EL TAG DE LA TELE

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El siguiente tag lo he sacado del blog https://natified.com

UNA SERIE QUE NUNCA DEBIÓ SER CANCELADA

La de star wars rebels que se cancelará tras la emisión de la cuarta temporada

UNA SERIE QUE DEBERÍA SER VISTA POR MÁS GENTE

Doctor who, torchwood, peaky blinders y un largo etcétera

TU SERIE NUEVA FAVORITA (QUE ESTÉ EN SU PRIMERA TEMPORADA)

Claramente taboo, ya he hablado alguna vez de ella, pero toma como punto de partida un hecho real que involucró a un particular y a la compañía de las Indias Orientales inglesa en un litigio por unas tierras que actualmente pertenecen a Estados Unidos y a Canadá

TU SERIE FAVORITA

Si tengo que elegir una me quedo con Los Simpson.

UNA SERIE QUE ODIES

Quizá no hablaría exactamente de odio pero en este apartado me quedo con el ministerio del tiempo

EPISODIO FAVORITO DE TU SERIE FAVORITA

Claramente el capítulo titulado en inglés All’s Fair in Oven War, (Todo vale en el horno y en la guerra en España y En la guerra todo se vale en Hispanoamérica) es un capítulo en el que Marge se presenta a un concurso de cocina cuyo premio es ser la imagen de una marca de productos de repostería, a la vez que esto ocurre Bart transforma la cabaña del árbol en una especie de mansión play boy a la que llega a invitar a James Caan

EPISODIO QUE MENOS TE GUSTA DE TU SERIE FAVORITA

Creo que en los Simpson no hay ningún capítulo malo

UNA SERIE QUE TODOS DEBERÍAN VER

Doctor who, torchwood, Roma

LA MEJOR ESCENA

Hay una escena en doctor who en la que Jack Harkness se tira en plancha contra la tardiss después de correr desesperadamente hacia ella, la dejo enlazada debajo:

UNA SERIE QUE NO PENSASTE QUE TE GUSTARÍA PERO TERMINASTE AMANDO

Doctor who, a esta llegué a través de un spin off, es verdad que es un género que suele gustarme, pero también lo es que nunca pensé que esta serie me gustaría

UNA SERIE QUE TE DECEPCIONÓ

Strangeer things, más que nada porque esperaba bastante más, sobre todo teniendo en cuenta que todo el mundo dijo en su momento que la serie era maravillosa

UN EPISODIO QUE HAS VISTO MÁS DE CINCO VECES

Cualquiera de los Simpson

SERIE FAVORITA DE LA INFANCIA

Demasiadas para elegir sólo una

PERSONAJE MASCULINO FAVORITO

Jack Harkness de Torchwood y Doctor Who, Shiryu de caballeros del Zodiaco…

PERSONAJE FEMENINO FAVORITO

Hera Syndulla y Sabine Wren de star wars rebels

UNA SERIE QUE SEA UN ‘PLACER CULPABLE’

En estos momentos flash y arrow.

MINI SERIE FAVORITA

La adaptación de orgullo y prejuicio que hizo la BBC en 1995

SECUENCIA INICIAL FAVORITA

La pelea inicial del capítulo 5 de defenders en el restaurante chino

MEJOR REPARTO DE TELEVISIÓN

El de torchwood y el de the defenders

BESO FAVORITO

Jack Harkness y John Hart de Torchwood

PAREJA FAVORITA

Jack Harkness y Ianto Jones de Torchwood

FINAL DE SERIE FAVORITO

El de perdidos

PERSONAJE MÁS DESAGRADABLE

Seiya de caballeros del zodiaco, más que nada porque es un personaje cargante

MEJOR CITA

 

UNA SERIE QUE PLANEAS VER (ANTIGUA O NUEVA)

Star wars Las guerras clon

FINAL DE SERIE MÁS OMG WTF?

El de torchwood, más que nada por lo terriblemente malo que fue

MEJOR PILOTO DE SERIE

El de perdidos

PRIMERA SERIE CON LA QUE TE OBSESIONASTE

Perdidos, pero recuerdo que la obsesión con esta serie fue algo general, no sólo cosa mía

OBSESIÓN ACTUAL DE LA TELEVISIÓN

La antes mencionada taboo

MUERTE MÁS TRISTE

La de Ianto Jones en torchwood

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THOR RAGNAROK

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El pasado lunes fui a ver la última película en torno al universo marvel, Thor: ragnarok y me gustaría hacer un breve comentario sobre ella para hablar de mis impresiones.

En primer lugar, me gustaría decir que la película es realmente divertida, en general muchas de las situaciones planteadas son tan absurdas que uno no puede evitar reírse, a la vez que vemos como Thor el protagonista termina de evolucionar y de convertirse en el líder que su pueblo necesita que sea.

En segundo lugar, es cierto que en algunos detalles es una adaptación muy libre de los mitos que toma como punto de partida, como ejemplo podemos tomar el hecho de que a Hell se la presenta como hija de Odin, pese a lo cual, la película merece la pena.

En el aspecto de los personajes, creo que ha sido un acierto tanto la incorporación de la valkiria, como de Hulk, así como la incorporación tanto de Kate Blanchett como Hell y el de Karl Urban (Star trek, el señor de los anillos) y sobre todo me gustaría destacar a Tom Hiddleston en su papel de Loki.

En cuanto al habitual punto de los finales post créditos me gustaría destacar dos cosas:

  1. Están tratando de unir a Thor con los Vengadores: inffinity war.
  2. El segundo final me ha parecido un poco extraño, para lo que suele hacer marvel habitualmente

Por último y como pequeña pega personal, decir que creo que la estética de la película es una mezcla de las películas anteriores en torno a Thor, la ciencia ficción cutre y la adaptación cinematográfica que hicieron de la trilogía el señor de los anillos.

En fin, ya para ir acabando, personalmente recomiendo ir a verla (a pesar de la pequeña pega expuesta un poco más arriba) ya que la película es realmente divertida, y os va a hacer pasar un rato muy divertido

CINCO MUÑECOS POSEIDOS

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Posiblemente la mayoría de nosotros seríamos capaces de mencionar al menos tres muñecos ficticios (cinematográficos y literarios) poseídos; lo que no todo el mundo sabe es que algunos de esos muñecos toman como base a un muñeco real que por una razón o por otra están poseídos; en este día de Halloween, vamos a contar las historias de cinco de esos muñecos:

5 LA MUÑECA OKIKU

muñeca Okiku, imagen de http://mitosurbanosve.blogspot.com.es

La historia de esta muñeca comienza en 1932, cuando una niña llamada Kikuko se encontraba tan gravemente enferma que los médicos la habían dado ya por desahuciada.

Viendo este sufrimiento su hermano le compra una muñeca vestida con el traje tradicional japonés, esta muñeca terminaría encantando a la niña, quien decidió llamar  la muñeca Okiku y no separarse de ella, el caso es que el nombre de  la muñeca proviene de un cuento de fantasmas, según el cual la sirvienta de un samurai (llamada Okiku, como la muñeca) fue enviada a lavar los platos y en algún punto rompió uno sin querer, por miedo a las consecuencias decidió ocultar el accidente, pero como suele ocurrir sus jefes se dieron cuenta y la mataron, creo recordar que tirándola a un pozo, según el cuento tras esto y desde el momento de la muerte la sirvienta se aparece por las noches contando los platos y al ver que le falta uno se oye un grito sobrenatural y desaparece.

Volviendo a la historia que nos ocupa, en 1933 Kikuko muere y es incinerada y sus cenizas son colocadas en una urna junto a la muñeca.

A partir de aquí es cuando las cosas empiezan a ponerse un poco raras ya que el pelo de la muñeca comienza a crecer descontroladamente, por lo que la familia entendió que el alma de la niña se había instalado en la muñeca.

Más tarde, tras el estallido de la segunda guerra mundial, la familia tuvo que huir de su casa por lo que decidieron llevar la muñeca al templo Mannenji (Japón) donde estaría protegida

Actualmente (y tras pasar por varios templos) la muñeca se encuentra en Hokkaido donde puede visitarse, de la gente que la ha visto, hay quien dice que además del famoso pelo que sigue creciendo incluso hay quien ha visto llorar a la mueca.

4 LA MUÑECA MANDY

La muñeca Mandy, imagen de http://emadion.it

Actualmente se encuentra en un museo en Quesnel, Columbia Británica.

Mandy fue llevada al museo por su propietaria, quien dijo que cuando la muñeca era de su propiedad oía llorar a un bebé.

Después de que Mandy llegara al museo Quesnel lo sonidos del bebé llorando comenzaron a oírse en el museo, además parece ser que se oían pisadas cuando no había nadie.

Los trabajadores del museo afirman que los objetos se mueven y que desaparecen cosas misteriosamente.

3 LA MUÑECA CLAIRE

Claire es una muñeca de porcelana que pertenecía a una señora mayor llamada Marian. Ella decidió regalarle la muñeca a su vecina de 8 años Jill Phillips, ya que creía que la muñeca se parecía a la niña y como muestra de afecto decide dársela. Desde el primer instante la niña aceptó el regalo pero no terminaba de sentirse cómoda con ella y le veía algo extraño, pero a pesar de todo decidió guardarla en su habitación y dejarla en una mecedora sin más. Lo difícil de creer es que la niña por las noches escuchaba como si alguien correteara alrededor suyo mientras dormía o como si alguien se riera cerca suyo…

Le contó a sus padres lo que ocurría, pero estos no le creyeron, porque pensaron que era el típico cuento de niña debido a que esta le podía tener miedo a la oscuridad. Las cosas empiezan a ponerse raras cuando Jill ve abrirse el armario donde guardaba sus muñecas y estas se empiezan a mover y por si fuera poco la mecedora donde estaba Claire se balancea sola junto con la muñeca que cruza los pies y gira la cabeza hacia ella…

Ante el ataque de pánico de Jill los padres la llevan de urgencia al hospital.

Lo que supieron posteriormente de la historia de la muñeca es que Marian, la anciana que le había regalado la muñeca a la niña, vivía en una casa donde alrededor de 1900, en las vías que pasaban debajo de su propiedad, hubo un desastroso accidente de tren con 38 víctimas fatales y que la señora nunca supo de donde vino la muñeca, solo que estaba en su casa cuando ella se mudó allí, la encontró en su armario y a raíz de cosas que le pasaban decidió regalarle la muñeca a su vecinita.

Actualmente Jill conserva a Claire en una Casita de madera que ella misma le hizo.

2 EL MUÑECO ROBERT

El muñeco Robert, imagen de https://www.guioteca.com/

Cuenta la leyenda que en 1896, Robert Eugene Otto, un niño que vivía junto a su familia en una casa en Key West (Florida, Estados Unidos) recibió un regalo de una criada que trabajaba en su casa: un muñeco de 91 cm de alto, relleno con paja, cosido con alambre y vestido con un traje de marinero blanco. El niño, a quien sus padres llamaban Gene, bautizó al muñeco con su propio nombre: Robert.

Lo que el niño y su familia no sabían era que parte del personal de la servidumbre, venidos muchos de Bahamas, eran practicantes de vudú y magia negra (algo muy habitual en algunas comunidades del Caribe) y que el muñeco no era tan inocente como aparentaba. En cualquier caso desde el principio el niño se encariñó mucho con el muñeco; hablaba con él y procuraba tenerlo cerca en todo momento.

Los padres de Gene, que veían a Robert como una especie de amigo imaginario, comenzaron a preocuparse cuando empezaron a oír al niño hablar con alguien más mientras este estaba encerrado solo en su habitación, como si alguien se encontrara allí además del niño; a la vez que ocurría esto, los vecinos afirmaban que cuando la familia Otto salía de casa, veían al muñeco asomarse por las ventanas de la casa, como si hubiera cobrado vida y se moviera solo. Además, por si esto no fuera suficiente, el niño empezó a sufrir de terribles pesadillas a la vez que les decía a sus padres que Robert había empezado a moverse por su cuenta; como ejemplo de esto parece ser que un día los padres del niño oyeron un estruendo en la habitación de este, cuando llegaron, encontraron la mayoría de muebles volcados y al muñeco tirado a los pies de la cama; cuando le preguntaron al niño porqué había hecho eso, el niño les respondió entre lágrimas: no fui yo, fue Robert.

Sospechando que algo ocurría con el muñeco, los padres decidieron sacarlo de la habitación de Gene y dejarlo en un rincón del ático de la casa. No quisieron tirarlo porque su hijo se había encariñado mucho con él. Con el paso del tiempo Robert quedó allí abandonado, llenándose de polvo.

Años más tarde, tras la muerte de sus padres, Gene, convertido en pintor, heredó la casa donde había pasado su niñez, así que decidió mudarse en compañía de su esposa, con intención de poder pintar tranquilamente y sobre todo darle uso al mirador de la casa, ubicado en una torre de tres pisos de altura.

Gene pronto encontró a Robert en el ático, su compañero de juegos en la infancia, inmediatamente lo rescató del olvido y el polvo y lo instaló en el mirador. A partir de ese momento el vínculo entre ellos volvió a hacerse presente, lo que provocó un clima extraño en la casa.

COMIENZAN DE NUEVO LOS SUCESOS SOBRENATURALES…

Desde ese momento comenzaron los informes de hechos sobrenaturales protagonizados por el muñeco. La esposa de Gene afirmaba que la expresión del muñeco cambiaba a veces, como si hubiera empezado a experimentar emociones, mientras que por otra parte algunos vecinos comentaban que habían visto al muñeco desplazarse por la casa mientras que los niños de las escuelas cercanas evitaban pasar cerca de la casa de los Otto, porque decían que Robert se agazapaba detrás de las ventanas mientras los espiaba. Gene y su esposa llegaron al punto de dejar de recibir visitas porque la gente temía encontrarse al muñeco por la casa.

Cansado de Robert y sus travesuras Gene decidió devolver a Robert al ático, lo que provocó que las visitas empezaran a decir que ocasionalmente se escuchaban pasos y risas inexplicables en el piso superior y ciertas partes de la casa.

Gene murió en 1972, la casa se vendió rápidamente y Robert quedó olvidado en el ático hasta que una nueva familia se instaló en la casa y la hija de la familia encontró a Robert. La niña se emocionó mucho cuando encontró al muñeco, pero parece que este no simpatizó mucho con ella, ya que esta empezó a gritar de terror por las noches, alegando que el muñeco había tratado de matarla.

Finalmente Robert fue sacado de la casa, y llevado al Martello Gallery – Key West and Historical Museum, donde se encuentra actualmente, y donde a día de hoy sigue siendo tan activo como antes: algunos trabajadores afirman que en octubre se vuelve más activo, también cuentan que se puede oír golpeteo en el cristal de la urna donde lo tienen guardado y ocasionalmente Robert aparece apoyado contra la vitrina de exhibición, como si se hubiera movido por sí solo.

Ý lo más curioso es que antes de grabarlo o fotografiarlo hay que pedirle permiso, ya que si no se hace esto la persona puede recibir una posible maldición.

Por último comentar que Robert sería la base para crear al cinematográfico muñeco Chucky.

1 ANNABELL

Muñeca Annabelle, imagen de http://esasombroso.com/

Para entender la historia de esta muñeca nos tenemos que remontar al año 1970, en esa época Donna era una estudiante de la universidad de enfermería que compartía piso con Angie; como a Donna le gustaban las muñecas su madre le regaló a una muñeca de trapo.

Donna puso la citada muñeca en su cama como decoración (al igual que hacemos muchas personas a día de hoy), el problema vino cuando unos días más tarde Donna y su compañera de piso se percataron de que cuando volvían a casa la muñeca había cambiado de posición y que incluso las puertas de las habitaciones se abrían o se cerraban solas, hasta aquí todo relativamente normal, es a partir de que la muñeca lleve un mes en la casa cuando las cosas se empiezan a poner todavía más raras ya que las dos chicas empezaron a encontrar notas escritas con lápiz en papel de pergamino y con una caligrafía infantil que ponían ayuda o ayuda a Lou.

Tras todo esto, un día al llegar a casa, Donna no encontró a la muñeca en el sitio donde la había dejado, cuando la encontró y se acercó a inspeccionarla, se llevó la desagradable sorpresa de que la muñeca tenía lo que parecían gotas de sangre en las manos y en el pecho. Para esto la chica no tenía ninguna explicación lógica.

Muy asustadas Angie y Donna buscaron ayuda en expertos en fenómenos paranormales, uno de los cuales (un médium para ser más exactos) organizó una sesión de espiritismo, durante la cual el espíritu de Annabell Higgins entró en el cuerpo de Donna, según la historia que contó el espíritu, había sido una niña que había vivido en la propiedad en la que se encontraba el edificio donde vivían las dos jóvenes y que había aparecido misteriosamente muerta en el mismo lugar donde se encontraba la vivienda de las chicas. Esta sesión, sirvió para traer calma a Donna y a Angie y también para que decidieran quedarse con la muñeca.

En este punto habría que mencionar a Lou, un amigo de las chicas que pasaba mucho tiempo con ellas y que desde el principio sintió aversión hacia Annabell, este chico fue también testigo y víctima de la muñeca ya que un día estando en casa de las chicas oyeron ruidos en la habitación de Donna, al ir a la habitación, esta estaba vacía salvo por la muñeca, cuando Lou entró y se dirigió hacia la muñeca sintió como si le siguieran y al girarse no había nadie, sintió dolor y una punzada en el pecho, al abrirse la camisa tenía desgarros y marcas que se fueron curando casi milagrosamente.

Después de lo ocurrido a su amigo, las chicas decidieron ponerse en contacto con representantes de la iglesia para que les informaran de qué tipo de espíritu podía encontrarse en su casa. El caso llegó hasta Ed y Lorraine Warren que se interesaron por el suceso y lo investigaron.

El matrimonio Warren llegó a la conclusión de que la muñeca no estaba poseída pero que era manipulada por un espíritu, ya que en ocasiones estos se unen a lugares y objetos. Lo peligroso, según ellos, es que los espíritus utilizan a los muñecos como paso previo a poder acceder a un cuerpo humano, y que si las chicas hubieran tenido más tiempo con ellas a la muñeca alguien de la casa hubiera sufrido una posesión.

Actualmente la muñeca se encuentra en el museo de los Warren

BIBLIOGRFÍA

LITERATURA Y TELEVISIÓN: UNA COLABORACIÓN FRUCTÍFERA PARTE II

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Hoy, como prometí en su momento, os traigo la segunda entrada sobre libros adaptados a serie o a miniserie, solo recordaros que las premisas de estas (en principio) dos entradas son simples, quien esto escribe ha leído los libros y visto las series o miniseries a las que han sido adaptados.

Al igual que en la entrada anterior las fechas que doy son las de producción y emisión de las series, no las de publicación de los libros

En el caso de las series que nos ocupan hoy, han sido mayoritariamente producidas y emitidas por la cadena BBC

ORGULLO Y PREJUICIO (1995)

imagen de https://descargacineclasico.com/

Narra las vicisitudes de las hermanas Bennet para encontrar un marido adecuado así como las relaciones con diversos caballeros hasta lograr hacer buenos matrimonios.

En este caso encontramos una adaptación de seis capítulos del clásico homónimo de Jane Austen salida de las entrañas de la BBC, y es realmente fiel al texto del que parte, y que diga esto y no le ponga pegas a la adaptación, en mi caso, dice mucho de la adaptación ya que se dan dos circunstancias bastante alarmantes: suelo ser muy exquisita con adaptaciones audiovisuales de libros y este volumen es uno de mis libros favoritos, con lo cual soy más exigente todavía.

En este caso, si que pido un poco de indulgencia porque la serie tiene ya unos cuantos años y la estética puede no estar acorde con lo que se ve en la actualidad

JANE EYRE

Adaptación del clásico de Charlotte Brontë. Después de una mísera niñez en un orfanato, Jane Eyre acepta un trabajo como institutriz de una vivaracha niña francesa en la aislada y sombría mansión de Thornfield Hall. Jane se enamora del señor Rochester, el inquietante señor de Thornfield. Después de convertirse en su esposa, Jane averiguará el tortuoso y oscuro secreto que esconde la mansión.

Otra adaptación salida de la BBC, también una muy buena adaptación a la pequeña pantalla, y muy fiel al texto de Charlotte Bronte

En este caso la serie creo que es del año 2006 aproximadamente y está protagonizada por Ruth Wilson y Toby Stephens y compuesta de 4 episodios de aproximadamente 1 hora de duración.

En general tengo que decir que aunque me gusta, la última vez que he leído el libro he visto algunos detalles que no me han gustado excesivamente, a pesar de los cuales sigo pensando que el libro es fantástico, al igual que la serie.

SENTIDO Y SENSIBILIDAD (2008)

Marianne Dashwood se enamora del fascinante y voluble Willoughby. Su hermana Elinor le advierte de que su comportamiento impulsivo puede ser motivo de abierta desaprobación por parte de su círculo social. A Marianne le molesta que su hermana no quiera entender los dictados del corazón, pero ignora que Elinor ha sufrido un amargo desengaño amoroso del que nunca ha dejado traslucir ni un amago, preocupada, ante todo, por mantener el decoro y las formas sociales establecidas. Las diferentes experiencias con el amor vividas por las dos hermanas, finalmente les hacen comprender que las dos tenían una parte de razón: Tanto el sentido como la sensibilidad tendrán un papel de importancia semejante para ayudarles a alcanzar la felicidad.

En este caso la serie se compone de tres capítulos de una hora de duración; el caso de esta serie es especial, ya que el libro del que parte tuve muchos problemas para leerlo y fue esta miniserie la que hizo que finalmente lo leyera.

EMMA

La joven Emma Woodhouse, rica heredera con pocas cosas que hacer, se dedicará a lo largo del libro y de la serie a inventar cosas sobre algunos vecinos que le acarrearán disgustos a ella y a los afectados, lo que hará que vaya madurando a lo largo del libro hasta ser el modelo de mujer que se buscaba en la época en la que el libro fue escrito.

Creo recordar que esta serie tampoco tiene un alto número de capítulos, y que, al igual que las adaptaciones que suele hacer la BBC, es muy fiel al texto original.

Personalmente, y sé que hay gente a la que no le va a gustar lo que voy a decir, la protagonista y varios de los personajes que pululan por la novela, son personajes ligeramente cargantes que dada su condición social (herederos de fortunas, curas, etcétera) se creen con más derechos que el resto a tener lo que quieran para ascender socialmente o para controlar la vida de la gente que está a su alrededor porque consideran que pueden hacerlo (caso del señor Elton, que quiere casarse con una rica heredera para ascender socialmente o de la propia Emma con Harriet) sin pararse a pensar en el daño que hacen a la gente que tienen a su alrededor.

A pesar de esto tanto el libro como la miniserie son muy recomendables

GRIMM Y LOS CUENTOS CLÁSICOS (2011 – 2017)

Un policía con una visión especial para detectar a personajes de cuentos clásicos se dedicará a resolver casos un tanto raros que ningún otro policía podría cerrar.

Este es otro caso raro de serie que mezcla géneros que aparentemente no casan bien, el género policiaco y los cuentos clásicos, la verdad es que tras seis temporadas (ha terminado de emitirse a primeros del presente año 2017) y algunos problemillas iniciales con la serie, se ha convertido en uno de mis clásicos televisivos, es verdad que en si la serie tuvo varios altibajos, pero merece la pena verla, no solo por la mezcla de géneros, sino por cómo se plantean los casos y como se tocan los cuentos y leyendas a lo largo de la serie

SERLOCK HOLMES, SHERLOCK Y ELEMENTARY

El caso de Sherlock Holmes y las dos series que han salido en los últimos años en torno a él voy a pasar un poco de puntillas sobre ellos ya que no he leído todos los libros en torno al personaje, y las series no las he visto enteras, a pesar de lo cual, creo que merecen ser mencionados ya que las series son una cosa que se podría definir como curiosa.

En el caso de las adaptaciones a series del personaje de Arthur Conan Doyle, las menciono de pasada ya que se ha trasladado al famoso detective victoriano al mundo actual, una de ellas ambientada en Reino Unido y la otra en Estados Unidos, no quiero tampoco que parezca que ambas series son copias calcadas una de la otra, porque no lo son, pero si quiero que quede claro que son las dos adaptaciones más curiosas de todas las que se van a mencionar tanto en esta entrada como en la anterior que se hizo sobre este tema.

COMENTARIO FINAL

Me gustaría repetir otra vez que esto es una selección personal de series y libros que no tiene porqué coincidir con lo que otra persona seleccionaría, también quiero repetir una vez más que los años facilitados en la entrada (en las dos) son los años de emisión de las series, no los de las publicaciones de los libros.

EL REY DE LOS ELFOS (JOHN CONNOLLY)

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¿Cómo debo empezar este relato? Érase una vez, quizá; pero no, no es exacto. Así quedaría como un relato muy lejano en el tiempo y el espacio, y no es uno de esos relatos.

No es uno de esos relatos ni mucho menos.

Mejor, pues, iniciar la narración tal como la recuerdo. A fin de cuentas, este relato es mi propia historia: mía es la experiencia, mía la obligación de contarla. Ahora ya tengo cierta edad, pero no soy tonto. Por la noche todavía atranco las puertas y echo los pestillos de las ventanas. Todavía miro entre las sombras antes de dormirme y dejo a los perros campar libremente por la casa, ya que ellos lo olerán si vuelve, y yo estaré preparado para recibirlo. Las paredes son de piedra, y mantenemos las antorchas encendidas. Siempre hay cuchillos a mano, pero lo que él más teme es el fuego.

No se llevará a nadie de mi casa. No raptará a ningún niño bajo mi techo.

Mi padre no era un hombre tan cauto. Conocía las leyendas de antaño, porque él mismo me las contó cuando yo era niño: cuentos del Hombre de Arena, que arranca los ojos a los niños pequeños si no se duermen; y de Baba Yagá, la bruja demonio que viaja en un carruaje de huesos viejos con las manos apoyadas en cráneos de niños; y de Escila, el monstruo marino que arrastra a los hombres a las profundidades y posee un apetito insaciable.

Pero nunca habló del rey de los elfos. Lo único que decía mi padre era que no debía aventurarme a entrar en el bosque solo, y que nunca debía quedarme allí fuera después del anochecer. Allí fuera había cosas, decía: lobos, y seres peores que los lobos.

Está el mito y está la realidad: lo uno lo contamos, lo otro lo escondemos. Creamos monstruos y confiamos en que las lecciones implícitas que hay en sus relatos nos guíen cuando nos tropecemos con lo más horrible de la vida. Atribuimos nombres falsos a nuestros miedos y rezamos para no enfrentarnos a nada peor de lo que nosotros mismos hemos creado.

Mentimos para proteger a nuestros hijos, y al mentir los exponemos al mayor de los males.

Nuestra familia vivía en una casa pequeña, casi en el linde del bosque situado al norte de nuestra aldea. De noche, la luna teñía los árboles de plata, y entonces la tenebrosa espesura se transformaba en una sucesión de chapiteles argénteos que se extendía como una convergencia de iglesias hasta perderse de vista. Más allá había montañas, y grandes ciudades, y lagos como mares, tan inmensos que un hombre de pie en una orilla era incapaz de ver tierra en el lado opuesto. En mi imaginación infantil me representaba a mí mismo atravesando la barrera del bosque y accediendo a ese gran reino que me ocultaba. En otras ocasiones veía en los árboles la promesa de un espacio donde cobijarme del mundo adulto, un capullo de madera y follaje donde esconderme, pues tal es la atracción que ejercen en un niño los lugares oscuros.

Me sentaba ante la ventana de mi habitación ya bien entrada la noche y escuchaba los sonidos del bosque. Aprendí a diferenciar el ululato de los búhos, el aleteo de los murciélagos, el correteo aterrorizado de criaturas pequeñas que procuraban comer sin ser devoradas a su vez. Todos estos elementos me resultaban familiares y me arrullaban hasta que me vencía el sueño. Ése era mi mundo, y durante un tiempo no existió en él nada desconocido para mí.

Pero recuerdo que, una noche, se impuso un profundo silencio y dio la impresión de que todo lo que vivía en esa oscuridad contenía la respiración por un momento. Mientras escuchaba percibí una presencia que deambulaba por la conciencia del bosque, buscando, cazando. Un lobo lanzó un aullido trémulo, y detecté miedo en su voz. Al cabo de un instante el aullido se convirtió en gemido, cada vez más agudo, hasta semejarse a un grito, y por fin se interrumpió súbitamente para siempre.

Y el viento agitó las cortinas, como si de pronto el bosque volviera a respirar.

Daba la sensación de que vivíamos en el límite mismo de la civilización, siempre conscientes de que más allá de nosotros se hallaba el espacio agreste del bosque. Cuando jugábamos en el patio del colegio, nuestros gritos flotaban en el aire por un momento y enseguida parecía absorberlos algo al otro lado de la hilera de árboles, de tal forma que nuestras voces infantiles se perdían entre la espesura hasta quedar reducidas a la nada. Pero al otro lado de esa hilera de árboles aguardaba una criatura, que arrancaba nuestras voces del aire como quien coge una manzana de un árbol y nos devoraba en su imaginación.

Una ligera capa de nieve, la primera precipitación del invierno, cubría la tierra cuando la vi por primera vez. Jugábamos en un campo contiguo a la iglesia, persiguiendo un balón rojo de cuero que contrastaba con la blancura del suelo como una mancha de sangre. Se levantó una ráfaga de viento allí donde antes no había soplado el viento. Arrastró el balón, y éste se detuvo por fin entre unos alisos jóvenes ya dentro del bosque, a cierta distancia. Sin pararme a pensar, lo seguí.

En cuanto dejé atrás el primero de los grandes abetos, el aire en torno a mí se enfrió y dejé de oír las voces de mis compañeros. Oscuras excrecencias de hongos pendían de los troncos de los árboles en su lado umbrío, cerca del suelo. Vi un pájaro muerto al pie de una de esas colonias de hongos, su cuerpo desmadejado, cubierto por el cuajarón amarillo que formaban los fluidos rezumados por las setas, ya helados. Tenía sangre en el pico y los ojos muy cerrados, como si se hubiese abstraído para siempre en el recuerdo de su dolor postrero.

Me adentré más en el bosque y fui dejando atrás un rastro de pisadas como una fila invisible de almas en pena. Aparté las ramas de unos alisos y alargué el brazo para alcanzar el balón, y en ese preciso momento el viento me habló. Dijo:

Niño. Ven a mí, niño.

Miré alrededor, pero no había nadie.

Volví a oír la voz, esta vez más cerca, y entre las sombras, ante mí, vi moverse una silueta. Al principio pensé que se trataba de la rama de un árbol, por lo delgada y oscura que era, toda ella envuelta en gris como si las arañas hubieran tejido una densa madeja alrededor. Pero se alargó hacia mí y, juntando las ramitas que eran sus dedos, me indicó por señas que me acercara. De ella emanaron unas ondas de extraño deseo que me envolvieron como la marea de un mar contaminado, dejándome manchado y sucio.

Niño. Niño hermoso. Niño delicado. Ven, niño, abrázame.

Cogí el balón y retrocedí, pero tropecé con una raíz retorcida oculta bajo la nieve. Caí a plomo de espaldas y una sutil hebra me rozó la cara: era el hilo vaporoso de una telaraña, resistente y pegajoso, que se adhirió a mi pelo y pareció enrollarse en torno a mis dedos cuando intenté apartarlo. A continuación cayó sobre mí un segundo hilo, y un tercero, ahora más pesados, como los filamentos de una red de pesca. Una tenue luz traspasó los árboles y quedaron a la vista millares de hebras suspendidas en el aire. Desde las sombras donde aguardaba aquel ser gris flotaban cada vez más hilos, de tal modo que la silueta parecía estar desintegrándose, mudando la piel sobre mí. Forcejeé y abrí la boca para gritar, pero las hebras caían ahora más densamente y descendían sobre mi lengua y se enmarañaban alrededor, impidiéndome hablar. El ser avanzó, precedido por la telaraña plateada, y tuve la sensación de que, cuando me movía, la red se tensaba sobre mí.

Con todas mis fuerzas empujé contra el suelo y sentí que las hebras quedaban prendidas en las raíces, se rompían y me liberaban. Las ramas me arañaron la cara y la nieve se me metió en las botas cuando me precipité a través de la hilera de árboles, con el balón aún en las manos.

Mientras me alejaba, volví a oír la voz:

Niño. Niño hermoso.

Y supe que me deseaba, y que no descansaría hasta saborearme con sus labios.

Esa noche no pude dormir. Recordaba la telaraña y la voz surgida de la oscuridad del bosque, y mis ojos se negaban a cerrarse. Di vueltas y más vueltas en la cama, pero no encontré descanso. Pese al frío exterior, en la habitación hacía un calor insoportable y me vi obligado a apartar la sábana de una patada y quedarme desnudo allí tendido.

Con todo, debí de adormecerme, porque de pronto tuve la impresión de que algo me inducía a abrir los ojos, y descubrí que la luz en la habitación era distinta. Había sombras en rincones donde no tenía por qué haberlas. Se desplazaban y retorcían, pero fuera los árboles permanecían quietos, y las cortinas colgaban inmóviles en las ventanas.

Y entonces la oí: una voz baja y suave, como un susurro de hojas muertas.

Niño.

Me incorporé de inmediato y tendí las manos hacia la sábana para cubrirme, pero la sábana había desaparecido. Miré alrededor y la vi tirada junto a la ventana. Ni siquiera en mis momentos de mayor agitación podía haberla mandado tan lejos de la cama.

Niño. Ven a mí, niño.

En ese rincón parecía flotar una presencia. Al principio era casi informe, como una manta vieja que ha empezado a pudrirse, e hilos de telaraña formaban una filigrana sobre ella. El claro de luna iluminaba los pliegues de piel desvaída y arrugada que pendían de sus brazos descarnados como corteza vieja. Tallos de hiedra trepaban por sus extremidades y envolvían sus flacos dedos, que me hacían señas desde las sombras para que me acercara. Donde acaso estuviera el rostro sólo había hojas muertas y oscuridad, salvo en la boca, donde resplandecían unos dientes blancos y menudos.

Ven a mí, niño, repitió. Déjame que te abrace.

—No —dije. Encogí las piernas procurando ocupar el mínimo espacio, mostrarle la menor porción de cuerpo posible—. No. Vete.

En las puntas de sus dedos relucía una forma oval. Era un espejo, y en el marco minuciosamente ornamentado se perseguían entre sí figuras semejantes a dragones.

Mira, niño: un regalo para ti si me dejas estrecharte entre mis brazos.

El anverso del espejo estaba orientado hacia mí y, por un instante, vi mi propia cara reflejada en su superficie. Durante ese único momento fugaz, yo no aparecía solo en los brillantes confines del espejo. Otros rostros se apiñaban alrededor del mío, rostros minúsculos, decenas, centenares, millares, toda una legión de seres perdidos. Pequeños puños golpeaban el cristal, como si albergaran la esperanza de romperlo para acceder al otro lado. Y entre ellos vi mi propia cara, con los ojos desorbitados por el terror, y supe que era así como podía acabar.

—Déjame en paz, por favor.

Procuraba contener el llanto, pero me ardían las mejillas y se me empañó la vista. El ser emitió un sonido sibilante y por primera vez tomé conciencia del olor, un hedor espeso, arcilloso, de hojas descompuestas y agua estancada y fétida. Un tufillo más tenue y menos pestilente entraba y salía de mi percepción, zigzagueando entre los efluvios de la podredumbre como una serpiente entre la maleza.

Era el aroma del aliso.

La mano descarnada volvió a llamarme, y en esa ocasión un títere danzó bajo las puntas de sus dedos: un recién nacido, meticulosamente tallado, tan natural que semejaba una persona diminuta, un homúnculo, y su silueta se recortaba contra la luz de la luna. Se agitaba y bailaba a la par que se movían los dedos, y sin embargo yo no veía los hilos que controlaban sus miembros, como tampoco distinguí, cuando miré con mayor atención, articulaciones ni en los codos ni en las piernas. La criatura, alargando el brazo, acercó el títere a mí, y cuando vi con claridad las verdaderas dimensiones de la marioneta, dejé escapar un breve gemido de miedo.

Porque no era un juguete, no en el sentido habitual de la palabra. Era un bebé humano, minúsculo y perfectamente formado, con los ojos muy abiertos, sin el menor parpadeo, y el cabello oscuro y alborotado. Aquel ser lo tenía agarrado por el cráneo, y el niño respondía a la presión que aplicaba en él moviendo brazos y piernas en señal de protesta. Tenía la boca abierta, pero no producía sonido alguno, ni sus ojos derramaban lágrimas. Estaba muerto, aparentemente, y sin embargo de algún modo vivía.

Un juguete hermoso, dijo aquel ser de sombras, para un niño hermoso.

En ese momento intenté gritar, pero era como si unos dedos me hubiesen atrapado e inmovilizado la lengua. Percibí el sabor de la criatura en la boca, y por primera vez en la vida supe qué se sentía al morir, porque el regusto de la muerte impregnaba su piel.

La mano ejecutó un rápido movimiento, y el pequeño desapareció.

¿Me conoces, niño?

Negué con la cabeza. A lo mejor era un sueño, pensé. Sólo en sueños uno no podía gritar. Sólo en sueños una sábana abandonaba de un salto la cama por propia iniciativa.

Sólo en sueños un ser que olía a hojas y agua estancada podía sostener un niño muerto ante ti y hacerlo danzar.

Soy el rey de los elfos. Siempre lo he sido y siempre lo seré. Soy el rey de los elfos y me apropio de todo cuanto deseo. ¿Vas a negarme este deseo? Ven conmigo y te colmaré de tesoros y juguetes. Te colmaré de dulces y te llamaré «amado mío» hasta el día de tu muerte.

Allí donde debería haber tenido los ojos alzaron el vuelo dos mariposas negras, como dos deudos diminutos en un velatorio. Entonces el rey de los elfos abrió la boca de par en par, alargó hacia mí sus dedos nudosos y, abrumado por el deseo, se le quebró la voz. Avanzó, y lo vi en todo su horrendo esplendor. Una capa de piel humana, casi talar, pendía de sus hombros y la orla no era de armiño, sino de cueros cabelludos, de pelo rubio, pelo castaño y pelo rojo, entretejidos como los colores de los árboles en otoño. Bajo la capa llevaba un peto de plata, labrado con intrincados detalles de cuerpos desnudos entrelazados, tantos que era imposible saber dónde empezaba un individuo y dónde acababa otro. Una corona de huesos ceñía su cabeza, cuyas púas eran restos de dedos infantiles sujetos con hilo de oro, flexionados hacia dentro como si me hicieran señas para que me sumara a ellos. Aun así, no veía cara alguna bajo la corona. Lo único visible era aquella boca oscura de dientes blancos: apetito hecho carne.

Con toda mi fuerza de voluntad salté de la cama y me abalancé hacia la puerta. A mis espaldas oí el susurro de las hojas y el roce de las ramas. Giré el picaporte de la puerta pero, a causa del sudor, se me resbaló en la palma de la mano. Probé una vez, luego otra. El hedor de la vegetación putrefacta llegaba con creciente intensidad a mis fosas nasales. Dejé escapar otro breve gemido de pánico y, cuando las ramas me arañaban ya la espalda desnuda, el picaporte giró de pronto y me hallé en el pasillo.

Me zafé y, contorsionándome, cerré la puerta de un tirón.

En ese momento debería haber acudido a mi padre, pero, movido por algún instinto, me acerqué a la chimenea, donde ardían las últimas brasas titilantes. Agarré una astilla grande de la pila de leña, enrollé un trapo alrededor y lo empapé en el aceite del candil. La acerqué al fuego y observé cómo las llamas brincaban ante mí. Cogí la alfombra que había ante la chimenea y me envolví con ella. Luego, acompañado por el sonido casi inaudible de mis pies descalzos en las losas frías, regresé a mi habitación. Agucé el oído antes de accionar el picaporte y abrí la puerta lentamente.

La habitación estaba vacía. Ahora las sombras se movían sólo por efecto de la llama. Avancé hasta el rincón donde antes se hallaba el rey de los elfos, pero ya sólo quedaban telarañas y caparazones vacíos de insectos muertos. Me detuve ante la ventana, pero en el bosque reinaba el silencio. Tiré de la ventana para cerrarla pero, al extender el brazo, percibí un dolor en la espalda. Me llevé la mano atrás y, al mirarme los dedos, vi que los tenía manchados de sangre. En la pequeña esquirla de espejo que colgaba sobre la palangana y el aguamanil advertí en mi espalda cuatro largos cortes horizontales.

Creí haber gritado, sólo que de mis labios no había salido el menor sonido. El grito procedía en realidad de la habitación donde dormían mis padres, y me dirigí hacia la voz.

En el resplandor del chisporroteo de la tea vi a mi padre ante la ventana abierta y a mi madre de rodillas junto a la cuna volcada donde dormía mi hermano menor, arrebujado entre las mantas. Ahora no había allí ningún niño dormido, las mantas estaban tiradas por el suelo, y en el aire se percibía un olor espeso, arcilloso, como de hojas descompuestas y agua estancada.

Mi madre jamás se recuperó. Lloró y lloró, hasta que al final ya no pudo llorar más; entonces entregó su cuerpo y su alma a la noche eterna. Mi padre envejeció y se sumió en el silencio. La tristeza flotaba en torno a él como una bruma. No fui capaz de confesarle que me había resistido al rey de los elfos y que se había llevado a otro en mi lugar. Cargué con la culpa en mi conciencia y juré que nunca más le permitiría llevarse a otro ser humano bajo mi protección.

Ahora echo los pestillos de las ventanas y atranco las puertas y dejo a los perros campar libremente por la casa. Las habitaciones de mis hijos nunca están cerradas, para permitirme acceder a ellas sin pérdida de tiempo de día o de noche. Y les advierto que si oyen un golpeteo de ramas en los cristales, deben avisarme, sin abrir jamás ellos mismos las ventanas. Y si ven un objeto lustroso y brillante suspendido de la rama de un árbol, nunca deben intentar cogerlo; han de seguir su camino, sin apartarse nunca de él. Y si oyen una voz que les ofrece dulces a cambio de la promesa de un abrazo, deben correr y correr y no volver nunca la vista atrás.

Y a la luz de la lumbre les cuento relatos del Hombre de Arena, que arranca los ojos a los niños pequeños si no se duermen; y de Baba Yagá, la bruja demonio que viaja en un carruaje de huesos viejos con las manos apoyadas en cráneos de niños; y de Escila, el monstruo marino que arrastra a los hombres a las profundidades y posee un apetito insaciable.

Y les hablo del rey de los elfos con sus brazos de corteza de árbol y hiedra, y de su voz suave, susurrante, y sus dotes para atrapar a los incautos, y de sus apetitos, mucho peores que cualquier otra cosa que imaginarse puedan. Les hablo de sus deseos, para que lo conozcan en todas sus formas y estén preparados para cuando llegue.

PENÉLOPE Y LAS 12 CRIADAS (MARGARET ATWOOD)

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Probablemente una de las gestas heroicas más glosadas y conocidas de todos los tiempos, el regreso de Ulises a Ítaca nos deja también un gran interrogante acerca de la terrible matanza de los pretendientes de Penélope y sus doce criadas: ¿por qué se ahorcó a las mujeres y cuáles eran las verdaderas intenciones de Penélope?

En un audaz e inspirado giro al relato de Homero, Margaret Atwood cede a Penélope la voz narradora que nos conduce hacia la respuesta del misterioso suceso. Su relato, colmado de sabiduría y humor, resulta inquietante, fruto de la imaginación de una autora ampliamente reconocida por su capacidad de contar historias con un elevado tono poético.

LA AUTORA: MARGARET ATWOOD

Nació el 18 de noviembre de 1939 en Ottawa y creció en el norte de Quebec, Ontario, y Toronto. Cursó estudios en las universidades de Toronto, el Radcliffe College y de Harvard. Su primer libro de poesía, «Double Persephone», se publicó en 1961. Fue profesora de literatura inglesa en diversas universidades canadienses (1964-1972) y lectora en la Universidad de Toronto (1972-1973). Ganó reconocimiento con «The Edible Woman» (1969), «Resurgir» (1972), «Lady Oracle» (1976), «Life Before Man» (1979) y «Ojo de gato» (1989). Autora de más de veinte libros de novelas, cuentos, poesía y crítica literaria. Interesada por el avance científico y, especialmente, la función renovadora del movimiento feminista en la sociedad, considera que la aportación más radical del feminismo es su esencia, «ayudar a las mujeres a confiar en sus posibilidades», como reflejan sus obras «Juegos de poder» (poesía), publicada en 1971 y una de las pioneras en este campo en su país, junto con su ensayo «Second words» (1982). Ha sido galardonada con numerosos premios. Su novela «The Robber Bride» (1993), fue co-ganadora del «Premio Trillium» en 1994. El conjunto de su obra fue premiado con el «Premio internacional del Welsh Arts Councils» (1982). Ha residido en Boston, Vancouver, Edmonton, Montreal, Berlín, Edimburgo, Londres y el sur de Francia. El 25 de junio de 2008 fue reconocida con el premio Príncipe de Asturias de las Letras 2008. La candidatura de Atwood llegó a las últimas rondas de votaciones del jurado junto a las del autor español Juan Goytisolo, el británico Ian McEwan y el albanés Ismail Kadaré. El premio está dotado con 50 000 euros y una escultura de Joan Miró.

EL LIBRO

Hoy os traigo Penélope y las doce criadas, un libro de la autora canadiense Margaret Atwood (autora del libro el cuento de la criada) al que llegado gracias al blog generación papel (dejo aquí enlace a la entrada dedicada al libro)

Como se ha dicho un poco más arriba, el presente volumen es una vuelta de tuerca del famoso poema griego la odisea, que nos relata los viajes del héroe Odiseo/Ulises tras la guerra de Troya, solo que en este caso la autora nos da la visión, no del héroe, sino de Penélope, la esposa del héroe, que no sólo deberá lidiar con su dolor por el alejamiento del esposo estando prácticamente recién casados, sino también con los pretendientes que con el tiempo invadirán su casa y un hijo que querrá ser tomado en cuenta a medida que pasan los años.

Creo que el caso del presente volumen es interesante, ya que presenta como era la vida de las mujeres en el periodo, no solo las de clase alta, sino también las de clase baja; en este aspecto podemos observar varias cosas:

  1. En muchos casos, las mujeres de las clases altas eran “sorteadas” entre los pretendientes que aspiraban a casarse con ellas, es decir eran prácticamente carne o un regalo para el ganador, quienes tras la boda debían ser honestas y buscar la manera de parecerlo (esto se ve en la reiteración inicial de que Penélope va siempre acompañada por criadas tanto cuando es soltera, como después de casada al ir de excursión)
  2. Por otro tenemos el caso de las mujeres de clase baja, que debían prestarse prácticamente a todo lo que dijeran sus señores como cualquier otro hombre que las requiriese, esto puede verse en el caso de las criadas del título cuando se mencionan las violaciones que sufren por parte de los pretendientes

En cualquier caso, como ya digo, creo que entre otras cosas, la autora pretende mostrar lo difícil que era la vida de las mujeres en la época en la que está ambientado, y lo poco que valían a nivel social, ya que vivían bajo el dominio de sus padres o esposos y no se las tenía en cuenta nada más que para el tener hijos, a la vez que vemos esto, se nos presentan también como en muchos casos había peleas entre las propias mujeres para lograr alguna influencia sobre el dueño de la casa a la hora de tomar decisiones.

En cierto modo, creo que podríamos hablar de que el libro es una especie de alegato a favor de la mujer y como muchas veces a lo largo de la historia se la ha dejado de lado y se han ido formando las dos visiones sobre ella como mujer fiel que vive dentro de las normas impuestas y aquella que está dispuesta a salirse de esa normativa (de cualquier manera posible) con el consiguiente sambenito de que es problemática.

A la vez que se nos presenta todo esto, vemos como Odiseo/Ulises es un hombre ligeramente alejado del héroe romántico al que se canta tanto en la Ilíada como en la Odisea, sobre el que corren rumores contradictorios, en el aspecto de que algunas cosas que se han contado siempre, se insinúa que podrían tener un origen más prosaico (una pelea con un tabernero tuerto o cosas así)

Por otra parte, tengo que decir que este es el tercer volumen que leo de Margaret Atwood, y que al igual que el cuento de la criada y oryx y crake, el presente volumen se lee de forma fácil y rápida (yo lo he leído en una tarde) y, al igual que los otros dos libros me ha gustado mucho, tengo que reconocer que esta autora ha sido un descubrimiento (pese a lo reticente que fui en su momento a leer el cuento de la criada) que me ha sorprendido gratamente.

Por último si alguien quiere profundizar en el tema que se trata en el libro y en la mitología en general, recomiendo leer los mitos griegos de Robert Graves

DEATH NOTE: EL NUEVO MUNDO

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imagen de freakelitex.com

Han pasado diez años desde los hechos de death note el último nombre, y parece que kira y los shinigamis han vuelto  para hacer de las suyas y crear el caos en el mundo humano.

Hoy os traigo otra película de death note, en versión japonesa, es verdad que sabía que existía está película y esperaba con ansia verla (especialmente después de ver lo que hizo netflix con esta joya audiovisual); aviso que podría haber spoilers en la crítica

En general tengo que decir que la película me ha gustado mucho pero que ha habido algunos detalles de la trama que me han descolocado un poco, por ejemplo el tema del ADN de kira y de L que ha dado como resultado un hijo en un caso y un sucesor en el otro.

Por otra parte es verdad que ha habido algunas tramas que habían quedado abiertas en las anteriores y que en esta se han cerrado, a la vez que otras tramas quedan totalmente abiertas, como por ejemplo lo que ocurre al final, en el sentido de que lo dejan muy abierto, dando a entender que va a haber otra película más de death note y sobre todo dejando todo de tal manera que uno se queda con ganas de más.

A pesar de esto, si que creo que en algunos aspectos se han venido arriba y algunas cosas se les han ido ligeramente de las manos, me refiero al detalle de que haya seis death notes circulando por el mundo debido a que los shinigamis quieren encontrar al nuevo kira, o al detalle del ADN de los Kira y L originales que dan lugar a supuestos hijos o sucesores por la cara, además de que han repetido algunas cosas que ocurren tanto en el anime como en las películas (japonesas)  anteriores.

Es verdad que hace poco hablando del tema con gente de mi entorno que también le gusta death note, alguien me decía que estas no son unas películas para todo el mundo, algo con lo que estoy de acuerdo, aun así aconsejaría que por lo menos empezarais a verla

Por último decir que aunque la película resulta un poco extraña en algunos momentos, en general tengo que decir que la película me ha gustado bastante, ya que sé de sobra donde me meto al ver esto, y la veo ya esperando algunos detalles extraños, amén de que como he dicho más arriba, me he quedado con ganas de más, y a la espera de posibles películas nuevas en torno a este tema.

EL HORNADAS (XABIER P. DOCAMPO)

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  • ¿me contarás como fue el asunto de Hornadas?

Esto fue lo que le pregunté a mi Padre un día que íbamos de Castro de rey a Roás. Me miró y se rió, quizá por lo inesperado de la pregunta; no esperaban ni con mucho que me interesase por algo que había sucedido hacía tantísimos años, pero estoy seguro de que la sonrisa se debía a su convicción de que yo pensaba escribir algo sobre el famoso asunto.

Y estaba en lo cierto, porque su respuesta me lo confirmó.

  • te cuento, si quieres, todo lo que se de esta historia, pero mejor será que no la escribas. Sabes que somos casi parientes de la familia del Hornadas y pienso que no les gustaría verla los papeles y mucho menos escrita por ti.

Confieso que no le prometí no hacerlo. Más bien me atrevo a decir que le di entender lo contrario. Debí de decir largo así como mientras vivas, no lo haré. Algo así debió ser, porque el pareció conforme y me dispuse a escuchar una historia que algún día describiría. Ahora no siento remordimientos por haber traicionado promesa alguna.

Mi Padre se acomodó en el asiento del automóvil, dejó de mirarme y fijó la vista la carretera, o en el infinito, o en ningún otro lugar o fuera de sí mismo, sino en su memoria, hacia siempre, y comenzó hablar como en él era costumbre, disfrutando de su relato; nada le gustaba más que contar historias.

La historia es muy vieja, pero aún quedan muchos vivos que la recuerdan perfectamente. Los más afectados por ella la niegan; otros aseguran que sucedió tal y como siempre se dijo, y yo puedo decirte que una historia por la que el impago años de cárcel habrá ocurrido de una forma o de otra, habrán ido a presidio los culpables u otros a los que les tocó pagar lo que no debían, pero, si hay muertos por el medio y no murieron de muerte natural, alguien los mato.

El asunto sucedió aquí mismo (en aquel momento estábamos a punto de entrar en Xermar) le y fue a causa de una vieja que vivía aquí. Una condena de vieja de la que te puedo asegurar que la de las peores personas que pueda haber en el mundo, quitados los que mataron a nuestro señor. Tenía una lengua de víbora. No había casa ni honra en las que ella no pusiese sus ojos y sus habladurías, y que no las deja se envenenadas para los restos. No vayas a pensar que te estoy diciendo que la bruja y que hacía sus maldades valiéndose de artes que no todos tienen, no. La suya era una maldad vulgar. No usaba más herramientas que las que tú o yo podamos tener: la palabra. Carecía del más mínimo sentido de la caridad, de la moral, del respeto por la honra ajena, de todos. Hace que los demás celebremos nuestra lengua y no saquemos por la boca todo lo que pensamos, y mucho menos que nos aventuremos a contar lo que sabemos o no; coloque todo es peor, inventar les falsas historias a las vidas ajenas.

Pero no acababan allí las ruindades de la vieja, porque al tiempo que soltaba su lengua pastar, también cambiaba los linderos, tiraba cercas, desviaban aguas, y, en hacer y deshacer, ella superaba en cuarenta mil veces todos cuantos desmanes que alguien pudiese cometer.

Poco importaba que nadie le quisiese bien en la parroquia; a ella le importaba tanto como lo que pasó en Cuba. Así que, un día, tres hombres hechos y derechos, víctimas todos ellos en su persona, o en sus casas, de las mañas de la vieja, decidieron que ya era hora de darle un escarmiento como era debido, en vista de que novia justicia humana o divina que fuese capaz de hacerle recular ni un palmo su forma actual.

Después de darle vueltas y más vueltas, pensaron que la mejor manera de poner a la vieja en su sitio era darle una buena paliza sin más explicaciones que los palos que le cayesen. Tenían por seguro que ellos y la otra sabían de sobra las causas y razones de la tunda que se proponían suministrarle. No tenían mucha confianza, eso sí, en que la zurra fuese suficiente para hacer que la vieja cambiase sus modos de conducirse en lo tocante a la convivencia con sus vecinos. Esta primera vez sería de prueba y no desechable idea de que habría una segunda vez, pero eso ya se vería…

Esperaron a que la noche metiese a la gente en sus casas y allá se fueron, hacia la vivienda de la vieja. No hace falta que te diga que lo llevan armas de ningún tipo, pero en el mismo corral de la vieja cada uno afán no algo con lo que hacer el trabajo: uno cogió un palo del carro, otro, una alija dad de avellano y el tercero desmangó un hacha y se fue hacia la casa con el mango en la mano. Se acercaron a la puerta, empujaron el postigo y comprobaron que tenía puesto al cerrojo por dentro. El que llevaba el palo del carro puso una mano en el marco de la ventana que quedaba encima del fregadero, y al segundo intento dobló la falleba, empujó, y al tercero, hizo saltar la manija y abrió la ventana. Pasaron a la cocina de allí fueron a toda prisa hacia las escaleras que llevaban al piso de arriba. Cuando el primero que llegó a ellas pisaba el primer escalón, ya la vieja bajaba gritando, vestida con una larga y sucia camisa de estopa. El que llevaba la vara de avellano avanzó hacia ella, que dio la vuelta para volverse el piso. En ese justo momento, una lluvia de golpes le cayó en las pandas recorriendo le el espinazo de adelante atrás. Soltó un grito que no parecía de este mundo y siguió corriendo. Cuando la vieja ponía el pie en el piso arriba, ya los tres hombres subían los peldaños de dos en dos. Llegaron los cuatro juntos y la vieja saltó sobre la cama. La claridad de la luna les ayudó a darse cuenta de qué quería esconderse entre la cama y la pared, así que uno de los hombres le echó una mano las piernas y tiró de ellas. Quedó de bruce sobre la cama y con la camisa robada alrededor de la cintura. Entonces comenzaron a zurrarle. El palo del carro y el mando del hacha golpeaban en el cuerpo de la vieja, del que salían secos sonidos Portland quebradura de los huesos. La vara de avellano silbaba en el aire antes de quedar dibujada en las blandas nalgas y arrancar los quejidos más estremecedores.

Golpearon a la vieja hasta asfixiarse por el esfuerzo. Sin decir palabra, el de la vara leer sobre todo las piernas y del palo de carro dejó de golpear aquel cuerpo que hacía ya a un rato que parecía no sentir nada punto uno el mango del hacha aún estaban el aire, cuando la vieja, sintiéndose libre, volvió la cabeza. El palo bajó en ese mismo momento y fue a dar justo en medio de la frente de la mujer. Se oyó como se rompía el cráneo, brotó un hilillo de sangre y la vieja abrió desmedidamente los ojos. Fijó la mirada los ojos del hombre que llevó el mango del hacha como si fuesen dos hierros ardiendo al rojo vivo y habló: Teixo, aunque me muera, haré que te arrepientas mientras vivas. Se echaron los tres escaleras abajo. Tiraron los palos en el corral y huyeron a todo correr.

Poco después se estaban los tres en la cocina de la casa de Teixo. Jadeaban como perros que hubiesen hecho la mayor carrera de sus vidas. Yo no los vi, pero puedo suponer como fijarían la vista en el suelo, entre sus pies, sin atreverse a mirarse los unos a los otros. El caso es que deberán hablar entre ellos sobre sí la vieja habrían muerto o no, y para saberlo no había más remedio que volver allí. “Yo no voy”, “vete tú”, “yo allí no vuelvo”, pero alguien tenía que volver y fue Teixo. Poco tardó en regresar. La vieja estaba muerta y bien muerta, tanto o que ya comenzaba a enfriarse.

No estaban dispuestos a confesar, así que uncieron los bueyes, envolvieron a la vieja en el mismo cobertor de cama y la echaron en el piso del carro. Quedaba aún mucha noche por delante y hasta Escanavada habría media legua, todo lo más. Había allí un horno comunal, algo separado de las casas y que hacía muchos años había quedado en desuso.

He oído que por el camino no se escuchó otra cosa más que el ruido de las pezuñas de los bueyes y el de las ruedas del carro en los que y jarros. O en poco más de una hora estaban en el horno. Echaron tojo seco por encima del cuerpo, ya casi tieso, de la vieja, y le prendieron fuego. El tojo comenzó a arder y pronto las llamas llegaron al cobertor. De pie, delante de la boca del horno, contemplaron cómo la vieja se iba quedando desnuda y como comenzaba a llegar a sus narices el desagradable olor de pelo quemado. El fuego prendió la vieja y poco tardarían arder, aunque no hace mucho que leí que los cuerpos arden mal, y especialmente los huesos. Pero estoy de acuerdo con lo que seguramente pensaron ellos tres, que sí hay bastante fuego, no siendo las piedras, pocas cosas hay que no ardan.

Efectivamente, el fuego se metió la vieja y las llamas se volvieron de color azul y verde. El olor de la carne quemada no es precisamente un perfume, pero ellos permanecerían allí, delante de la puerta del horno mirándole espectáculo. Ya se sentían algo más tranquilos, porque, han desaparecido cuerpo y teniendo en cuenta que nadie echaría de menos a la vieja, poco tardarían morir el cuento.

Lo que no podía hacer ninguno de los tres era apartar la vista del fuego que envolvía al cuerpo. Uno de ellos, no sé quién, dijo: venga, dejarla que arda y que se la lleve el diablo, que así tendrá dos infiernos, uno aquí y otro allá.

No había acabado de decir esto, cuando la vieja se levantó dentro del horno. Se dobló por la cintura y quedó sentada, con los ojos abiertos y clavados en los de Teixo. Quedaron los tres tiesos como postes. Pero, en menos de lo que te cuento, se volvieron hacia la puerta y salieron por ella a zancadas. Uno gritó “¡me cago en la vieja y en la madre que la parió!” Teixo aún volvió la vista hacia la vieja en el momento justo en que la vieja levantaba un brazo muy despacio apuntándole mientras enseñaba los dientes. Los bueyes, inocentes, se llevaron una lluvia de palos por todo el cuerpo para que apurasen el paso más de lo que un buey puede dar.

Un poco más adelante, pararon y se pusieron a hablar de que no podían dejar a la vieja en el horno, pero ninguno se atrevía a regresar allí, así que suponiendo que el fuego se encargaría de acabar de consumir el cuerpo, cada uno tomó el camino de su casa

En dos o tres días nadie echó de menos a la vieja y nada se habló del asunto. Pero, al cuarto día aparecieron los guardias y comenzaron a hacer preguntas. No era ningún secreto que los tres hombres habían decidido darle una paliza a la vieja, así que se los llevaron a Lugo y los metieron en la cárcel. Cuando salió el juicio, fue Teixo el que apechugó con todo. No me acuerdo bien si pasó un año o dos en prisión, pero no fue mucho. El caso es que, cuando cumplió, regresó a su casa y aquí moriría el cuento si no fuese por todo lo que vino después.

Desde entonces ya no le llamaban Teixo cuando hablaban de él. De allí en adelante siempre se le conoció por el Hornadas, e incluso le hicieron una copla:

Fue con otros dos el Hornadas

A asar la vieja en el horno

Que allá hay, en Escanavada.

Estaba aún el fuego ardiendo,

Con la vieja a medio asar,

Cuando les enseñó el cuerno.

Daban en el aire zancadas

Escapando a todo correr,

Sin rematar la hornada

Mira tú que chambonada,

Que a quien no sabe hornear

Que le llamen el Hornadas

Pero no sé de ninguno que fuese capaz de cantársela a la cara. Cuando regresó, venía arrogante y hasta orgulloso de lo que había hecho; no tardó mucho en volverse reservado, y el trato con él se hacía cada vez más difícil para los vecinos, incluso para la familia. Pasaba días enteros sin salir y, de pronto, pasaba días y noches andando por los caminos y durmiendo escondido en los cercados.

Muchos años después regresaba yo de Arcillá a Xermar, comenzaba a anochecer, y, al pasar por Lamas, lo vi arrimado en un mojón. Me acerqué y lo saludé. Estaba flaco y ojeroso, pero debía tener ganas de hablar con alguien, porque dejó que su espalda resbalase por la piedra hasta quedar sentado en el suelo y me invitó a hacer lo mismo. No recuerdo de qué empezamos a hablar, hasta que se decidió a contármelo todo. De allí en adelante habló él solo, yo escuchaba asustado e incapaz de interrumpirlo. Escucha lo que me contó

Lo que más te agradecería ahora – comenzó a hablar el Hornadas – es que me echases las manos a la garganta y me ahogases aquí mismo. Piensa que no parece muy buena muerte, pues en este momento la prefiero con mucho a la vida que llevo

Ya sé que me dirás que no tengo más que matarme y asunto resuelto, pero no es tan fácil. Verás, tú sabes, como todos, que maté a la vieja y que fuimos a quemarla al horno de Escanavada. Sé que fui yo el que la mató porque, aunque todos le dimos golpes y palos, ella si sabe quien la mató y aun hoy me lo hace pagar. No hay día que no venga a cobrármelo. Fue mezquina en vida como pocas personas lo fueron, pero ahora, de muerta lo es mucho más. Porque aunque tú no me creas, la veo todos los días. Al principio parecía que todo quedaría pagado con pagar la deuda a la justicia, y yo estaba conforme. Hice una muerte y la pagué. Pero a la condenada no le bastó con aquello, y desde que volví de la cárcel, comenzó a cobrarme por su cuenta.

La primera vez que se me presentó fue en la cocina de mi casa. Estaba sentado cerca de la lumbre y comencé a sentir calor en la espalda al tiempo que oía que alguien alentaba detrás de mí. Me volví y vi a la vieja rodeada de llamas, que no se si serían las del infierno o las que le pusimos nosotros; el caso es que allí estaba el demonio de vieja mirándome y enseñándome aquellos dientes en medio de su cara comida por el fuego. Me paralizó el miedo, pero enseguida pensé que se trataría de una visión, y a mí nunca me asustaron las visiones ni los cuentos de miedo, así que traté de hacerme dueño de mí y esperar a que pasase aquello. Estuvimos un tiempo mirándonos el uno al otro hasta que habló y dijo que tenía que llevarme al infierno con ella, pero que quería que allí fuésemos los dos uno sólo, y para eso yo tendría que llegar a ser parte indivisible de ella. Yo en aquel momento, de todo lo que me dijo, no entendí nada, pero no tardaría mucho en comprenderlo. Entonces no pensé más, miré a mí alrededor, cogí una sartén con las dos manos, me fui hacia ella y le di un golpe con todas mis fuerzas en medio de la cabeza. No dio ni un quejido.

Por el mismo sitio por donde ella había entrado echando el calor de sus llamas, entró en la cocina un frío de hielo que rodeó todo mi cuerpo y me penetró hasta los huesos al mismo tiempo que en la cocina moría el fuego de repente. Quise volver a encenderlo y no fui capaz. Me metí en la cama entumecido y el sueño no me venía. Di vueltas y vueltas y el tiempo no pasaba. No sé qué hora sería ni cuanto tiempo llevaba en cama, cuando la habitación se llenó de una luz ardiente. Ahora venía andando hacia mí al tiempo que decía: hoy te voy a comer un riñón. Siguió aproximándose y, cuando estuvo cerca de la cama, estiró el brazo y posó su mano – huesos mondos con trozos de carne que humeaban colgando de los dedos – en mi vientre, y penetró dentro de mí como un cuchillo caliente en una pella de manteca. Entonces sentí el mayor dolor que nunca había sentido. La mano de la vieja me arañaba por dentro. Cerré los ojos y, cuando lo abrí otra vez, vi su cara ensangrentada. La sangre salía a chorros de un trozo de carne que comía y le resbalaba por la barbilla y por el pecho abajo.

Pasé la noche entre espantosos dolores como si tuviese dentro una docena de cuervos arrancándome las carnes. Cuando llegó el día, los dolores fueron amainando. Me miré el vientre y no había ninguna señal de herida. Todavía sentía algún dolor, pero no era más fuerte que el que uno tiene cuando se sienta mal será algo que ha comido, así que pensé que todo aquello no había sido más que una pesadilla. Incluso se me vino la cabeza la idea de que serían remordimientos por lo que le habíamos hecho a la vieja. Bajé a la cocina y allí, en el suelo, estaba tirada la sartén. La cogí, y cuando iba a ponerla en su sitio, vi que tenía un buen golpe en la base. Aquello encajaba con lo que había sucedido, porque puedo asegurarte que cuando la cogí para defenderme estaban totalmente lisa como un mármol. Hubo otra cosa que también encajaba: aquel día oriné sangre.

Cavilé durante unos días sí sería cierto o no que había sucedido o habría sido un mal sueño. Una noche que venía de Mos, al pasar por Ponte Vilar, volví a verla. Al principio no vi más que la luz del fuego que traía, porque se echó encima de mí y me arrancó el hígado en menos de lo que te lo cuento. Mientras yo sostenía y apretaba la barriga entre los mayores dolores que humano haya sufrido, ella comía mi víscera como si fuese un manjar. Grité como un condenado por el dolor y el miedo. Vomité y escupí sangre toda la noche. Como sea de una maldición se tratase, nadie pasó que pudiese ayudarme. Estuve horas gritando y llorando hasta que al amanecer los dolores se fueron calmando.

Volvió otra noche a mi casa y me arrancó el páncreas. Como los dolores eran cada vez más insoportables, fui al cobertizo y me colgué de una cuerda para ahorcar me. La cuerda se rompió y apareció la vieja para decirme que no me mataría por mi mano, que tendría que venir alguien que me matase y entonces ella me comería el corazón.

Me fui de casa y me eché a los caminos. Vivo la muerte más espantosa que ningún hombre pueda tener. Me tiene casi vacío por dentro pero sigue apareciéndoseme y me clava sus manos buscando en mi interior algo que arrancarme. Poco a poco voy pasando a formar parte de la vieja y no hay sitio donde pueda huir de ella. Hace dos noches entré en la iglesia de Ponte de Outeiro para dormir. Pensaba que como era lugar sagrado, un ser que viene del infierno no podría entrar. A medianoche se presentó y estiró el brazo, y no sé que me pudo quitar, porque ya no me debe quedar nada. Pero ella me metió dentro su mano de huesos y pellejos asados y se puso a comer. Comió sentada encima del altar y de vez en cuando escupía encima del sagrario para mostrarme, con su desprecio al lugar sagrado, que no hay sitio en la tierra en que pueda esconderme de ella.

No sé si hallaré la caridad de alguien que me quite la vida y acabe con este sufrimiento. Tampoco sé si eso es lo que quiero, porque pienso que, si es verdad lo que me dice la vieja, yo estaré en el infierno unido a ella para siempre, pagando en mi carne el castigo que merezco unido al que le toque a ella. Ya sé que no puedes ayudarme y no sé tampoco por qué hoy te lo he contado todo a ti. Será porque no quiero que la gente piense que he enloquecido…

Entonces se levantó de donde estábamos medio sentados y medio escondidos y se echó a andar pegado a la cerca. Quedé allí mirándolo y vi cómo saltaba a un camino y desaparecía en dirección al río. No tardé mucho en saber de él. Cuatro o cinco días después, lo encontraron muerto en Triabá. Vino don Clemente a levantar el cadáver y le hicieron la autopsia en el cementerio de Castro de Rei. Con el pretexto de que iba a Santa Leocadia, me acerqué a Castro de Rei, fui a ver a don Clemente y le pregunté de que había muerto el Hornadas. Morir, murió de un golpe en la cabeza, y así constaba en el informe del forense, pero el médico dijo que no se había atrevido a escribir lo que había encontrado cuando le hizo la autopsia por temor a que lo tomaran por incompetente o loco: no tenía en todo el cuerpo más que la herida en la cabeza, pero por dentro estaba totalmente vacío. Excavado como un zueco, como un cerdo, con perdón, cuando le sacan las tripas y las asaduras.

EL VAMPIRO (JOHN WILLIAM POLIDORI)

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Sucedió que en medio de las disipaciones que conlleva el invierno en Londres, en varias fiestas a las que concurren los miembros más destacados de la pomada apareció un noble, más destacable por sus rarezas que por su alcurnia. Contemplaba el júbilo que le rodeaba como si no pudiera compartirlo. Por lo visto, sólo atraía su atención la luminosa sonrisa de la belleza, que él podía acallar con una sola mirada, metiendo miedo en los pechos donde reinaba la irreflexión. Quienes experimentaban esa sensación de temor, no podían explicarse de dónde provenía: algunos la atribuían a sus ojos completamente grises que, al escrutar el rostro de una persona, no parecían traspasarla y penetrar, de una ojeada, en los más recónditos repliegues de su corazón, sino que se abatían sobre su mejilla como un rayo plomizo que gravitase sobre la piel sin poder atravesarla. Sus rarezas eran la causa de que lo invitaran a todos los salones; todos querían verlo, y a los que, acostumbrados a las emociones intensas, ahora sentían el peso del tedio, les agradaba contar con la presencia de alguien capaz de llamar su atención. A pesar del tono cadavérico de su rostro, que ni el rubor de la modestia ni las emociones fuertes de las pasiones lograban nunca encender, su figura y su silueta eran hermosas, y muchas mujeres sedientas de notoriedad intentaban ganarse sus atenciones o, al menos, obtener alguna prueba de lo que podrían llamar afecto: lady Mercer, que desde que se casó había sido el hazmerreír de cualquier monstruo que se exhibiera en los salones, se le echó encima y sólo le faltó vestirse de saltimbanqui para atraer su atención… aunque en vano; cuando se encontraba ante él, aunque en apariencia sus ojos la miraban fijamente, parecía sin embargo no darse cuenta de su presencia; hasta su impasible descaro se vio frustrado y hubo de dejar el campo libre. Pero, aun cuando la vulgar adúltera ni siquiera lograba atraer su mirada, el sexo femenino no le era indiferente; aunque, era tal la cautela con que hablaba a la esposa virtuosa o a la hija inocente, que pocos le habían visto dirigir la palabra a una mujer. Sin embargo, tenía fama de excelente conversador; y, fuese porque esta cualidad vencía el temor que su excéntrica personalidad inspiraba a las mujeres, o porque las conmovía su aparente aversión por el vicio, lo cierto es que solía frecuentar la compañía tanto de mujeres cuyas virtudes domésticas constituyen el orgullo de su sexo, como de las que lo mancillan con sus vicios.

En aquella misma época vino a Londres un joven caballero apellidado Aubrey, que era huérfano desde muy niño y compartía con su única hermana la gran fortuna que dejaron sus padres. Abandonado también por sus tutores, que pensaban que su deber se reducía a cuidar de su dinero, mientras delegaban la tarea más importante de formar su espíritu al cuidado de subalternos mercenarios, el joven cultivó más la imaginación que el buen juicio. Poseía, por tanto, ese elevado sentido romántico del honor y la franqueza que a diario arruina a tantas aprendices de modista. Creía que todo el mundo compartía la virtud, y que el vicio lo había esparcido la Providencia sólo como pintoresco contraste escénico, como vemos en las novelas: pensaba que la miseria de un cottage consistía tan sólo en la ropa de vestir, que era igual de cálida pero mejor adaptada al ojo del pintor por sus pliegues irregulares y la variedad de colorido de sus remiendos. Creía, en conclusión, que los sueños de los poetas eran las realidades de la vida. Era apuesto, sincero y rico: por esos motivos, cuando entró en sociedad, muchas madres lo cercaron, rivalizando en describirlo con menos exactitud a sus lánguidas y retozonas favoritas: al mismo tiempo las hijas, por cómo se animaba su semblante cuando él se acercaba y cómo lo miraban con ojos chispeantes cuando abría los labios, pronto le hicieron concebir falsas ideas acerca de sus propios méritos y talento. Como le había cogido afición a leer novelas cuando se encontraba solo, le sorprendía descubrir que, excepto en las velas de sebo y de cera, que parpadeaban no por la presencia de un fantasma sino por la falta de pabilo, no existía ninguna base real para aquel montón de agradables imágenes y descripciones que contenían los volúmenes que guardaba en su estudio. Habiendo encontrado, sin embargo, cierta compensación en su vanidad satisfecha, estaba a punto de renunciar a sus sueños, cuando el ser extraordinario que acabamos de describir se interpuso en su camino.

Lo observó con atención; y la misma imposibilidad de formarse una idea precisa del carácter de un hombre totalmente encerrado en sí mismo, que no daba más muestras de prestar atención a los objetos que lo rodeaban excepto el tácito reconocimiento de su existencia que suponía el hecho de evitar el contacto con ellos; permitiendo que su imaginación se figurase todo cuanto halagaba su afición a las ideas extravagantes, no tardó en convertir a este personaje en un héroe novelesco, y decidió fijarse más en la criatura forjada por su imaginación que en la persona que tenía delante. Lo conoció, tuvo muchas atenciones con él, y tanto llegó a progresar su amistad que su presencia era admitida siempre. Poco a poco se fue enterando de que los asuntos de lord Ruthven pasaban por un mal momento y pronto averiguó, por los preparativos que observó en la calle, que se disponía a emprender un viaje. Deseoso de obtener alguna información sobre este singular personaje, que hasta ahora sólo había despertado su curiosidad, insinuó a sus tutores que le había llegado el momento de realizar el viaje, que desde hace muchas generaciones se considera indispensable para que los jóvenes progresen más rápidamente en la carrera del vicio hasta ponerse en pie de igualdad con los ancianos, y deje de parecer que se han caído de un guindo cada vez que se hace alusión a intrigas escandalosas, en plan jocoso o elogioso, según el grado de habilidad desplegado. Los tutores dieron su consentimiento; e inmediatamente Aubrey habló de sus intenciones a lord Ruthven, viéndose sorprendido al recibir de este la propuesta de viajar en su compañía. Halagado por tal muestra de estima, viniendo de alguien que, al parecer, no tenía nada en común con el resto de sus semejantes, aceptó con el mayor agrado, y pocos días después habían cruzado las aguas del Canal.

Hasta entonces, Aubrey no había tenido ocasión de examinar el carácter de lord Ruthven, y ahora comprobó que, aunque fue testigo de muchos de sus actos, los resultados ofrecían unas conclusiones muy diferentes de los motivos aparentes de su conducta. Su compañero era pródigo en su generosidad; el desocupado, el vagabundo y el mendigo recibían de su mano más que suficiente para satisfacer sus necesidades inmediatas. Pero Aubrey no pudo dejar de observar que no daba limosna a la gente virtuosa, reducida a la indigencia por los infortunios que acompañan incluso a la virtud, sino que además le cerraba la puerta con desprecio apenas contenido; pero, cuando un libertino acudía a él en solicitud de ayuda, no para remediar sus necesidades, sino para regodearse en su lujuria, o hundirse todavía más en su iniquidad, lo despedía con gran benevolencia. Sin embargo, eso lo atribuía Aubrey a la importunidad de los viciosos, que por regla general prevalece sobre la retraída timidez de los indigentes virtuosos. En relación con la caridad de Su Señoría había una circunstancia que le impresionaba todavía más: todos los que recibían su limosna comprobaban que esta indefectiblemente traía consigo una maldición, pues todos ellos o bien acababan en el cadalso, o hundidos en la más baja y abyecta miseria. En Bruselas y otras ciudades por donde pasaron, Aubrey observó con sorpresa la manifiesta impaciencia con que su compañero buscaba los centros más de moda del vicio; allí se metió en el ambiente de la mesa de faraón[17]: apostaba y siempre tenía éxito, excepto cuando su antagonista era un conocido tahúr, y entonces perdía más de lo que había ganado; aunque siempre con el mismo rostro inalterable con que solía observar a la gente que lo rodeaba; sin embargo, no pasaba lo mismo cuando se enfrentaba a un joven e irreflexivo novato, o a un desgraciado padre de familia numerosa; en tales casos, su mismo deseo parecía dictar las leyes del azar… dejaba a un lado su aparente ensimismamiento, y le chispeaban los ojos más que a un gato cuando juguetea con un ratón medio muerto. En cada ciudad por donde pasaba, dejaba al joven antes opulento excluido del círculo del que fue ornato, maldiciendo, en la soledad de una mazmorra, el destino que le había puesto al alcance de este desalmado; mientras que muchos padres, acosados por las elocuentes miradas de sus hijos hambrientos, estaban desesperados al haber perdido hasta el último céntimo de su antaño cuantiosa fortuna, con lo cual ni siquiera podían comprar lo imprescindible para calmar sus necesidades más imperiosas. Con todo, nunca obtenía ganancias de la mesa de juego: inmediatamente perdía, para mayor ruina de muchos, hasta la última moneda que acababa de arrebatar a la mano convulsa de un inocente; puede que eso fuera la consecuencia de un cierto grado de conocimiento del juego por su parte, que, sin embargo, no le capacitaba para vencer la astucia de los más experimentados. Aubrey deseaba a menudo hacérselo presente a su amigo, así como rogarle que renunciase a aquel placer de la caridad que resultaba ser la ruina de todos y no contribuía a su provecho; pero lo demoraba… pues cada día esperaba que su amigo le diese alguna oportunidad de hablar con franqueza y abiertamente; sin embargo, eso no ocurría nunca. En su carruaje, y en medio de los más agrestes y espléndidos paisajes naturales, lord Ruthven era el mismo de siempre: sus ojos eran menos elocuentes que sus labios; y aunque Aubrey no se alejaba del objeto de su curiosidad, no obtenía de ello más satisfacción que el constante e inútil deseo de resolver aquel misterio, que para su imaginación exaltada empezaba a asumir cierto aspecto sobrenatural.

Pronto llegaron a Roma, y durante algún tiempo Aubrey perdió de vista a su compañero; lord Ruthven lo abandonó para asistir asiduamente a las tertulias matinales de una condesa italiana, mientras él iba en busca de monumentos conmemorativos de otra ciudad casi desierta. Mientras estaba ocupado en eso, le llegaron cartas de Inglaterra, que abrió con apremiante impaciencia; la primera era de su hermana y no contenía más que muestras de afecto; las otras eran de sus tutores, y la más reciente le asombró; si antes le había pasado por la imaginación que en su compañero residía un poder maléfico, estas cartas casi le proporcionaron motivos suficientes para confirmar sus sospechas. Sus tutores insistían en que abandonase inmediatamente a su amigo, y alegaban que era un sujeto terriblemente depravado, cuyo irresistible poder de seducción hacía que sus licenciosas costumbres fueran todavía más peligrosas para la sociedad. Se había descubierto que su desdén por la adúltera no se debía a que odiase su reputación; sino que, para incrementar su satisfacción, había exigido a su víctima, y compañera suya de culpa, que se precipitase desde el pináculo de la virtud sin tacha a los abismos sin fondo de la infamia y la degradación: en fin, que todas aquellas mujeres a las que él había buscado, al parecer a cuenta de su virtud, se habían quitado la máscara después de su partida, y no habían tenido ningún escrúpulo en exponer toda la deformidad de sus vicios a la mirada pública.

Aubrey decidió dejar a quien todavía no había mostrado a ojos vistas una sola faceta halagüeña de su carácter. Resolvió inventarse algún pretexto plausible para abandonarlo del todo, proponiéndose, entre tanto, vigilarlo más de cerca sin permitir que le pasara inadvertido ni el más nimio detalle. Se introdujo en el mismo círculo social, y pronto se dio cuenta de que Su Señoría intentaba por todos los medios aprovecharse de la inexperiencia de la hija de la dama cuya casa frecuentaba con mayor asiduidad. En Italia es raro que las jóvenes asistan a reuniones de sociedad antes de casarse; por tanto, lord Ruthven se vio obligado a llevar a cabo sus planes en secreto; pero Aubrey no le perdía de vista en todos sus enredos y no tardó en descubrir que había concertado una cita, que muy probablemente acabaría siendo la ruina de una inocente aunque irreflexiva muchacha. Sin perder un minuto más, entró en el cuarto de lord Ruthven y bruscamente le preguntó cuáles eran sus intenciones con respecto a la joven, informándole al mismo tiempo que sabía de buena tinta que iba a verse con ella esa misma noche. Lord Ruthven le respondió que sus intenciones eran las que se supone que tendría cualquiera en una ocasión semejante; y cuando se vio presionado a confesar si pensaba casarse con ella, simplemente se echó a reír. Aubrey se retiró; y, en cuanto escribió una nota anunciando que a partir de entonces se negaba a seguir acompañando a Su Señoría durante el resto del viaje previsto, ordenó a su criado que le buscase nueva vivienda y se fue a visitar a la madre de la joven para informarla de cuanto sabía, no sólo en lo referente a la joven, sino también acerca de la reputación de Su Señoría. Se impidió la cita. Al día siguiente, lord Ruthven se limitó a enviar a su criado, para notificar a Aubrey su pleno consentimiento en la separación; pero no le dio a entender que sospechase que sus planes habían fracasado gracias a él.

Después de dejar Roma, Aubrey dirigió sus pasos a Grecia y, atravesando la península, pronto se encontró en Atenas. Se instaló en casa de un griego; y no tardó en ocuparse personalmente de localizar las trazas marchitas de pasadas glorias en aquellos monumentos que, avergonzados al parecer de registrar las proezas de hombres libres sólo ante esclavos, se habían escondido bajo el suelo protector o los líquenes multicolores.

Bajo el mismo techo que él vivía una criatura tan bella y delicada, que habría podido servir de modelo a un pintor que quisiera plasmar en el lienzo a una de esas huríes que Mahoma promete a los creyentes en su paraíso, excepto que sus ojos revelaban demasiado espíritu para pensar que pudiera ser de las que no tienen alma. Cuando danzaba en la planicie, o subía a paso ligero la ladera de la montaña, ni una gacela habría podido superarla en belleza; pues ¿quién habría cambiado la mirada de sus ojos, que parecían los de la naturaleza animada, por esa otra soñolienta y voluptuosa de animal que sólo se adapta al gusto del epicúreo? Con su andar ligero, Ianthe acompañaba con frecuencia a Aubrey en su búsqueda de antigüedades, y a menudo la inconsciente criatura, ocupada en perseguir una mariposa de Cachemira, revelaba toda la belleza de su cuerpo, flotando al viento por decirlo así, ante la mirada de deseo de él, que, contemplando su figura de sílfide, se olvidaba de la inscripción que acababa de descifrar en una tablilla casi borrada. Cuántas veces, mientras revoloteaba de un lado a otro, su cabellera exhibía, bajo los rayos del sol, unas tonalidades tan delicadamente brillantes y evanescentes, que bien podrían disculpar el olvido del anticuario, que dejaba escapar de su mente el mismo objeto que antes había considerado de importancia vital para una correcta interpretación de determinado pasaje de Pausanias. Pero ¿por qué intentar describir los encantos que todos sienten, pero nadie puede apreciar?

Ianthe era la inocencia, la juventud y la belleza, no afectadas por los salones concurridos y los sofocantes bailes. Mientras él dibujaba aquellos restos, cuyo recuerdo deseaba conservar para días futuros, ella permanecía a su lado, observando la magia de su lápiz al retratar los paisajes del lugar donde había nacido; luego le describía los bailes en círculo, en plena llanura, le pintaba con los brillantes colores de la memoria juvenil la pompa de las bodas que recordaba haber visto de niña; y entonces, volviendo a otros temas que, según parece, habían causado en su ánimo una mayor impresión, le contaba los cuentos sobrenaturales que su niñera no se cansaba de repetirle. Su sinceridad y la aparente fe que ponía en su relato suscitó el interés de Aubrey; y a menudo, cuando le contaba la historia del vampiro lleno de vida, que había pasado mucho tiempo entre sus amigos y parientes más queridos, obligado año tras año a alimentarse con la vida de una hermosa joven para prolongar su existencia durante los meses siguientes, se le helaba la sangre, aunque intentaba reírse de tan fútiles y horribles fantasías.

Pero Ianthe le citó los nombres de algunos ancianos que, por fin, llegaron a descubrir entre ellos a un vampiro vivo, después de encontrar que varios de sus hijos y parientes más próximos habían sido víctimas del apetito de aquel desalmado. Y al comprobar su incredulidad le suplicó que la creyera, pues se había observado que los que osaban dudar de la existencia de los vampiros, siempre terminaban por obtener alguna prueba determinada que les obligaba a reconocer, con gran pena y desolación, que era cierto. Le detalló el aspecto tradicional de esos monstruos, y su horror aumentó al oír una descripción bastante precisa de lord Ruthven. Sin embargo, persistió todavía en persuadirla de que sus temores no estaban fundados, aunque al mismo tiempo le asombraban las numerosas coincidencias que habían contribuido a hacerle creer en el poder sobrenatural de lord Ruthven.

Aubrey empezaba a cogerle cada vez más cariño a Ianthe; su inocencia, tan distinta de las afectadas virtudes de las mujeres entre las que él había buscado su ideal novelesco, conquistó su corazón; y, al tiempo que le parecía ridícula la idea de que un joven educado a la inglesa se casara con una muchacha griega completamente inculta, cada vez se sentía más encariñado con la criatura casi de ensueño que tenía delante. A veces se apartaba de ella en contra de su voluntad y, tras urdir un plan de búsqueda de antigüedades, partía decidido a no regresar hasta haber logrado su objetivo; pero siempre le resultaba imposible fijar la atención en las ruinas que lo rodeaban, en tanto que su mente retenía una imagen que parecía haberse apoderado en exclusiva y legítimamente de sus pensamientos.

Ianthe no se daba cuenta de su amor, y conservaba la misma franqueza infantil que le había seducido desde el primer momento. Siempre parecía separarse de él a regañadientes; pero era porque no tenía a nadie con quien poder visitar sus lugares predilectos, mientras su tutor se hallaba ocupado en descubrir o hacer un boceto de algún fragmento que se había librado de la acción destructora del tiempo. Ianthe había recurrido a sus padres a propósito de los vampiros, y ambos, así como otras personas presentes, confirmaron su existencia, palideciendo de terror ante su solo nombre. Poco después, Aubrey decidió emprender una de sus excursiones, que no le iba a llevar más que unas pocas horas; cuando oyeron el nombre del lugar donde pensaba ir, inmediatamente le suplicaron que no regresara de noche, pues forzosamente tendría que atravesar un bosque en el que ningún griego se quedaría después de la puesta del sol, bajo ningún concepto. Lo describieron como un lugar frecuentado por los vampiros en sus orgías nocturnas, y auguraron las mayores desgracias a quien osara cruzar aquel sendero. Aubrey restó importancia a sus protestas e intentó reírse a carcajadas de la idea; pero, cuando los vio estremecerse ante su atrevimiento al mofarse de un poder infernal superior cuyo sólo nombre parecía helarles la sangre, se calló.

A la mañana siguiente, cuando Aubrey se disponía a partir solo, le sorprendió observar el melancólico semblante de su anfitrión, y le preocupó descubrir que sus palabras, burlándose de la creencia en esos horribles demonios, les hubiese infundido tal terror. Cuando estaba a punto de partir, Ianthe se acercó a su caballo y le suplicó de todo corazón que regresara antes de que la noche permitiera a esos seres poner en práctica todo su poder; él se lo prometió. Sin embargo, sus investigaciones lo tuvieron tan ocupado que no se dio cuenta de que pronto se acabaría la luz del día y que en el horizonte se estaba formando una de esas nubes negras que, en los climas más cálidos, se convierten rápidamente en una masa enorme y vierten todo su furor sobre el abnegado campo. No obstante, montó por fin en su caballo, decidido a recuperar el tiempo perdido: pero era demasiado tarde. El crepúsculo es casi desconocido en estos climas meridionales; el sol se pone en seguida y comienza la noche: y antes de que hubiese recorrido un buen trecho la tormenta se le vino encima… el retumbar de los truenos apenas tenía un momento de reposo… la torrencial lluvia se abría paso por entre el dosel del follaje, en tanto que los deprimentes relámpagos en zigzag parecían caer y estallar a sus pies. De pronto su caballo se asustó y echó a correr, y le llevó con espantosa rapidez a través del bosque enmarañado. El animal se detuvo por fin, agotado, y Aubrey descubrió, a la deslumbrante luz de los relámpagos, que se hallaba cerca de un cobertizo casi enterrado bajo montones de hojas secas y maleza que lo rodeaban. Desmontó y se aproximó con la esperanza de encontrar a alguien que le sirviera de guía hasta la ciudad, o confiando al menos en obtener refugio mientras durase la tormenta. Mientras se acercaba, los truenos cesaron momentáneamente, lo que le permitió oír los espantosos chillidos de una mujer, mezclados con exultantes y contenidas carcajadas de burla, que se prolongaron en un fragor casi continuo.

Estaba asustado; pero, acuciado por el nuevo trueno que retumbaba sobre su cabeza, forzó la puerta de la choza. Se encontró en la más completa oscuridad; no obstante le guió el ruido. Por lo visto su presencia pasó inadvertida; pues, aunque llamó, los gritos continuaron y nadie le prestó atención. De pronto estableció contacto con alguien, al que inmediatamente se aferró; una voz gritó: «¡Otra vez desconcertado!», a lo que siguió una sonora carcajada; y se sintió agarrado por alguien cuya fuerza parecía sobrehumana; decidido a vender su vida lo más cara posible, hizo un esfuerzo; pero fue en vano: fue levantado en vilo y tirado al suelo con enorme fuerza; su enemigo se le echó encima y, poniéndole una rodilla en el pecho, se disponía a rodearle la garganta con las manos… cuando el resplandor de varias antorchas, que penetraba a través de la abertura por donde entraba la luz durante el día, lo deslumbró. El desconocido se levantó en el acto, dejó su presa, atravesó la puerta a todo correr, y unos instantes después ya no se oía el crujir de ramas al abrirse paso por el bosque. La tormenta se había calmado y Aubrey, incapaz de moverse, no tardó en ser oído por los de afuera, los cuales entraron; la luz de sus antorchas iluminó las paredes de adobe y el techo de paja, recubierto de espesos copos de hollín. A petición de Aubrey se pusieron a buscar a la mujer que le había atraído con sus gritos; de nuevo lo dejaron a oscuras; pero cuál no sería su horror cuando, a la luz de las antorchas que habían vuelto a irrumpir, se percató de la presencia del cuerpo etéreo de su bella guía en forma de cadáver inanimado. Cerró los ojos, esperando que no fuera sino una visión de su mente trastornada; pero, cuando los abrió de nuevo, volvió a ver la misma figura tendida a su lado.

No había color en sus mejillas, ni siquiera en sus labios; no obstante, la inmovilidad de su semblante parecía casi tan atractiva como la vida que antaño residió allí: tenía manchas de sangre en el cuello y en el pecho, y en su garganta quedaban señales de dientes que le habían abierto una vena. Al verla, los hombres la señalaron con el dedo y, sobrecogidos por el pánico, gritaron todos a una:

—¡Un vampiro! ¡Un vampiro!

Rápidamente construyeron una litera y sobre ella depositaron a Aubrey junto a la que últimamente había sido objeto de tan radiantes y encantadoras visiones, ahora tronchadas en flor como su vida misma. No era ya dueño de sus pensamientos… tenía la mente embotada y parecía evitar cualquier tipo de reflexión y refugiarse en el vacío… casi sin darse cuenta, sostenía en la mano una daga desenvainada de forma extraña que se había encontrado en la choza. No tardaron en tropezarse con los distintos grupos encargados de buscar a la joven a quien su madre había echado de menos. Sus gritos lastimeros, a medida que se acercaban a la ciudad, previnieron a los padres acerca de la espantosa catástrofe. Sería imposible describir su dolor; pero, cuando averiguaron la causa de la muerte de su hija, miraron a Aubrey y le señalaron el cadáver. Estaban desconsolados; ambos murieron con el corazón destrozado.

Una vez acostado, Aubrey padeció una fiebre intensa y a menudo deliraba: invocaba a lord Ruthven y a Ianthe… por algún inexplicable cúmulo de circunstancias parecía suplicar a su antiguo compañero que le perdonara la vida al ser que él amaba. Otras veces profería imprecaciones contra él y lo maldecía como destructor de su felicidad. Sucedió que por aquel entonces lord Ruthven llegó a Atenas y, por el motivo que sea, al enterarse del estado de Aubrey, se instaló inmediatamente en la misma casa y se convirtió en su asiduo acompañante. Cuando este último se recobró de su delirio, se horrorizó y sobresaltó al ver al hombre cuya imagen asociaba ahora con un vampiro; pero lord Ruthven, con palabras amables que casi implicaban arrepentimiento por haberlo abandonado, y más aún con su preocupación y cuidado, y con las atenciones que le mostró, no tardó en habituarlo a su presencia.

Su Señoría parecía completamente cambiado; ya no era aquel ser apático que tanto había asombrado a Aubrey; pero, tan pronto como su convalecencia empezó a hacer rápidos progresos, poco a poco volvió a recuperar su antiguo estado de ánimo, y Aubrey no observó ningún cambio en él, salvo que a veces lo sorprendía mirándolo fijamente, con una sonrisa de malévola exultación en los labios: no sabía por qué, pero aquella sonrisa le obsesionaba. Durante la última fase de recuperación del inválido, lord Ruthven se dedicó aparentemente a contemplar las olas levantadas por la brisa refrescante, o a seguir el curso de las constelaciones, que giran, como nuestro mundo, alrededor del sol inmóvil… a decir verdad, parecía querer ocultarse a las miradas ajenas.

La mente de Aubrey quedó muy debilitada a causa de aquella conmoción, y la flexibilidad de espíritu que antaño le había distinguido ahora parecía haberle abandonado para siempre. Se había vuelto tan amante de la soledad y del silencio como lord Ruthven; pero, por mucho que desease la soledad, su mente no podía hallarla en las cercanías de Atenas; si la buscaba entre las ruinas que antes había frecuentado, le acompañaba la imagen de Ianthe; si la buscaba en los bosques, sus pasos ligeros parecían vagar entre la maleza en busca de la modesta violeta; luego, de pronto cambiaba de opinión y su alocada imaginación le hacía ver a su amada con el rostro pálido, la garganta ensangrentada y una mansa sonrisa en los labios. Aubrey decidió huir de aquellos escenarios, en los que cada detalle originaba en su mente amargas asociaciones.

Propuso a lord Ruthven, a quien se sentía obligado por los solícitos cuidados que de él había recibido durante su enfermedad, visitar juntos aquellas regiones de Grecia que todavía no habían visto. Viajaron en todas direcciones, y buscaron los lugares vinculados con algún recuerdo: pero, a pesar de apresurarse de un lugar a otro, no parecían prestar atención a lo que miraban. Oyeron hablar mucho de salteadores, pero poco a poco empezaron a hacer caso omiso de esas informaciones, que ellos imaginaban que se trataba de una invención de individuos interesados en suscitar la generosidad de aquellos a quienes defendían de los supuestos peligros. Por consiguiente, desoyendo las advertencias de los aldeanos, en una ocasión viajaron con solo una reducida escolta, más bien para servirles de guía que de defensa. Sin embargo, nada más entrar en un angosto desfiladero, en el fondo del cual discurría un torrente, entre abundantes montones de rocas desprendidas de los precipicios de los alrededores, tuvieron motivo para arrepentirse de su descuido; pues, apenas hubo entrado todo el grupo en el estrecho desfiladero, cuando las balas empezaron a silbar muy cerca de sus cabezas y el eco repetía el estampido de varias armas de fuego, lo cual les sobresaltó. En un momento la escolta les había abandonado y, ocultándose detrás de las rocas, habían comenzado a disparar en la dirección de donde provenían las detonaciones. Imitando su ejemplo, lord Ruthven y Aubrey se ocultaron de momento tras la curva protectora del desfiladero; pero, avergonzados de haber sido detenidos de esa manera por un enemigo que les ordenaba avanzar lanzándoles gritos de insulto, y estando expuestos a una matanza inevitable si a alguno de los salteadores se le ocurría trepar a lo alto para sorprenderles por la espalda, inmediatamente decidieron abalanzarse en busca del enemigo. Apenas habían abandonado la protección de las rocas cuando lord Ruthven recibió un disparo en la espalda, que lo tiró al suelo. Aubrey se apresuró a ayudarlo; y, dejando de prestar atención a la contienda o al propio peligro que corría, no tardó en verse rodeado, para su sorpresa, por los rostros de los salteadores… pues, viendo que habían herido a lord Ruthven, los de la escolta depusieron las armas de inmediato y se rindieron.

Prometiéndoles una fuerte recompensa, Aubrey no tardó en persuadirlos de que llevaran a su amigo herido a una cabaña cercana; y, tras convenir con ellos un rescate, dejaron de molestarlo con su presencia… se limitaron a vigilar la entrada hasta que regresara su camarada con la suma prometida, para lo cual tenía una orden de entrega. Las fuerzas de lord Ruthven iban disminuyendo rápidamente; al cabo de dos días apareció la gangrena y la muerte parecía avanzar a toda prisa. Su comportamiento y su aspecto no habían cambiado; parecía tan indiferente al dolor como lo había sido a las cosas que lo rodeaban: pero hacia el final de la última tarde parecía estar preocupado y con frecuencia miraba fijamente a Aubrey, el cual le ofreció su ayuda con más sinceridad de lo habitual.

—¡Ayudadme! ¡Podéis salvarme!… podéis hacer todavía más… no se trata de mi vida, cuya pérdida me preocupa tan poco como la del día que se acaba; pero podéis salvar mi honor, el honor de vuestro amigo.

—¿Cómo? ¡Decidme cómo! Haría cualquier cosa —respondió Aubrey.

—Os pido bien poco… mi vida declina a ritmo acelerado… no os lo puedo explicar todo, pero si quisierais ocultar todo lo que sabéis de mí, mi honor quedaría libre de mancha a los ojos del mundo… y si mi muerte fuera ignorada en Inglaterra durante algún tiempo… yo… yo… pero mi vida…

—No se sabrá nada.

—¡Jurádmelo! —exclamó el moribundo, incorporándose con exultante violencia—. Jurádmelo por todo cuanto vuestra alma venera, por todos vuestros temores naturales, juradme que durante un año y un día no revelaréis a ningún ser vivo ni mis delitos ni mi muerte, pase lo que pase, o veáis lo que veáis.

Parecía que sus ojos iban a salirse de las órbitas.

—¡Lo juro! —dijo Aubrey.

Lord Ruthven se dejó caer sobre la almohada, riéndose, y seguidamente expiró.

Aubrey se retiró a descansar, pero no durmió; las variadas circunstancias que habían concurrido en sus relaciones con este hombre acudían a su mente, y no sabía por qué; cuando se acordó del juramento, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, como si tuviera el presentimiento de que le aguardaba algo horrible. A la mañana siguiente se levantó muy temprano y, cuando estaba a punto de entrar en el cobertizo donde había dejado el cadáver, se encontró con un salteador, quien le informó que ya no se encontraba allí, pues, mientras Aubrey descansaba, él y sus camaradas lo habían llevado a la cima de un monte cercano, conforme a la promesa dada a Su Señoría, a fin de exponer su cadáver al primer rayo helado de la luna. Aubrey se sorprendió y, llevándose varios de los hombres, decidió enterrarlo en el lugar donde yacía. Pero cuando llegó a la cima no encontró rastro alguno ni del cadáver ni de las ropas, aunque los salteadores juraron que habían depositado el cuerpo sobre una roca idéntica a la que le habían señalado. Durante algún tiempo, la atónita mente de Aubrey se perdió en conjeturas, pero al fin regresó, convencido de que habían enterrado el cadáver por su cuenta para quedarse con su ropa.

Harto de un país en el que se había enfrentado a tan terribles infortunios, y en el que al parecer todo conspiraba a realzar aquella supersticiosa melancolía que se había apoderado de su espíritu, decidió abandonarlo, y no tardó en llegar a Esmirna. Mientras esperaba un barco que le llevase a Otranto o a Nápoles, se ocupó de poner en orden algunos efectos personales que pertenecieron a lord Ruthven. Entre otras cosas había un estuche que contenía varias armas ofensivas, más o menos adecuadas para causar la muerte a la víctima. Había varias dagas y yataganes. Mientras les echaba una ojeada y examinaba sus curiosas formas, cuál no sería su sorpresa al encontrar una vaina, cuya ornamentación parecía del mismo estilo que la daga descubierta en la funesta choza; se estremeció; y, apresurándose a conseguir más pruebas, encontró el arma, y pueden imaginar su horror cuando descubrió que, aunque tenía una forma peculiar, encajaba perfectamente en la vaina que tenía en sus manos. Sus ojos ya no parecían necesitar más pruebas… no podían apartarse de la daga; sin embargo, deseaba no creer lo que parecía evidente; pero la peculiar forma del arma y las mismas tonalidades del puño y de la vaina eran igual de espléndidas y no dejaban lugar a dudas; además había gotas de sangre en ambas piezas.

Abandonó Esmirna y, al pasar por Roma, de vuelta a casa, sus primeras averiguaciones estuvieron relacionadas con la joven que él había intentado arrebatar a las artes seductoras de lord Ruthven. Sus padres estaban en apuros, habían perdido su fortuna, y nadie había oído hablar de ella tras la partida de Su Señoría. Aubrey casi perdió el juicio ante tantos horrores repetidos; temía que la joven hubiese caído víctima del que destruyó a Ianthe. Se volvió taciturno y callado; y su única ocupación consistía en meter prisa a los postillones, como si fuese a salvar la vida de algún ser querido. Llegó a Calais; una brisa, que parecía obedecer a sus deseos, no tardó en llevarle a las costas inglesas; se dio prisa en llegar a la mansión de sus padres, y una vez allí, gracias a los abrazos y las caricias de su hermana, pareció olvidarse por un momento de los malos recuerdos del pasado. Si antaño se había ganado ella su afecto con sus caricias infantiles, ahora que empezaba a aparecer la mujer su compañía era todavía más atrayente.

La señorita Aubrey carecía de esa gracia cautivadora que atrae las miradas y provoca la admiración en las reuniones mundanas. No poseía esa brillantez superficial que sólo existe en la atmósfera caldeada de un salón concurrido. Sus ojos azules nunca se le iluminaban porque hubiera tras ellos un espíritu frívolo. Tenía un encanto melancólico que no parecía provocado por el infortunio, sino por algún sentimiento íntimo que parecía indicar un alma consciente de un destino más radiante. Sus andares no tenían ese paso ligero capaz de extraviarse adondequiera que pudiese atraerlo una mariposa o un color… eran sosegados y melancólicos. Cuando se encontraba sola, nunca se le iluminaba el rostro con una sonrisa de júbilo; pero cuando su hermano le expresaba su afecto, y olvidaba en su presencia las penas que, según ella sabía, turbaban su sosiego, ¿quién habría cambiado su sonrisa por la de la voluptuosidad? Parecía como si aquellos ojos, aquel rostro, se comportaran de acuerdo con las circunstancias de su nacimiento. Sólo tenía dieciocho años y todavía no había sido presentada en sociedad, pues sus tutores habían creído más conveniente que la presentación se aplazara hasta que su hermano regresara del continente y pudiera protegerla. Por tanto, se decidió que la próxima recepción, que tendría lugar muy pronto, sería el momento de su entrada en el «gran mundo». Aubrey habría preferido quedarse en la mansión de sus padres y poder seguir cebando la melancolía que le agobiaba. No podía sentir interés por las frivolidades de las reuniones de moda, cuando le atormentaban tanto los sucesos que había presenciado; pero decidió sacrificar su propio bienestar a fin de proteger a su hermana. Pronto llegaron a Londres y se prepararon para la recepción que había sido anunciada para el día siguiente.

La concurrencia era excesiva… hacía mucho tiempo que no se celebraba ninguna recepción y todos los que deseaban gozar del favor real acudieron a ella. Aubrey estuvo allí con su hermana. Mientras se mantenía apartado en una esquina del salón, indiferente a cuanto sucedía a su alrededor, y recordando que fue en aquel mismo lugar donde vio por primera vez a lord Ruthven… de pronto sintió que lo agarraban del brazo, y una voz que reconocía demasiado bien le susurró al oído:

—Recordad vuestro juramento.

Apenas tuvo valor para volverse, por miedo a ver un espectro que pudiera atacarlo, cuando divisó, a escasa distancia, al mismo personaje que le había llamado la atención en aquel mismo sitio la primera vez que entró en sociedad. Lo miró hasta que sus piernas casi se negaron a soportar su peso, viéndose obligado a cogerse al brazo de un amigo y a abrirse paso entre la muchedumbre; luego se arrojó al interior de su carruaje y ordenó que lo llevasen a casa.

Al llegar a su casa, se puso a recorrer la habitación de un lado a otro con paso rápido, y se sujetó la cabeza con las manos como si temiera que sus pensamientos la fueran a hacer estallar. De nuevo se enfrentaba a lord Ruthven… todos los detalles acudieron a su mente en atroz sucesión… la daga… su juramento. Se animó, no creía posible… ¡que los muertos resucitasen! Sin duda su imaginación evocaba la imagen que ocupaba sus pensamientos. Resultaba imposible que aquello fuese real… por tanto, decidió regresar de nuevo a la vida social; pues, aunque intentó preguntar acerca de lord Ruthven, no pudo despegar los labios para pronunciar el fatídico apellido, y no logró obtener información. Unos cuantos días después asistió con su hermana a una reunión en casa de un pariente cercano. Confiando a su hermana al cuidado de una matrona, se retiró a un lugar apartado, y allí se entregó de lleno a sus cavilaciones, que le carcomían el alma. Por último, al ver que muchos asistentes se estaban marchando, se animó y entró en otro aposento, donde encontró a sus hermana rodeada de varias personas, con las que parecía mantener una conversación en serio; intentó pasar y acercarse a ella, cuando un hombre, al que rogó que se apartara, se volvió y le reveló las facciones que más aborrecía.

Aubrey dio un salto hacia delante, agarró a su hermana del brazo y, con paso apresurado, la obligó a salir a la calle: una vez en la puerta se vio estorbado por una multitud de criados que esperaban a sus señores y, mientras se abría paso entre ellos, oyó de nuevo aquella voz que le susurró al oído: «¡Recordad vuestro juramento!». No se atrevió a volverse, sino que, metiendo prisa a su hermana, pronto llegaron a casa.

Aubrey casi se volvió loco. Si antes le obsesionaba una idea fija, cuánto más no le absorbería ahora que la certeza de que el monstruo había vuelto de nuevo a la vida activaba sus pensamientos. Las atenciones de su hermana ahora le dejaban indiferente, y en vano le suplicó ella que le explicase la causa de su repentino cambio de actitud. Él sólo dijo unas cuantas palabras, que la horrorizaron. Cuanto más pensaba, más desconcertado se sentía. Su juramento le asustaba; ¿iba a permitir, pues, que este monstruo vagara en completa libertad, arruinando con su aliento mefítico a todas las personas que él quería?, ¿no iba a impedir sus avances? Su propia hermana podía verse afectada. Pero, aunque rompiera el juramento y revelara sus sospechas, ¿quién le iba a creer? Pensó en emplear su propia mano para liberar al mundo de semejante malvado; pero recordó que ya había burlado a la muerte en una ocasión. Durante varios días permaneció en ese estado; encerrado en su aposento, no veía a nadie y sólo comía cuando su hermana, hecha un mar de lágrimas, iba a implorarle que, por su propio bien, respaldase a la naturaleza. Por fin, incapaz de seguir soportando la quietud y la soledad, abandonó la casa, vagó de una calle a otra, deseando huir de la imagen que lo atormentaba. Se volvió descuidado en el vestir y se paseaba, exponiéndose tanto al sol del mediodía como a la humedad de medianoche. Estaba irreconocible; al principio solía regresar a casa al atardecer; pero al final se tumbaba en el suelo a descansar dondequiera que le sorprendiera la fatiga. Preocupada por su seguridad, su hermana contrató a varias personas para que le siguieran; pero Aubrey no tardó en distanciarse de ellas, pues huía del más rápido de los perseguidores… el pensamiento. Su actitud, sin embargo, cambió de pronto. Sobrecogido por la idea de que su ausencia había dejado a todos sus amigos expuestos a los ataques de un demonio cuya existencia ignoraban, decidió integrarse de nuevo en la vida social y vigilarlo de cerca, con la intención de prevenir, a pesar de su juramento, a cuantos entablaran una relación íntima con lord Ruthven. Pero cuando entraba en un salón, sus miradas extraviadas y suspicaces eran tan llamativas, sus estremecimientos íntimos tan visibles, que al final su hermana se vio obligada a pedirle que se abstuviera, aunque sólo fuera por ella, de frecuentar una sociedad que tan profundamente le afectaba. No obstante, cuando esta reprimenda resultó inútil, sus tutores juzgaron oportuno intervenir y, temiendo que se estuviese volviendo loco, consideraron que era el momento adecuado para reasumir aquella obligación que les habían impuesto los padres de Aubrey.

Deseosos de evitarle los agravios y sufrimientos a que se exponía en sus vagabundeos diarios, así como de impedir que mostrara en público esas marcas de lo que ellos consideraban locura, contrataron a un médico para que residiese en la casa y cuidase de él continuamente. Aubrey apenas pareció darse cuenta de eso, tan absorto estaba en la terrible idea que le obsesionaba. Finalmente su incoherencia llegó a tal extremo que fue confinado en su cámara. Allí solía pasarse días enteros, incapaz de reaccionar. Estaba demacrado y sus ojos habían adquirido un brillo vidrioso; sólo daba muestras de afecto y de reconocimiento cuando su hermana entraba; entonces se sobresaltaba y, cogiéndole las manos con una expresión que la afligía profundamente, le pedía que no lo tocase.

—Ah, no lo toquéis… si vuestro amor por mí representa algo, ¡no os acerquéis a él!

Sin embargo, cuando ella le preguntaba que a quién se refería, su única respuesta era esta: «¡Cierto! ¡Cierto!», y volvía a sumirse en un estado del que ni ella misma podía sacarlo. Esta situación duró varios meses: sin embargo, a medida que pasaba el año, poco a poco sus incoherencias llegaron a ser menos frecuentes, y su mente se libró en parte de su melancolía, en tanto que sus tutores observaron que varias veces al día contaba con los dedos un número determinado, y luego sonreía.

Casi había transcurrido el plazo cuando, el último día del año, uno de sus tutores entró en su aposento y se puso a comentar con el médico la triste circunstancia de que Aubrey estuviese en una situación tan espantosa, precisamente en vísperas de la boda de su hermana. Estas palabras atrajeron inmediatamente la atención de Aubrey, que preguntó con ansiedad con quién se iba a casar. Contentos por esta señal de que estaba recuperando el juicio, del que temían se viera privado para siempre, mencionaron el nombre del conde de Marsden.

Creyendo que se trataba de algún joven conde a quien sin duda había conocido en sociedad, Aubrey pareció alegrarse y los sorprendió todavía más al expresarles su intención de asistir a las nupcias y su deseo de ver a su hermana inmediatamente. No le respondieron, pero a los pocos minutos su hermana entró a verlo. Al parecer era de nuevo sensible al influjo de la encantadora sonrisa de ella; pues la estrechó contra su pecho, le besó la mejilla, mojada por las lágrimas de alegría que le brotaron ante la idea de que su hermano se mostraba sensible de nuevo a las expresiones de cariño. Empezó a hablar con su entusiasmo habitual y a felicitarla por su matrimonio con una persona tan distinguida por su linaje y su talento, cuando de repente observó el medallón que llevaba prendido al pecho; lo abrió y, cuál no sería su sorpresa, al reconocer los rasgos del monstruo que tanto había influido en su vida. Le arrancó el retrato en un paroxismo de rabia y lo pisoteó. Al preguntarle ella por qué había destruido la imagen de su futuro esposo, él la miró como si no la comprendiera; luego, cogiéndole las manos y mirándola con una frenética expresión en el semblante, le hizo jurar que nunca se casaría con ese monstruo, pues él…

Pero no pudo seguir… pareció como si aquella voz le volviese a pedir que recordase su juramento… de pronto se volvió, creyendo que lord Ruthven estaba cerca de él, pero no vio a nadie. Mientras tanto, entraron los tutores y el médico, que lo habían oído todo y pensaban que se trataba de otra recaída en su trastorno, y separándolo de la señorita Aubrey, le rogaron que abandonase la estancia. Aubrey cayó de rodillas ante ellos, les imploró, les suplicó que aplazasen la boda aunque no fuese más que un solo día. Atribuyendo eso al ataque de locura del que le suponían víctima, intentaron tranquilizarlo y se retiraron.

Lord Ruthven había ido a verlo la mañana siguiente a la recepción, y le negaron la entrada como a todos los demás. Cuando se enteró de la mala salud de Aubrey, inmediatamente comprendió que él era la causa; pero cuando supo que lo habían declarado loco, apenas pudo ocultar su júbilo y su felicidad a los que le habían dado esa información. Corrió a casa de su antiguo compañero y, con su asidua presencia, y gracias al profundo afecto que simuló sentir por su hermano y al interés por su destino, poco a poco se ganó la voluntad de la señorita Aubrey. ¿Quién habría podido resistirse a su poder? Tenía tantos afanes y peligros que contar… podía hablar de sí mismo como de un individuo que no encontraba comprensión en ningún otro ser de este atestado mundo, salvo en aquella a quien se dirigía; podía decir cómo, desde que la conoció, su existencia había empezado a parecer digna de ser conservada, aunque sólo fuera para poder escuchar sus dulces acentos; en fin, supo utilizar tan bien el arte viperino de la seducción y el halago, o así fue la voluntad del destino, que se ganó su afecto. Cuando finalmente le correspondió el título de la rama más antigua del árbol familiar, obtuvo una importante embajada, lo que le sirvió como excusa para acelerar la celebración de la boda (a pesar del deplorable estado del hermano de ella), que iba a tener lugar el mismo día de su partida al continente.

Cuando el médico y sus tutores lo dejaron solo, Aubrey intentó sobornar a la servidumbre, pero en vano. Pidió pluma y papel, y se los dieron; escribió una carta a su hermana, conjurándola, si valoraba su propia felicidad y su honor, así como el honor de los que ahora yacían en la tumba, que una vez la sostuvieron en sus brazos como su única esperanza y la de su casa, a que retrasara aunque sólo fuese unas horas la boda, a la que auguraba las mayores calamidades. Los criados prometieron entregarla; pero se la dieron al médico, el cual pensó que era mejor no atormentar más a la señorita Aubrey con lo que él consideraba desvaríos de un maníaco. Pasó la noche sin que nadie de la casa durmiera, ocupados en los preparativos de la ceremonia del día siguiente; y Aubrey los oyó, con un horror más fácil de imaginar que de describir. Llegó la mañana y el ruido de los carruajes estalló en sus oídos. Aubrey estaba cada vez más desesperado. La curiosidad de la servidumbre hizo que se descuidara la vigilancia; poco a poco se fueron escabullendo, dejando sólo de guardia a una vieja indefensa. Aubrey aprovechó la oportunidad, salió de golpe de la habitación y en un momento se encontró en el salón donde se hallaban reunidos casi todos. Lord Ruthven fue el primero en percatarse de su presencia: inmediatamente se acercó y, cogiéndolo del brazo con fuerza, se lo llevó rápidamente del salón, mudo de rabia. Cuando llegaron a la escalera lord Ruthven le susurró al oído:

—Recordad vuestro juramento y sabed que, si vuestra hermana no se casa hoy conmigo, quedará deshonrada. ¡Las mujeres son tan frágiles!

Diciendo esto, lo empujó hacia sus sirvientes, los cuales, alertados por la vieja criada, habían acudido en su busca. Aubrey no pudo resistir más; al no encontrar desahogo su rabia, se le rompió un vaso sanguíneo, y lo llevaron a la cama. No se mencionó esto a su hermana, que no estaba presente cuando él entró, ya que el médico tenía miedo de que eso la alterase. Se celebró la boda y los recién casados abandonaron Londres.

La debilidad de Aubrey fue en aumento; la efusión de sangre presentaba todos los síntomas de que su final se acercaba. Ordenó llamar a los tutores de su hermana y, cuando sonaron las doce campanadas de la medianoche, relató tranquilamente lo que el lector acaba de leer… inmediatamente después murió.

Los tutores se apresuraron a proteger a la señorita Aubrey; pero cuando llegaron, era demasiado tarde. Lord Ruthven había desaparecido, ¡y la hermana de Aubrey acababa de saciar la sed de un VAMPIRO!

LITERATURA Y TELEVISIÓN: UNA COLABORACIÓN FRUCTÍFERA (PARTE I)

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Hoy para hacer algo nuevo voy a acercaros a algunas libros que han sido adaptados a serie o miniserie, como tengo unas cuantas adaptaciones de este tipo en principio voy a dividir la entrada en dos partes.

Antes de entrar en materia quiero dejar claro que, al igual que en la entrada libros dentro de libros: cuando la literatura se retroalimenta, las series que van a componer las dos entradas que en principio van a componer esto, son una selección que no tienen por qué coincidir con lo que incluiría otra persona, y también dejar claro desde el principio que voy a seguir dos premisas muy sencillas: que la adaptación de los libros haya sido a serie o a miniserie y haber leído el libro y visto la serie/miniserie

AMERICAN GODS (2017)

Novela de Neil Gaiman adaptada por la cadena Starz a la pequeña pantalla, en ambos se nos cuenta la historia de Shadow Moon y el viaje que realiza en compañía de Wednesday a través de Estados Unidos.

En si el libro es un volumen bastante curioso, a la par que un poco difícil de leer, ya que a través del libro y del viaje que realizan Shadow y Wednesday van, no solo recorriendo el país y pasando por sitios de todo tipo, sino que también van encontrando diversos personajes de diferentes mitologías y credos.

Actualmente la adaptación televisiva de este volumen, fantásticamente adaptado, dicho sea de paso, tiene una temporada que abarca, más o menos la mitad del libro, y está prevista, en algún momento del futuro una segunda temporada, que presumiblemente abarcará todo lo que no se ha contado en la temporada ya estrenada

CORMORAN STRIKE: EL CANTO DEL CUCO Y EL GUSANO DE SEDA (2017)

Novelas de Robert Galbraith (seudónimo de J. K.Rowling) en torno a un detective privado que en el caso del canto del cuco investigará la muerte de una modelo, y en el del gusano de seda, inicialmente investigará la desaparición de un escritor.

En el caso que nos ocupa, hablamos de una adaptación de la BBC a la pequeña pantalla, la adaptación del primer volumen de la serie de Cormoran Strike (el canto del cuco) se compone de tres capítulos de una hora y la adaptación, al igual que en el caso anterior es muy fiel al texto del que parte.

En cuanto al segundo volumen (el gusano de seda) en el momento de redactar esto, están comenzando a emitir la temporada, y supongo que esta será similar a la anterior en cuanto a número de episodios y duración

EL CUENTO DE LA CRIADA (2017)

En el caso de esta novela, Margaret Atwood (la autora de la novela) nos presenta un país occidental en el que ha habido un golpe de estado y ha triunfado un gobierno de corte teológico en el que muchos derechos considerados como básicos (especialmente relativos a mujeres y a homosexuales) han sido cortados de raíz y se ha creado una sociedad basada en las sagradas escrituras.

En el caso presente, encontramos una serie de una temporada, y con una segunda en camino, que abarca prácticamente la totalidad del texto del que parte, creo que tanto el libro como la serie son muy recomendables, especialmente para un público femenino, ya que toca temas especialmente relacionados con la mujer (OJO, no digo que a los hombres no les vaya a gustar o que no deban leerlo)

La verdad es que creo que aunque la serie es realmente buena, que merece ser vista y que todos los premios que se ha llevado son pocos y bien merecidos, estamos ante un caso en el que el libro es mejor que la serie en el aspecto de que algunos detalles  del libro en la serie han sido cambiados y rebajados bastante (por ejemplo el marido de Offred), y en los que no voy a entrar a dar más detalles por si alguien tras leer esto se anima a darle una oportunidad al libro y a la serie, o a uno de los dos

LOS PILARES DE LA TIERRA

Novela de Ken Follet centrada en la construcción de una catedral en Inglaterra, en si el libro está muy bien ya que a través del libro se ve el cambio del estilo románico al gótico

En el caso de esta novela, recuerdo que la serie era muy fiel al libro y que los pocos cambios que hubo se dieron al final en detalles que si mal no recuerdo que en mi círculo no sentaron muy bien, más que nada porque cambiaban totalmente el remate

JUEGO DE TRONOS (2011- )

Este caso es un caso especial y raro, en el momento de redactar esto, existen cinco libros, tres precuelas literarias y una serie de seis temporadas y cuyo final se espera para 2019

Es uno de esos casos raros en los que solo puedo decir que la serie es mejor que el libro, ya que el estilo del autor no acaba de gustarme, amén de que es excesivamente lento; a pesar de esto me gustaría decir que la serie ha perdido bastante, ya que pese a que al principio era un poco más lenta y costaba más ponerse los capítulos eran bastante mejores que los de las últimas temporadas, a pesar de lo cual, voy a terminar de verla

MENCIÓN HONORÍFICA: BUENOS PRESAGIOS (TERRY PRATCHET Y NEIL GAIMAN)

Este caso lo voy a mencionar de pasada ya que aunque el libro lo he leído, la serie está prevista para algún momento del próximo año 2018, con lo cual lo único que se puede hacer de momento es esperar a ver que han hecho.

En cuanto al libro que es de lo que puedo hablar, es una cosa divertidísima, y una visión que creo es bastante ácida sobre la contaminación el calentamiento global y una serie de temas a nivel de las personas

COMENTARIO FINAL

Me gustaría dejar claro que los años, son los años de estreno de las series, no los de publicación de los libros.

Por otra parte espero que esta entrada (y su secuela) os animen a leer los libros y a ver las series de las que vamos a hablar en ambas