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Había en otros tiempos un príncipe persa, llamado Koruscha, al cual le agradaba mucho recorrer por la noche, disfrazado, las calles de la ciudad en busca de lances y aventuras. Murió el Sultán, su padre; el Príncipe subió al trono, y a pesar de su alta categoría, no por eso prescindió de sus primeras aficiones, que le proporcionaban el enterarse a fondo de lo que en su capital ocurría. Una noche, que salió acompañado de su gran Visir, se detuvo a la puerta de una casa de pobre aspecto, miró por el ojo de la cerradura y vió a tres hermanas sentadas en un sofá que estaban conversando.

—Yo —decía una— quisiera casarme con el panadero del Sultán para comer siempre ese pan tan bueno que le hacen.

—Y yo —replicó la segunda— desearía ser mujer del cocinero mayor del soberano, porque me gustan mucho los excelentes guisados.

—Pues yo, por mi parte —dijo la menor de las hermanas, que era una joven muy linda—, no soy tan modesta como vosotras, y codiciaría ser esposa del Sultán.

Los deseos de las tres hermanas, y sobre todo el de la menor, le parecían tan extraños al Sultán, que determinó satisfacerlos, para lo cual hizo que su gran Visir llevase a las jóvenes al día siguiente a Palacio. Fueron allá, inquietas y temerosas, y grande fué su rubor al saber que el soberano había descubierto el secreto de sus pensamientos y que estaba, además, decidido a realizarlos sin demora. Quisieron excusarse, pero todos sus esfuerzos se inutilizaron ante la voluntad del Sultán; celebráronse las bodas aquel mismo día; las de las hermanas mayores con la poca ostentación que era consiguiente a la clase humilde de sus respectivos maridos, y la de la hermana menor con la pompa y el fausto que requería el enlace del soberano. Esta notable diferencia excitó los celos y la envidia de las dos hermanas, quienes resolvieron vengarse de la Sultana a toda costa. Valiéndose de intrigas y malas artes, se apoderaron del primer hijo que tuvo su hermana, y, dentro de una cesta, arrojaron al recién nacido a las aguas del canal que pasaba por los jardines de Palacio.

Casualmente paseaba en aquel momento a lo largo del canal el intendente de los jardines, y al ver la cesta que flotaba sobre las aguas llamó a un jardinero y le ordenó que la recogiese.

El buen intendente se quedó aturdido al descubrir que la cesta contenía un niño que, a pesar de ser recién nacido, como se echaba de ver en seguida, acusaba una belleza extraordinaria.

Largos años hacía que el intendente estaba casado, sin que el cielo le hubiese concedido un hijo; así, pues, interrumpiendo su paseo, mandó al jardinero que le siguiese con la cesta y entró en la habitación de su mujer, exclamando:

—¡Esposa mía, ya tenemos un hijo! Buscad en seguida una nodriza y cuidadlo como si fuera vuestro.

La mujer tomó al niño y, mientras le cubría de besos, pensaba el intendente:

—No me cabe duda de que ha sido arrojado al canal desde las habitaciones de la Sultana; pero me guardaré muy mucho de practicar investigaciones, que podrían llevar la guerra adonde tan necesaria es la paz.

Al año siguiente la Sultana dió a luz otro Príncipe, y las desnaturalizadas hermanas lo colocaron también en una cesta y lo echaron al canal, diciendo al Sultán que su esposa había alumbrado un gato.

Afortunadamente para el niño, el intendente de los reales jardines paseaba a lo largo del canal y lo llevó a su casa.

El sultán de Persia, desesperado por esta nueva desgracia, de la que culpaba a su esposa, pensaba castigar a ésta cruelmente, pero el Visir logró calmarlo.

Finalmente, la Sultana dió a luz por vez tercera una Princesa, y la inocente criatura corrió la misma suerte que sus hermanos.

Las dos hermanas, que habían decidido no dar por terminada su abominable empresa hasta ver a su hermana menor despreciada por el Sultán, confiaron también al canal la Princesita, que, como sus hermanitos, fué recogida por el intendente.

El sultán Koruscha no pudo contenerse al tener conocimiento de este nuevo parto.

—¡Cómo! —exclamó—. ¿Esa mujer indigna de mi afecto va a llenar mi palacio de monstruos? No será así, a fe mía. Ella es también un monstruo del que debo librar al mundo.

Pronunciada así la sentencia de muerte, ordenó al Visir que la hiciera ejecutar sin pérdida de tiempo.

Éste y los cortesanos que se hallaban presentes se prosternaron ante el Sultán, suplicándole que revocase la sentencia.

—Señor —dijo el Visir—, permítame Vuestra Majestad hacerle presente que las leyes del reino sólo condenan a muerte al que haya cometido un gran delito, y los tres partos de la Sultana no se pueden considerar como tales. A infinidad de mujeres les ha sucedido y les sucede diariamente lo mismo, y por esto se les considera dignas de compasión, pero no de castigo. Puede Vuestra Majestad no volver a verla, pero dejadla vivir. El continuo dolor en que vivirá desde que le retiréis vuestra gracia, será el mayor castigo que pueda aplicarse a una delincuente.

—Es cierto —repuso el Sultán—; que viva, pero en condiciones que le hagan desear la muerte. Mandad que la encierren en una jaula de madera de modo que quede fuera la cabeza, y vestida con telas groseras exponedla en la puerta de la mezquita principal. Ordenad al mismo tiempo que todo musulmán que vaya a hacer sus oraciones está obligado a escupirle en el rostro, so pena de sufrir el mismo castigo.

El tono con que el Sultán pronunció este último decreto hizo enmudecer al Visir, y la bárbara orden fué cumplida.

El intendente y su mujer criaron a los príncipes con ternura, paternal, que aumentaba a medida que crecían en edad. Los niños revelaban todos ingenio extraordinario, y la Princesa una belleza sorprendente.

Cuando tuvieron edad para ello, el intendente les puso un maestro para que les enseñase a leer y a escribir; la Princesa, que asistía a sus lecciones, mostró tan vehementes deseos de instruirse, que su padre adoptivo le dió el mismo preceptor, y en poco tiempo alcanzó y aun aventajó a sus hermanos.

Con los mismos maestros estudiaron geografía, poesía, historia y ciencias, incluso las ocultas, y como nada encontraban difícil, hicieron tales progresos que sus maestros se vieron obligados a declarar que sabían ya tanto como ellos.

Los Príncipes aprendieron también equitación, y la Princesa, que no quería que la sobrepujasen en nada sus hermanos, ejercitóse con ellos, de manera que sabía montar a caballo, guiarlo y tirar la jabalina con destreza sorprendente.

El intendente, henchido de gozo al ver que los niños por él criados correspondían de tal suerte a los sacrificios y penalidades que se había impuesto, quiso hacer todavía más gastos para mayor comodidad de sus hijos adoptivos; así, convirtió su modesta casa en magnífica mansión, rodeada de jardines, a los que añadió un bosque extensísimo y poblado de animales de todas clases, con objeto de que los Príncipes pudieran dedicarse al ejercicio de la caza cuando lo tuvieran por conveniente.

Cuando el edificio estuvo concluido, alhajado con arreglo a su magnificencia y en condiciones de ser habitado, el intendente fué a postrarse a los pies del Sultán y le suplicó que, en atención a su edad tan avanzada, le relevase de un cargo que había desempeñado durante los reinados del abuelo y del padre del actual soberano y continuaba desempeñando aún. El Sultán se resistió al principio a desprenderse de un servidor tan fiel, pero al fin, conmovido por sus súplicas, hubo de ceder, asegurando al viejo intendente que siempre le querría y honraría como hasta entonces.

La esposa del intendente había muerto ya, y el anciano se instaló en su palacio en compañía de los dos Príncipes, a quienes había impuesto los nombres de Baman y Perviz, y de la Princesa, que se llamaba Parizada.

No sobrevivió mucho tiempo a su amada esposa, pues a los cinco meses de habitar su nueva residencia murió repentinamente, sin haber podido revelarles su elevado origen.

Baman, Perviz y Parizada, que no habían conocido otro padre que el intendente de los jardines del Sultán, rindiéronle los honores fúnebres que el amor y la gratitud filial exigían de ellos.

Satisfechos con los cuantiosos bienes que heredaron, vivieron juntos y amándose mutuamente, sin más ambición que la de ser gratos los unos a los otros.

Cierto día que los dos Príncipes habían ido de caza y la Princesa quedó sola en el palacio, llegó una vieja y devota musulmana rogando que le permitiesen entrar para hacer sus oraciones.

La Princesa ordenó que la condujesen al oratorio que, a falta de mezquita, había hecho construir el intendente, y que cuando la devota hubiese terminado sus oraciones le enseñasen la casa y el jardín y se la presentasen luego.

Parizada aguardaba a la vieja musulmana en un vasto salón que sobrepujaba en magnificencia a todos los departamentos del suntuoso palacio.

—Mi buena madre —le dijo en cuanto vió a la anciana—, acercaos y tomad asiento a mi lado. Me felicito de que la fortuna me ofrezca ocasión de aprovechar el buen ejemplo y oír los buenos consejos de una persona como vos.

La devota quería sentarse en el suelo, pero la Princesa la obligó a hacerlo en el sitio de honor.

—Señora —dijo entonces la anciana—, no esperaba ser recibida con tanta benevolencia, que no merezco; pero me lo mandáis y fuerza es obedeceros.

La conversación se prolongó largo rato sobre los ejercicios de devoción que la musulmana practicaba y su género de vida, y, por último, le preguntó Parizada qué le había parecido su casa.

—Señora —repuso la anciana—, muy mal gusto había de tener para no encontrarla admirable: es espléndida, amena, alhajada con magnificencia, y está situada en un paraje encantador. Sin embargo, me tomaré la libertad de deciros que, para no tener igual en el mundo, le faltan tres cosas.

—¿Qué cosas son ésas, mi buena madre? —preguntó la Princesa—. Os ruego que me las digáis, pues os juro que haré cuanto esté en mi mano para adquirirlas.

—Señora —contestó la devota musulmana—, son el pájaro que habla, un pájaro singular que se llama Bulezar, el cual tiene además la virtud de atraer a todas las aves canoras para que acompañen su voz; el árbol que canta, cuyas hojas son otras tantas bocas que forman un concierto armonioso de voces diferentes; y, por último, el agua amarilla de color de oro, de la cual basta una gota para hacer un surtidor perenne que cae en la pila, sin que ésta rebose jamás.

—¡Cuánto os agradezco, mi buena madre, las noticias que me dais! Segura estoy de que sabéis también el lugar donde se hallan, y os suplico que me lo reveléis.

Y para complacer a la Princesa, contestó la anciana:

—Esas tres preciosidades se hallan en un mismo sitio en los confines de este reino. La persona que vaya a buscarlas no tiene más que caminar veinte días, siguiendo siempre la carretera que pasa por delante de esta casa, y al cabo de ese tiempo, el primero a quien pregunte por dichos objetos, le informará del lugar en donde puede encontrarlos.

Apenas proferidas estas palabras, se marchó la devota, y la Princesa, muy preocupada con la revelación, refirió lo sucedido a sus hermanos cuando éstos estuvieron de vuelta. El príncipe Baman se levantó de repente, y dijo que había resuelto ir en busca del pájaro, del árbol y del agua de oro, para regalar las tres cosas a su querida hermana. Tanto ésta como el príncipe Perviz quisieron disuadirle de su intento, exponiéndole los peligros a que iba a arriesgarse, pero Baman se mostró decidido a emprender la aventura e hizo en seguida los preparativos necesarios para la marcha. A punto ya de partir, dió a su hermana un cuchillo envainado y le dijo:

—Toma; de vez en cuando saca el cuchillo, y mientras la hoja esté brillante será una prueba de que vivo; pero si se empaña y gotea sangre, es que habré dejado de existir. Entonces acompaña mi muerte con tus lágrimas y tus oraciones.

El valeroso Príncipe abrazó a sus hermanos por última vez, y bien armado y equipado, tomó el camino recto, atravesando toda la Persia, hasta que a los veinte días cabales de marcha, vió a un anciano de aspecto desagradable, sentado a la sombra de un árbol, a corta distancia de la pobre choza que le servía de abrigo contra los rigores de la intemperie. Las cejas blancas le caían hasta la nariz; el bigote blanco también le cubría la boca, y la barba y los cabellos le llegaban hasta los pies. Tenía las uñas de tamaño descomunal y llevaba un sombrero de anchas alas semejante en la forma a un quitasol; su vestido consistía en una estera arrollada en derredor del cuerpo.

Este anciano era un derviche retirado del mundo y de sus vanidades, lo cual explicaba el abandono y desaseo de su persona. El príncipe Baman, que desde por la mañana había estado atento en observar si encontraba a alguien que le diese noticias, se detuvo junto al derviche, echó pie a tierra y saludó al anciano, el cual contestó, pero tan confusamente, que el Príncipe no entendió ni una sola palabra, y viendo que se lo estorbaba el bigote que le cubría la boca, sacó unas tijeras y pidió al derviche permiso para cortárselo. No se opuso el anciano, y concluida la operación, dijo el derviche:

—Quienquiera que seáis, os agradezco el servicio que me habéis hecho y estoy pronto a recompensarlo en lo que de mí dependa. Supongo que no os habréis bajado del caballo sin motivo, y así, decídmelo y procuraré complaceros.

—Buen derviche —replicó el Príncipe—, vengo de lejanas tierras y busco el pájaro que habla, el árbol que canta y el agua de oro. Ignoro el sitio en que están estas preciosidades, y si lo sabéis os ruego me enseñéis el camino para no perder el fruto de mi largo y penoso viaje.

—Señor —respondió el derviche con el semblante demudado—, conozco el camino por que me preguntáis, y el cariño que ya os tengo me hace titubear en daros respuesta afirmativa. El peligro a que vais a exponeros es inmenso; otros valerosos caballeros que han pasado por aquí me han hecho la misma pregunta, y ni uno solo ha vuelto triunfante de la atrevida empresa, de la cual traté siempre de disuadirles. No vayáis más adelante y volveos a vuestro país.

—Cualquiera que sea el peligro de que me habláis —dijo el Príncipe—, lo arrostraré sin miedo alguno, porque creo tener más valor que mis enemigos.

—¿Y si los que os acometan no se dejan ver porque son tan numerosos como invisibles, cómo os defenderéis contra ellos?

—No importa, yo sabré arreglarme —respondió el Príncipe—, y os suplico por segunda vez que me mostréis el camino.

Viendo el derviche que eran vanos sus consejos, metió la mano en un saco que tenía junto a sí, sacó una bola y la presentó al Príncipe.

—Tomad esta bola —dijo—, y cuando estéis a caballo, tiradla y seguid tras ella hasta la falda del monte donde se pare; bajaos entonces, y dejad suelta la brida del corcel, que os esperará en el mismo sitio. Al subir, encontraréis a derecha e izquierda una multitud de piedras negras, y oiréis una confusión de voces que os insultarán para desanimaros e impedir que lleguéis a la cumbre; no os asustéis ni miréis hacia atrás, porque al punto os convertiréis en piedra negra como las que veréis, y que son otros tantos señores frustrados en su intento. Si lográis evitar el peligro y llegáis a lo alto del monte, hallaréis una jaula y en ella un pájaro, y como éste habla, le preguntaréis dónde se encuentra el árbol y el agua de oro, y él os lo indicará. Ahora, haced lo que gustéis.

—Agradezco vuestras advertencias —dijo el Príncipe—, y creo que pronto me veréis cargado con las preciosas maravillas que busco.

Tomó Baman la bola, montó a caballo, y no sin dar las gracias al derviche arrojó al suelo la bola, según éste le había prevenido. Fué rodando hasta la falda del monte, y allí se detuvo el Príncipe, dejando el caballo, que permaneció inmóvil a pesar de tener la rienda suelta. Empezó Baman a subir la cuesta, flanqueada de piedras negras, y apenas hubo dado cuatro pasos, cuando oyó las voces de que le había hablado el derviche.

—¿Adónde va ese calavera atolondrado? —Decían.

—¿Qué es lo que quiere? No le dejéis pasar.

Y otras le llamaban ladrón y asesino, y se burlaban luego de él y de su loco empeño en conseguir la jaula con el pájaro. El Príncipe siguió subiendo intrépidamente, pero las voces hicieron tal estruendo y algarabía que se asustó, comenzaron a temblarle las rodillas, volvió la cabeza para retroceder y en el acto quedó transformado en piedra negra, lo mismo que su caballo.

Desde el día en que salió el príncipe Baman, llevaba su hermana a la cintura el cuchillo que el joven le dejó para que supiera si estaba muerto o vivo. Grande fué la pena de la Princesa y de Perviz cuando vieron un día que chorreaba sangre el misterioso cuchillo. Lloraron ambos la pérdida de su hermano querido. Parizada se arrepintió mil veces de haberle revelado la conversación de la beata.

—Parizada, lloramos inútilmente a nuestro hermano; nuestras lágrimas y nuestro dolor no habrán de devolvérnoslo. Así, pues, acatemos la voluntad de Dios y resignémonos a sus inescrutables designios. ¿Por qué dudas ahora de las palabras de la devota que tuviste por ciertas y verdaderas? Si esas tres cosas no existiesen realmente, habríase abstenido de hablarte de ellas. ¿Qué motivos tenía para engañarte? ¿No la acogiste, por ventura, con toda la bondad de que eres capaz? Por lo tanto, en vez de llorar y lamentarnos, lo que debemos hacer es averiguar el paradero de nuestro hermano. Tal vez no ha muerto y le ha ocurrido alguna desgracia por haber olvidado o hecho algo que no podemos adivinar. Yo estaba dispuesto a emprender en su lugar el viaje que ha hecho; ahora, pues, con doble motivo debo ponerme sin pérdida de tiempo en camino y así lo haré.

En vano le manifestó la infeliz Princesa que iba a quedarse sola en el mundo, sin amparo y sin consuelo; el Príncipe persistió en su resolución, y en vez de un cuchillo dió a su hermana un collar de perlas con cien cuentas, diciéndole:

—Repasa las cuentas de este collar durante mi ausencia, y si se detienen en el hilo sin correr atrás ni adelante, como si estuviesen pegadas las unas a las otras, será prueba de que he sufrido la misma suerte que mi hermano. Pero no creo que suceda así, y espero tener la dicha de volver a verte muy pronto.

El Príncipe marchó, y a los veinte días de camino tropezó con el mismo derviche en el paraje en que Baman le hubo encontrado. Hízole las preguntas oportunas, el anciano respondió en iguales términos que empleaba siempre, y por medio de la conversación supo que el joven era hermano del que le había cortado el bigote.

—Si no seguís con más exactitud mis consejos —dijo el derviche—, os sucederá lo propio que a vuestro hermano, o lo que es lo mismo, seréis al punto convertido en piedra negra.

Dió luego al Príncipe una bola del saquillo con las instrucciones necesarias, que el joven observó con puntualidad. Cuando se detuvo la bola, paró el caballo y subió la cuesta a pie muy decidido a llegar a la cumbre, pero a los cinco o seis pasos oyó cerca de sí una voz de hombre que le decía:

—Aguarda, temerario, que voy a castigar tu insolencia.

El príncipe Perviz no pudo contenerse al escuchar el insulto, tiró del sable, volvió hacia atrás para vengarse, y apenas tuvo tiempo de ver que nadie le seguía, porque quedó transformado en piedra negra, lo mismo que su caballo.

Desde que marchó el príncipe Perviz, la princesa Parizada no se había descuidado un solo día de pasar las cuentas del collar de perlas que aquél le había entregado. Al instante mismo en que Perviz sufría la misma desgraciada suerte que su hermano Baman, notó la Princesa que las perlas no obedecían al movimiento que quería imprimirles y no dudó de que aquello significaba la muerte de Perviz.

Y como de antemano había decidido lo que debía hacer si llegaba el desgraciado caso, se sobrepuso a su dolor y al día siguiente, vestida de hombre, armada convenientemente y provista de todo lo necesario, montó a caballo y se puso en camino, siguiendo el mismo que recorrieron sus hermanos.

A los veinte días de marcha ininterrumpida, encontró al derviche, y echando pie a tierra, fué a sentarse a su lado, después de haberle saludado, y le dijo:

—Buen derviche, permitid que descanse un momento junto a vos y dignaos indicarme dónde se encuentran el pájaro que habla, el árbol que canta y el agua de oro.

—Señora —repuso el derviche—, por la voz he conocido que sois mujer. Sé dónde se encuentran esas tres cosas por las que preguntáis; mas, decidme, ¿por qué motivo queréis saberlo?

—Buen derviche —contestó la princesa Parizada—, me han referido tantas maravillas acerca de ello, que ardo en deseos de verlas.

—Y no os han engañado, señora —replicó el derviche—; pero es el caso que se oponen dificultades casi insuperables a la realización de vuestro deseo. Creedme, lo que debéis hacer es volver a vuestra casa, pues no quisiera yo contribuir a vuestra perdición.

—Querido anciano, he venido desde muy lejos y seríame muy doloroso regresar sin haber conseguido mi objeto. Supongo que las dificultades a que aludís pueden acarrearme la muerte. De todos modos, explicadme en qué consisten y qué peligros pueden amenazarme, a fin de hacerme cargo si confiando en mi valor me es dable llevar a cabo mi empresa.

El derviche le hizo entonces las mismas advertencias que a su hermanos, exagerando los obstáculos y ponderando lo difícil que era subir hasta la cima de la montaña para apoderarse de la jaula en que estaba encerrado el pájaro que hablaba, el cual había de indicarle dónde se hallaban el árbol que cantaba y el agua dorada. No se olvidó tampoco de hablarle de los gritos y voces amenazadoras que salían de todas partes sin lograr ver a quienes los proferían, y de las piedras negras que infundían pavor sabiendo que eran caballeros y animales encantados.

—Deduzco de cuanto me habéis dicho —repuso la Princesa— que la mayor dificultad consiste en saber dominarse para llegar hasta la cima de la montaña sin hacer caso de los insultos, ruegos o amenazas que se me dirijan y sin mirar nunca atrás. En cuanto a lo último, confío en que podré ser dueña de mi voluntad; mas, por lo que se refiere a las voces, no estoy muy segura de que el miedo no se apodere de mí. Ahora bien; como en las empresas peligrosas es lícito recurrir a algún artificio, yo lo emplearé y estoy cierta de que saldré victoriosa.

—¿Y qué artificio es ése? —preguntó el derviche—. ¿Qué pensáis hacer?

—Taparme los oídos con algodones para no oír las voces por fuertes y espantosas que sean.

—Ignoro —replicó el anciano— si alguno ha hecho ya uso de ese medio; lo único que os diré es que todos han fenecido en la empresa. Pero una vez que estáis tan resuelta a acometerla, tomad esta bola, arrojadla al suelo y deteneos cuando ella se pare. Lo demás ya lo sabéis y procurad no olvidar mis consejos y repetidas recomendaciones.

La Princesa se tapó los oídos con algodones, después de llegar tras de la bola a la falda del monte, y comenzó a subir con paso firme y decidido; el algodón no era de gran efecto, porque, a pesar de él, oía Parizada los groseros insultos que de todas partes se le dirigían. Sin embargo, llegó a tal altura, que pudo descubrir la jaula y el pájaro, el cual, en lugar de animarla, le decía con voz atronadora:

—Retírate; no te acerques, vete de aquí.

Pero la Princesa, sin arredrarse lo más mínimo, puso la mano sobre la jaula y se apoderó de ella.

—No extrañéis, señora —dijo el pájaro mientras la joven se quitaba el algodón de los oídos—, que yo me haya juntado con los que defendían mi hermosa libertad; pero, de ser esclavo, prefiero teneros por dueña, y desde ahora os juro fidelidad y sumisión a todos vuestros mandatos. Sé quién sois, y día llegará en que os haga un gran servicio; por de pronto, decidme lo que queréis para obedeceros al punto.

—Primeramente —respondió gozosa la Princesa—, dime dónde está el agua de oro.

El pájaro le indicó el paraje, y la Princesa llenó un frasco de plata que llevaba del precioso líquido.

—Ahora dime dónde puedo encontrar el árbol que canta.

—En ese bosque inmediato —respondió el pájaro.

Fácil le fué a la joven el distinguirlo, no sólo por su altura, sino también por el armonioso concierto que oyó.

—Le he visto y oído —dijo al pájaro—, pero no puedo llevármelo a causa de sus enormes dimensiones.

—No es preciso tampoco —replicó el ave—, porque bastará que arranquéis una rama y la plantéis en vuestro jardín; echará raíces en seguida, y dentro de poco será un árbol tan lozano y frondoso como el que acabáis de admirar.

—Aun no es bastante esto —dijo la Princesa cuando tuvo en su poder las tres preciosidades—; eres causa de la muerte de mis dos hermanos, que deben estar entre esas piedras negras, y quiero a todo trance llevármelos conmigo.

—Tomad ese cántaro que veis ahí —contestó el pájaro—, y al bajar de la montaña verted un poco del agua que contiene sobre cada piedra negra, y de este modo recobraréis a vuestros hermanos.

Parizada, con la jaula, el cántaro, la rama y el frasquito lleno de agua de oro, comenzó a bajar, vertiendo el líquido del cántaro sobre cada piedra que encontraba, la que instantáneamente se convertía en un hombre, apareciendo también los caballos de los señores transformados. De este modo, volvieron a la vida los príncipes Baman y Perviz, los cuales abrazaron a su hermana, colmándola de elogios y bendiciones.

—Queridos hermanos —les preguntó—, ¿qué habéis hecho aquí?

—Dormir —le contestaron.

—Sí —replicó la Princesa—; pero sin mi auxilio duraría aún vuestro sueño y quién sabe si no hubierais despertado hasta el fin del mundo. ¿No recordáis que vinisteis en busca del pájaro que habla, del árbol que canta y del agua de oro y que visteis a vuestra llegada estos lugares sembrados de piedras negras? Mirad si queda una siquiera. Los señores y los caballeros que nos rodean y vosotros mismos erais esas piedras.

Y les explicó de qué manera había podido volverlos, a su ser natural.

Los príncipes Baman y Perviz, lo mismo que los caballeros que la rodeaban, prorrumpieron en subidos elogios del valor heroico de la Princesa, declarando éstos que, lejos de envidiarla por haber llevado a cabo una empresa que en vano intentaron ellos, creíanse obligados, y así lo hacían, a declararse esclavos de ella.

—Señores —replicó la Princesa—, si habéis oído atentamente lo que os he dicho, sabréis que cuanto he realizado ha sido con el exclusivo objeto de recuperar a mis hermanos; por lo tanto, nada tenéis que agradecerme, y no veo en vuestro ofrecimiento más que un acto de cortesanía. Os considero, pues, tan libres como lo erais antes de vuestra desgracia, y me felicito de haber tenido ocasión de conoceros. Mas, apresurémonos a alejarnos de este lugar funesto; monte cada cual a caballo y regresemos al país de donde hemos venido.

Y esto diciendo, dió ella misma el ejemplo tomando las riendas de su caballo. En aquel momento le rogó Baman que le permitiese llevar la jaula.

—No, el pájaro es mi esclavo —contestó Parizada—, y quiero llevarle yo misma; toma tú la rama del árbol que canta, y tú, Perviz, te encargarás del frasquito que contiene el agua de oro.

Así se hizo, y Parizada, a ruegos de todos, se puso a la cabeza de la numerosa comitiva, que emprendió la marcha, encontrando muerto al anciano derviche, no se supo si de vejez o porque no era ya necesario enseñar a nadie el camino que conducía a las anheladas preciosidades que conquistó la heroica Princesa, quien llegó felizmente a su casa con los Príncipes sus hermanos. Parizada puso la jaula en el jardín, y apenas comenzó el pájaro a cantar, cuando los ruiseñores, los pinzones, las alondras y otra infinidad de pájaros vinieron a acompañarle con sus gorjeos. La rama la hizo plantar a su presencia en un cuadro del mismo jardín; arraigó al instante, y a los pocos días era ya un árbol corpulento, cuyas hojas producían la misma armonía que aquél del cual había sido desprendida. Mandó colocar en medio del jardín una hermosa concha de mármol, y cuando estuvo dispuesta, derramó la Princesa en ella el agua de oro y salió un surtidor que se elevaba a la altura de veinte pies, volviendo a caer sin que se derramase una sola gota. La nueva de tamaños portentos cundió por las cercanías, y como las puertas del jardín estaban siempre abiertas, no faltaron gentes que acudieron en tropel a admirar tan sorprendentes maravillas.

Al cabo de algunos días, repuestos los Príncipes de las fatigas del viaje, volvieron a sus antiguas costumbres de cazar diariamente, y emprendieron una partida a tres leguas de su casa. Cuando estaban entretenidos en perseguir a un ciervo, se presentó el sultán de Persia cazando en el mismo sitio que los Príncipes habían elegido, y así que vieron que se acercaba, tomaron el partido de retirarse para evitar su encuentro pero le hallaron en un sitio tan estrecho que no podían dejar de ser vistos. Sorprendidos así, postráronse a las plantas del Sultán, el cual les ordenó que se levantasen, preguntándoles quiénes eran y dónde vivían. El príncipe Baman tomó la palabra.

—Señor —dijo—, somos hijos del último intendente de los jardines del palacio de Vuestra Majestad y habitamos una casa que hizo construir poco antes de su muerte.

—Según veo —replicó el Sultán—, gustáis de la caza.

—Señor —dijo el príncipe Baman—, es nuestro ejercicio favorito; ninguno de los súbditos de Vuestra Majestad destinado a servir en los ejércitos debía desatenderlo, con arreglo a la antigua usanza de este reino.

—Desearía veros cazar —repuso el Sultán—, y espero que al punto vengáis conmigo.

Los Príncipes montaron a caballo, siguieron al soberano, y al poco trecho salieron varias fieras de sus guaridas; el príncipe Baman escogió un león para combatirle, y el príncipe Perviz un oso. Partieron ambos al mismo tiempo con indecible arrojo, y manejaron las armas con tal maestría, que pronto vió el Sultán a las fieras exánimes bajo los golpes de los diestros cazadores. Baman, sin detenerse, escogió otro oso, y su hermano un fiero león, saliendo también triunfantes de la tremenda lucha.

—Quiero utilizar vuestro valor —dijo admirado el Sultán—, y por consiguiente, deseo que no os expongáis más tiempo a los peligros de luchar con esas fieras.

El Sultán sintió tan irresistible inclinación por los Príncipes, que les ordenó fuesen a la Corte, incorporados a la comitiva.

—Señor —dijo el príncipe Baman—, Vuestra Majestad nos honra más de lo que nos merecemos y le suplicamos nos dispensa de recibir tamaño favor.

—¿Y por qué no queréis venir conmigo?

—Señor, tenemos una hermana menor con la cual vivimos tan estrechamente, que nada hacemos sin consultarla antes, y ella nos corresponde del mismo modo.

—Alabo esa unión —dijo el Sultán—; consultad a vuestra hermana, y mañana, cuando venga a cazar, me daréis la respuesta.

Los Príncipes se olvidaron durante dos días consecutivos de hablar a Parizada de la aventura, y el Sultán, lejos de incomodarse por ello, sacó de una bolsa tres bolitas de oro y las puso en el pecho de Baman, diciéndole:

—Las bolas harán que esta noche no olvidéis mi encargo, y mañana espero saber si vendréis o no conmigo a la Corte.

Gracias a este recurso, se acordó Baman de referir lo sucedido a la Princesa, quien opinó debían ir los jóvenes a la Corte a hacer fortuna, aunque ella pasase por el duro trance de quedarse sola en la casa, privada de la presencia de hermanos tan queridos.

Sin embargo, fué de parecer que se ocultase el pájaro que hablaba y que había ofrecido, su auxilio cuando la familia se hallase en algún conflicto. Fueron a ver al pájaro, y enterado éste de lo que sucedía, contestó:

—Es preciso que los Príncipes accedan a los deseos del Sultán, y que además le ofrezcan esta casa para que vea a Parizada, porque de todo ello resultará un gran beneficio.

Los dos jóvenes no dudaron ya sobre el partido que deberían tomar, y al día siguiente dijeron al Sultán que estaban prontos a seguirle a la capital y ponerse a sus órdenes. El soberano, muy gozoso, los colocó a su lado en la cabalgata, honor insigne que dispensaba a pocos personajes de la Corte, y así entró en la ciudad, cuyos habitantes quedaron prendados de la gallardía y gentileza de ambos jóvenes.

Una vez llegados a Palacio, comieron en la mesa misma del Sultán, conversando con tal lucidez e ilustración que el soberano de Persia no volvía en sí de entusiasmo y sorpresa, al encontrar dos personas de tanto talento bajo la apariencia de sencillos cazadores.

Concluido el banquete, se celebró un magnífico concierto vocal e instrumental, hasta que acercándose la noche se despidieron los Príncipes del Sultán, muy agradecidos por los obsequios que les había dispensado, y no sin rogarle que honrase su casa en la primera ocasión que fuese a cazar por las cercanías. Así ofreció el Sultán que lo haría con sumo placer, y Parizada, al saber la promesa del soberano, fué en el acto a consultar con el pájaro acerca de lo que debería presentar al Sultán que fuera de su agrado.

—Lo que más gusta a Su Majestad —repuso el pájaro— es un plato de pepinos con relleno de perlas.

—Eso que dices es un disparate —replicó asombrada la Princesa—; las perlas no se comen, y además todas las que yo tengo no bastarían para hacer el relleno.

—No os apuréis por ello —dijo el pájaro—; id mañana, de madrugada, al pie del primer árbol del parque, cavad a mano derecha, y allí encontraréis las perlas que os hagan falta.

La Princesa mandó llamar a un jardinero, hizo que cavase, y a cierta profundidad tropezó el hombre con un bulto que era un cofrecito de oro. Abriólo la Princesa y vió que estaba lleno de perlas de igual tamaño; gozosa con su tesoro, fué en busca de sus hermanos, los cuales quedaron atónitos al contemplar tanta riqueza y saber el origen de ella. Se dispuso en seguida un espléndido banquete para obsequiar dignamente al soberano, y el cocinero se quedó sorprendido cuando la Princesa le ordenó que hiciese un plato de cohombros rellenos con las perlas que le presentó.

A la mañana siguiente fueron, los Príncipes a encontrar al sultán de Persia para conducirle a su casa, donde le esperaba la princesa Parizada, de quien el Sultán quedó prendado al ver su belleza y su finura en los saludos y las palabras que le dirigió antes de enseñarle la quinta, que el sultán de Persia comparó con mi magnífico palacio; pero lo que más le llamó la atención fué el jardín y el surtidor de agua de color de oro.

—¿De dónde proviene esta agua maravillosa —dijo—, que no me canso de mirarla? ¿En qué sitio está el manantial de este surtidor que no tiene igual en el mundo?

La Princesa no le contestó nada y le condujo al árbol que cantaba.

—No veo los músicos que cantan tan deliciosamente —dijo el Sultán mirando a uno y otro lado—; ¿están debajo de la tierra o suspendidos e invisibles en el aire?

—Señor —respondió la Princesa sonriendo—, no son músicos los que forman ese concierto, sino las hojas del árbol que tiene delante Vuestra Majestad. Acérquese más y se convencerá de ello.

El Sultán quedó embelesado al oír la música maravillosa, y también quiso saber de qué país provenía el árbol; la Princesa, sin embargo, no satisfizo su curiosidad y le llevó a ver el pájaro que hablaba. Al acercarse el soberano al salón, vió un sinnúmero de pájaros que hacían resonar sus trinos en el aire; mucho extrañó que estuviesen allí y no en los árboles del jardín, y fué mayor su asombro cuando oyó que la Princesa dijo, dirigiéndose al pájaro que estaba en la ventana:

—Esclavo mío, he aquí al Sultán; salúdale cual sé merece y le corresponde por su alta jerarquía.

Dejó el pájaro de cantar, y respondió:

—Que sea bien venido el Sultán, a quien Dios colme de prosperidades.

—Te doy las gracias por tus buenos deseos, y me complace ver en ti al Rey de los pájaros —contestó el Sultán maravillado.

En seguida, se pusieron a la mesa, y cuando llegó el turno al plato de los cohombros, al partir uno, vió Su Majestad el relleno de perlas, y miró alternativamente a los Príncipes y a la Princesa para interrogarles; pero el pájaro se adelantó y dijo:

—Señor, ¿Vuestra Majestad se pasma de ver un relleno de perlas, habiendo creído tan fácilmente que la Sultana, su esposa, diera a luz tres monstruos?

—Así me lo aseguraron —respondió el Sultán.

—Sí, pero fueron las hermanas de la Sultana, envidiosas de su brillante casamiento —añadió el pájaro—. Éstos que aquí veis son vuestros hijos, arrojados al agua y recogidos por el jardinero mayor de Palacio, que los educó con cariñoso esmero.

—Doy entero crédito a lo que me dices —exclamó el Sultán conmovido—, porque desde el primer momento comprendí por instinto que la sangre de estos Príncipes era la mía propia. Venid acá, hijos míos, que yo os abrace y os haga las caricias de un tierno padre.

Abrazáronse todos derramando lágrimas de gozo, y terminada la comida, dijo el soberano que al día siguiente volvería a la quinta de los Príncipes para presentarles a la Sultana, su madre, y que por lo tanto se dispusiesen a recibirla.

Regresó el soberano a la capital con toda presteza, y su primer acto fué ordenar el arresto de las envidiosas hermanas de su esposa; hecho así, y confesas y convictas del crimen de infanticidio, fueron descuartizadas inmediatamente. Todo se ejecutó en menos de una hora. En seguida fue el Sultán con lujosa comitiva a la puerta de la mezquita, a sacar a su esposa de la cárcel de madera en que había pasado tantos años, y públicamente le pidió perdón de la injusticia cometida, participándole el castigo de sus culpables hermanas. La Sultana, vuelta a Palacio y a su rango y consideraciones, se vistió un traje magnífico, y en unión de su esposo se trasladó a la quinta donde habitaban sus hijos, a los cuales no conocía, circunstancia que no amenguó el cariño que su maternal corazón les profesaba.

Es indescriptible la escena que tuvo lugar en la casa de campo, como asimismo el asombro de la Sultana al contemplar el pájaro, el árbol y el agua de oro. En seguida se dirigieron todos a la Corte, seguidos de una brillante comitiva, y los habitantes de la ciudad, que ya sabían que el Sultán había descubierto a sus tres hijos y devuelto a la Sultana su libertad, se agolpó en tropel en las calles del tránsito para aclamar y vitorear a sus Príncipes.

Parizada no quiso abandonar su pájaro, el cual atraía a las aves que se posaban cantando sobre los árboles y sobre los tejados de las casas.

A la noche hubo grandes iluminaciones y regocijos, que duraron muchos días, en celebridad del fausto suceso que había llenado de alegría el corazón del sultán de Persia.

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