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Esto era un rey viudo que tenía una hija muy guapa. La princesa se parecía tanto a la madre, que el rey no quería separarse de ella, ni a sol ni a sombra. A todas artes la llevaba

Pero la niña se estaba haciendo mayor y entró en edad de casarse. Un día le dijo a su padre:

  • Padre, todas las princesas del contorno se han casado ya. Y a mí ¿Cuándo me toca?
  • Descuida hija – contestó el rey – Todo se andará.

Pero pasó otro invierno, y el rey no volvió a hablar del asunto.

Llegó el verano y dispusieron  trasladarse a la casa de campo. Resultó que llegaron la misma noche de San Juan, y los campesinos y los criados estaban celebrando una fiesta con hogueras, bailes y canciones. Una de las canciones decía:

Ésta es la noche lunera

De nuestro patrón San Juan

Hay un príncipe durmiente

Que en ella despertará.

La niña que esté a su lado

Con él se ha de casar.

La princesa prestó mucha atención. Al día siguiente llamó a una criada y le preguntó qué quería decir aquella letra.

  • ¿no conoce usted esa leyenda, majestad? Pues mi abuela me contó, que se lo había contado su abuela, que muy lejos, muy lejos de aquí, está el castillo del Príncipe Durmiente. Dicen que es el príncipe más guapo que ha existido jamás, pero que padece el mal del sueño por culpa de un hechizo.
  • ¿y quién le echó ese hechizo?
  • Pues dicen que la diosa lunar. Que una noche, estando el príncipe dormido en su terraza, lo vio y dicen que se enamoró de él perdidamente.
  • Quién, ¿la Luna?
  • Sí, majestad, la Luna Lunera Cascabelera.
  • ¿y qué más?
  • Que sin poder resistirlo, tomó forma humana y bajó a darle un beso al príncipe mientras dormía. Y para que nadie se lo disputara, vertió un sueño eterno en sus ojos, dicen. Sólo la noche de san Juan ella pierde su poder y él se despierta. Lo demás lo dice el cantar: La niña que esté a su lado/ con él se ha de casar.
  • ¿y dónde queda ese castillo?
  • Pues dicen… dicen que por donde salga la luna hay que ir, preguntando preguntando.

La princesa no se lo pensó dos veces. Aquella misma noche esperó a que saliera la luna por detrás de un monte. Y sin decirle nada a nadie, montó en su caballo y partió al galope.

La Luna ya estaba alta, cuando la princesa llegó a una casa que había en el bosque. Salió a recibirla una vieja revieja. La princesa le preguntó:

  • ¿Tú sabes dónde está el castillo del príncipe durmiente?
  • Yo no, hija mía. Pero mi hijo el Sol lo sabrá. Escóndete en este arcón, para que no te deslumbre cuando llegue

Llegó el Sol y dijo:

  • ¡A carne cruda huele aquí. Si no me la das, te como a ti!
  • Anda, hijo mío, si es una muchacha extraviada que anda buscando el castillo del príncipe durmiente.
  • Eso, mi hermana la Luna lo sabe, pero a nadie se lo dirá. Mejor que le pregunte a mis hermanas las estrellas.

Y mandaron a la princesa a casa de las estrella. Pero las estrellas tampoco lo sabían, y la mandaron a casa del aire, que está en todas partes, tanto de día como de noche. Y, claro, el aire lo sabía:

  • Coge por ese camino y no lo pierdas. Llegarás al castillo, que está guardado por dos leones. Si tienen los ojos abiertos, es que duermen; si los tienen cerrados, están despiertos. Ten cuidado, no te equivoques.

La princesa no se equivocó. Esperó a que los leones abrieran los ojos para pasar tranquilamente entre ellos. Cuando estuvo dentro, vio que era un palacio hermosísimo. Empezó a recorrerlo, y por todas partes había estatuas de hombres y mujeres que parecían de carne pero inmóviles. Había también grandes salones y jardines, todo limpio y bien cuidado, y en silencio total.

Al fin encontró el dormitorio del príncipe, y allí estaba, en una cama lujosísima, más guapo que un ángel y profundamente dormido. La princesa se sentó en una silla a su lado, a esperar a que despertara.

Pero la Luna que lo había visto todo desde el cielo, sintió mucha rabia. Esperó a que estuviera cerca la noche de San Juan y entonces bajó convertida en una muchacha pálida de ojos negros, muy negros. Y llamó a las puertas del castillo. La princesa se asomó al balcón.

  • Pasaba por aquí – dijo la Luna – y me ofrezco a ser tu doncella
  • Pues qué bien – dijo la princesa – aquí no hay nada que hacer, ya que la comida y la limpieza se hacen solas. Pero al menos me darás compañía

Así fue.

La doncella se sentó al otro lado de la cama del príncipe y empezó a darle conversación a la princesa. Cuando se acercó la noche de san Juan, un minuto antes de las doce hizo que asomaran los cascabeles de su poder. Estos se oyeron fuera del castillo, y dijo la doncella:

  • Ahí vienen los músicos. Asómese usted al balcón, verá que bien tocan

Y en efecto era una música deliciosa; tanto, quela princesa no pudo resistir y salió al balcón a escucharla. En ese momento, se despertó el príncipe, que al ver a la doncella a su lado, dijo:

  • Menos mal que esta vez hay alguien junto a mí. Tú has roto el encanto y contigo me casaré

En aquel momento volvió la princesa del balcón y el príncipe preguntó quién era.

  • Mi doncella – mintió la Luna
  • Pues que se quede con nosotros a ayudarnos a preparar la boda, como mis demás criados y cortesanos – dijo el príncipe, señalando a todas las estatuas que en aquel momento revivían. Todos se mostraron dichosos y rodearon al príncipe.

La princesa, mientras tanto, se apartó a un rincón y empezó a llorar amargamente.

Cuando le preguntaron qué quería que el príncipe le regalara por haber acompañado a la novia hasta su desertar, dijo:

  • Unapiedra dura, dura, y un ramito de amargura.

Nadie sabía lo que era aquello, salvo un mago de la corte, que dijo:

  • Eso sólo lo quieren los que están cansados de vivir. Esa piedra dice siempre la verdad.
  • ¿Y tú por qué estás cansada de vivir? – le preguntó el príncipe muy interesado.

Entonces vio que la princesa le hablaba a la piedra:

  • Piedra dura de la verdad, ¿quién esperó hasta el dulce despertar?

Y contestó la piedra:

  • Aleja, princesita, tu amargura. Que es la noche de San Juan, y ella vuelve a su negrura

En aquel momento se hizo un gran resplandor en los salones y se levantó un viento muy fuerte. De pronto apareció la luna en el cielo, que antes no estaba. La princesa le contó al príncipe lo ocurrido, y este lo comprendió y se casó con ella. Y colorín colorado este lunero cuento se ha acabado

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