, padre! De nada sirve que te pongas así. Esta noche me toca a mí hacer la guardia y ya verás cómo mañana traigo por los por las orejas a ese bicho que nos está hundiendo el trigal.

Aquella noche, Pedro, que así se llamaba el menor, se apartó del fuego para no dormirse y vigilada tras un árbol. A eso de la medianoche, se levantó una brisa suave que traía como sonido de cascabeles, y entre los cascabeles en esta canción:

El cuerpo anaranjado,

Crines de oro.

Mis cascos son azules,

Verdes mis ojos.

La cola violeta

Y añil. De fuego rojo

Son mis orejas

Pedro se puso a mirar por todas partes, hasta que había avanzar un caballito retozón. Aquí como, aquí no como, aquí brinco, aquí no brinco, el caballito correteaba sus anchas por todo el sembrado.

Pedro nos daba crédito a lo que estaba viendo y se pellizcaba. Cuando el caballito se acercó a la hoguera, pudo verlo mejor.

En efecto, aquel caballito de la de los siete colores del arco iris, como había dicho la canción. Pedro salió de detrás de un árbol con una estaca. Entonces el caballito habló:

  • ya que has sido capaz de descubrirme, me pondré a tu servicio. Cuando te veas en apuros, no tienes más que decir: ¡Caballito multicolor, necesito tu favor! Y enseguida vendré en tu ayuda.

No había terminado de hablar, cuando desapareció como soplo. Pedro se quedó como el que ve visiones. Lo malo es que cuando lo contó a la mañana siguiente, sus Hermanos se burlaron de él. Sólo el padre le creyó. Pero, viendo que estaban en la ruina, mandó a los tres hijos a que se buscará la vida por el mundo adelante.

Andando, andando, se les fue haciendo de noche. Los Hermanos mayores la dijeron a Pedro:

  • anda, tú que vigilas tan bien, súbete ese árbol y avísanos si ves venir fieras o gigantes, que por aquí hay muchos. Nosotros, mientras, dormiremos.

Como el árbol era muy alto hicieron una torre humana los dos mayores y Pedro escaló por ellos está la copa. Cuando estuvo arriba, los otros se apartaron y se echaron a reír:

  • ¡ja, ja, has caído en la trampa! ¡a ver cómo bajas, hermanito!

Luego se fueron, dejándolo allí solo.

Al poco rato, Pedro sintió unas pisadas muy fuertes. Eran dos gigantes horribles que se sentaron al pie del árbol. Con aquellas bocazas que tenían, más grandes que un túnel, se pusieron hablar. Uno dijo:

– los del pueblo de abajo pronto se morirán de sed, porque se han secado todas las fuentes. ¡qué tontos! No saben que ya desviado del agua siete leguas. ¡ja, ja, ja!-Y dijo el otro:

– pues los el pueblo de arriba pronto se morirán de hambre, porque todo lo que siembran lo roen los ratones por la raíz; yo he juntado los de toda la comarca. ¡Con una docena de gatos, lo arreglaban! ¡ja, ja!

Entonces dijo el primero:

  • ¡pues el tontaina del rey dice que no casará a su hija si no es con un caballero que sea capaz de montar en el arco iris! ¡como si eso fuera posible!

Pedro, que se enteró de todo, esperó a que se fueran los gigantes. Entonces exclamó:

  • ¡caballito multicolor, necesito tu favor!

De repente apareció el caballito, que le dijo:

  • no tengas miedo y tirante con las piernas abiertas.

Así lo hizo el muchacho y cayó sobre el caballo en el momento de salir a galope. Muy pronto alcanzó a los dos hermanos, que se quedaron con la boca abierta cuando vieron a Pedro en aquel caballo de siete colores, y que, además, cantaba:

El cuerpo anaranjado,

Crines de oro.

Mis cascos son azules,

Verdes mis ojos.

La cola violeta

Y añil. De fuego rojo

Son mis orejas

– ¿queréis haceros ricos?-Les preguntó Pedro

– ¡hombre, vaya pregunta!

– pues sólo tenéis que hacer una cosa: uno a ir al pueblo de arriba y otro al pueblo de abajo. Allí pedís un real a cada vecino por devolverles el agua y la siembra. Yo os diré cómo

Pedro les explicó lo que tenían que hacer, pero los dos hermanos, en vez de cobrar un real, cobraron un dineral y dejaron arruinados a los dos pueblos, aunque con agua y sembrados.

Mientras, Pedro se presentó ante el palacio del rey, que al verlo sobre el caballito de siete colores, comprendió que aquel debía ser el marido de su hija. Pedro y la princesa se casaron y volvieron juntos en el caballito a buscar al Padre de Pedro. Pero poco antes de entrar en el pueblo el caballito desapareció de pronto y los dos se cayeron de culo.

Los Hermanos mayores se habían gastado todo el dinero en vino y francachelas. Un día pensaron:

  • volvamos a aquel pino donde nuestro hermano se enteró de tantas cosas.

Cuando estaban sumidos en el pino, llegaron los gigantes y uno de ellos dijo:

  • me da a mí en la narizota que alguien nos escuchó la otra vez, porque el pueblo de abajo tiene agua, y el de arriba, frutas y hortalizas. ¿No será…?

En ese momento miró para arriba y vio allí a los hermanos. Entonces, y le pegaron un zamarreo al pino y los dos hermanos cayeron directamente en las pocas de los gigantes, uno en cada una. Y colorín, colorado, este coloreado cuento se ha acabado

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